El hombre feliz

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Por: ÉDGAR ALÁN ARROYO ÉDGAR ALÁN ARROYO - 07 de oct de 2007.

Felicidad o vida, subsunción o acomodos. Lo feliz no está peleado con lo vital, aún y cuando pareciera que la idea de la felicidad se aparece sólo en sueños lejanos a las tres de la madrugada. El olfato de la plenitud que se asemeja a las nubes de un otoño que comienza recién, en que las hojas secas de huizaches y abedules consumen los anhelos. Ser feliz es la empresa constante, latente y consciente. ¿Hay espacio en este mundo para la felicidad? ¿Es posible aspirar, al menos, a ser feliz, a conseguir nuevos espacios en el andamiaje de un espacio acaso descontrolado?

Bertrand Russell, Premio Nóbel de Literatura 1950, es uno de los filósofos más influyentes en la historia del pensamiento contemporáneo, cuya obra narrativa abarca la filosofía política, la estética, la ética, entre muchos otros campos de acción, tan considerables y excelsos como su prosa elegante y poética. Aquí interesa recalcar un breve ensayo que publicó en 1953, denominado tal y como el título de este artículo: "El hombre feliz". En realidad, no se trata de un escrito aislado, pues lo más recomendable es leerlo junto con el resto de la antología del mismo autor editada por Siglo Veintiuno Editores, en que aparece a cargo del prólogo el eminente pensador mexicano Luis Villoro. En este puñado de piezas maestras, Russell habla de temas complejos y temas también coloquiales, no sin un rigor estilístico sobresaliente, incluyendo a la felicidad como fenómeno de vida. De la felicidad se han escrito tantas páginas como hombres deseosos de ser felices han existido, más sin embargo, pocos han sido tan enfáticos como nuestro autor. Inicia su exposición diciendo que la felicidad tiene su sustento en los primeros años de cada persona, indicando en este sentido que el hombre feliz de las nuevas generaciones tendrá padres que lo quieran y lo acompañen durante sus tiempos pueriles, lo cual es una gran verdad.

El niño, paso inicial del hombre feliz, pasará horas jugando y conociendo el mundo. Aprenderá historia y geografía por medio del cine, para así interpretar su realidad y darle nuevos cauces y puntos de encuentro, sin el hostigamiento que temas tan fascinantes acarrean en pupitres grises y aulas fácticamente silenciosas. Disfrutará del mayor afecto posible, para así aprender a ser afectuoso también.

El niño requiere de dos condiciones fundamentales, nos dice Russell, para su desarrollo, bienestar y desenvolvimiento como persona: libertad para crecer y seguridad. Desde luego, la idea russelliana no desemboca en libertinajes ni aspectos total o parcialmente desvirtuados. Claro está que sobre el niño debe haber un control y una autoridad moderada, pero sin someterlo a presiones causantes de una deformación en la evolución de su felicidad. La educación del niño, en sus tiempos iniciales, recaerá en la procuración del placer y la atracción tanto inmediata como espontánea de su atención. El niño aprenderá algunas de las bellas artes para que su espíritu asimile los aires de frescor de la naturaleza y de la sensibilidad humana. Después de una infancia y adolescencia de libertad, el hombre feliz será aún más libre.

El joven-adulto feliz hará de la libertad su generosidad y su expansión para con los demás, para con el espacio físico, pero aún más importante, para consigo mismo. El hombre feliz no claudica en la búsqueda de la felicidad, porque la felicidad es una conquista del propio tiempo y de todos los tiempos. Insiste Russell al afirmar que el hombre feliz es feliz no solamente como consecuencia de la exterioridad de su vida de adulto, sino de la cordura y la amabilidad de aquellos con quienes pasó sus primeros años. Finalmente, el filósofo a quien se ha estado haciendo referencia, concluye afirmando que una parte fundamental en la vida adulta, es el arte de hacerse viejo, pues es cuando recalcitra la sabiduría y el alma se despoja de sus demonios. Tales afirmaciones son del todo ciertas, pues la culminación de una vida feliz es una vejez apacible y meditabunda.

No cabe duda que el hombre de la era espacial, de la era atómica, de la era globalizadora o como se le prefiera denominar, tiene ciertas dificultades para esbozar un proyecto de vida que le permita acercarse a la felicidad, que en cualquier caso, equivale a totalidad; el camino hacia ella, sin embargo, es una obligación, aunque sepamos, como algún día dijo Jorge Luis Borges, que construimos sobre la arena.

No queda entonces más que recomendar al amable lector el acercamiento a Bertrand Russell, un filósofo que sin embargo posee técnicas narrativas digeribles, sin la densidad que es el denominador común en los pensadores de la filosofía, y además, de no únicamente leer a Russell, sino reflexionar sobre lo que el gran jurista Ignacio Burgoa silbó, entre renovados aires, al iniciar su obra maestra "Las garantías individuales": la vida gira alrededor de un solo fin, tan constante como insaciable: la felicidad anhelada.

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