Editoriales martes 13 de feb 2007, 6:40pm - nota 6 de 8

El adiós de Guillermo de la Parra

Por: Enrique Arrieta Silva


Curiosamente el nombre de Guillermo de la Parra Loya no aparece en los diccionarios biográficos actuales como el de Humberto Mustacchio, y digo curiosamente porque se trata de un hombre destacado en el mundo de los negocios, que en tiempos recientes fue propietario de los hoteles y discotecas Krisstal de México, Vallarta y de Cancún y hasta su fallecimiento de hace pocos meses el dueño de una importante agencia de publicaciones llamada Vid, localizada en todo un edificio de la ciudad de México, que entre otras historietas edita Lágrimas y risas, de la que es autora su esposa Yolanda Vargas Dulché. ¿Quién de los mexicanos no ha leído Rarotonga, Alondra, Gabriel y Gabriela, Yesenia, y sobre todo cuál de los mexicanos no ha reído y sonreído con el simpático Memín Pinguín?

Tuve noticias del fallecimiento de Guillermo de la Parra Loya, porque pertenece a una de las familias más distinguidas y estimadas de Durango. Supe que con tal motivo se había publicado en la prensa nacional una esquela ¡redactada por él mismo! Lo que es bastante fuera de lo común. No es hasta en días recientes que me fue posible tener en mis manos un ejemplar de esquela tan original, por ello paso a comentarla hasta hoy, no obstante que el deceso fue el 5 de julio de 2006. Lo hago porque me parece digna de comentario por la enseñanza que significa, así como por el humorismo del que hace gala y la filosofía que encierra.

Primero y antes que nada, Guillermo de la Parra Loya participa su fallecimiento, lo que indica sin lugar a dudas que se trataba de una persona educada: "Me permito informarles que el día de hoy 5 de julio de 2006, me morí o sea que emprendí el viaje más largo de mi vida pues éste no incluye retorno".

Se trataba de una persona evidentemente previsora y creyente, amén de buen anfitrión. Era también una persona de buen gusto y de recursos económicos, pues tenía su domicilio particular en Cuernavaca la de la eterna primavera, además de muy respetuosa de las tradiciones nacionales, ya que sabía perfectamente que en los velorios mexicanos se come y se bebe: "De acuerdo a las instrucciones que dejé a mis hijos para este momento en que ya me debí de haber puesto parejo con Dios y con el certificado de defunción en la mano, estaré siendo velado en la capilla de mi domicilio particular 'La casa de las 7 columnas', en Cuernavaca, Morelos. Yo espero que, de acuerdo a mis instrucciones, los asistentes estén gozando de algún tentempié y bebidas a discreción".

Era además un hombre pragmático y bien nacido, toda vez que aunque la considera molesta dispone su cremación y que sus cenizas sean depositadas en su querida hacienda "El Mortero" del municipio de Súchil de su bien amado Durango: "Después del molesto crematorio, mis cenizas deberán ser llevadas por mis hijos a la hacienda de 'El Mortero', en el Municipio de Súchil en el Estado de Durango, y esparcidas al pie de los cinco cipreses, ya previamente señalados, que están enfrente de la iglesia de la casa grande".

Se trataba igualmente de un hombre alegre, amante de los del pueblo vecinos de su hacienda a quienes construyó casas y obsequió televisiones, tolerante con las oraciones fúnebres incómodas e insinceras, amigo de los animales, conocedor de la chiquillería y gran aficionado a la comida mexicana: "Al redoble de trompetas, tambores o fanfarrias, ladridos de perros y gritos de la chiquillería, la comitiva se dirigirá al kiosco de 'El Nuevo Mortero', donde empezará el reventón. Todos los habitantes del pueblo, que son mis amigos, serán los invitados de honor. Habrá (supongo) alguno que otro discursillo, incluida la bendición del cura, lagrimillas, tacos, quesadillas, tortas, pambazos, harta comida y bebidas a tutiplé, cervezas, cubas, tequilas, rones, vinos españoles y franceses, refrescos y aguas de sandía y jícama".

Hombre sabio, conocía perfectamente que en los velorios se forman grupos para contar chistes o anécdotas ciertas o inventadas del fallecido: "Como se lo recomendé a mis hijos, no quiero caras tristes, al contrario, alegres, como fue mi vida, y que digan chistes y cuenten mentiras graciosas y me recuerden con ternura".

Hombre enamorado de su esposa Yolanda Vargas Dulché, a la que llama "Flacus", fallecida antes que él, está confiado en reunirse con ella, lo que revela que era creyente de que el fin del tránsito por la tierra es el fin de la existencia pero no de la vida, porque existe una vida superior que empieza cuando se comparte la muerte de Cristo, para surgir a la vida eterna, sólo espera que su "Flacus" lo reconozca: "Para el momento en que ustedes estén leyendo este mensaje yo me habré reunido con mi mujer 'Flacus'.

¡Ojalá me reconozca!"

Ser humano de nobles sentimientos, desnudo de rencores y odios, agradece a sus hijos, nietos, hermanos, parientes y amigos el haberlos tenido: "Vaya para mis hijos, nietos, hermanos, parientes y tantos amigos mi agradecimiento por haberlos tenido".

Vuelve a su sentido práctico, cuando pide a sus hijos que en el caso de no poder llevar sus cenizas al "Mortero", hagan con ellas lo que quieran: "Una última advertencia: si mis hijos se vieran en la imposibilidad de llevar mis cenizas a 'El Mortero', entonces que hagan con ellas lo que les dé la gana".

Finalmente, con sentido del humor envidiable y espíritu sencillo, dice que se pide rigurosamente traje informal y que no manden flores: "Para estas ceremonias solicito traje rigurosamente informal o ranchero y que por favor no envíen flores".

Definitivamente, con su esquela Guillermo de la Parra se pone a la par con Sócrates, lo que no es exageración, pues como Sócrates hace de su muerte motivo de reflexión serena y como Sócrates se va de este mundo tranquilo con su conciencia sin guardar rencor ni odio hacia nadie, no obstante que también supo de injusticias y de mal agradecidos; digamos que de las lágrimas y risas, escogió las risas para despedirse y eso habla de su grandeza de ánimo.

El adiós de Guillermo de la Parra Laya es todo un ejemplo de un hombre que, amando mucho a la vida, no le teme a la muerte, porque sabe que la muerte forma parte de la vida y es a su vez un nuevo nacimiento.

Por ello, Guillermo de la Parra Loya merece el reconocimiento de todos, de manera especial de los durangueños y de los que han hecho de la tanatología su especialidad.


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