Editoriales domingo 17 de feb 2008, 6:40pm - nota 3 de 7

Escuchar a Mozart

Por: Édgar Alán Arroyo Cisneros


?Después de todo, te enseñaron que el fin

justifica los medios, pero vos ya no te acordás mucho de cuál es el fin?

Mario Benedetti

El capitán Montes está cansado, ansioso de una siesta. Anoche le propinó una severa golpiza a algunos presos para obtener más información, aunque en realidad, lo único que se ganó fue malestar y desesperación. Es lo que el coronel Ochoa ha dicho: todos los presos son sus enemigos (quizá Ochoa sea el mayor de éstos, muy en el fondo, en lo que el capitán Montes alguna vez fue). La tortura es el mayor de los demonios que lo somete; como si Montes fuera, como lo es, el verdadero torturado. Todo en su vida se ha reducido a su auto-tortura: imágenes sombrías, turbias, aciagas. El capitán Montes está acostumbrado a golpear, cuasi-ahogar, quemar y demás variantes de la tortura, pero su alma es la que sucumbe. Pero luego viene Mozart: le recuerda a su Amanda, cuando aún lo era. Hoy Amanda sólo ve por ella y por Jorgito. Todo mundo sabe que Montes tortura.

Mozart no interroga ni causa aflicciones físicas; todo lo contrario. Lo libera. Lo calma. Aunque sólo por ratos. Mozart es sólo para almas, espíritus y conciencias en paz. No para torturadores. Montes sabe que alguna vez tendrá que renunciar a Mozart. Hasta que ocurre lo inevitable. Jorgito le pregunta: Pa, ¿vos torturás?> Hay sólo gente mala hijito. ¿Torturás?> No hijito, ¿a que le llamas torturar? Al submarino, pa, la picana, el teléfono>. ¿Quién te dijo esas porquerías? ¿Para que quieres saber, para hacer que lo torturen? Eso fue todo en la vida para Montes. Enseguida estrangula a su propio hijo, como a tantos a quienes causó tortura en su vida (y lo seguirá haciendo). Se acaba de condenar a torturarse a sí mismo eternamente. Acaba de renunciar, ahora sí, para siempre a Mozart. Con cada torturado en el mundo, Mozart y su música de infinita excelsitud se reducen a los sonidos agónicos de un estrangulamiento. De una opresión que cercena corazones. El anterior pasaje literario es una paráfrasis libre de un crudo, cruel y desgarrador cuento de Mario Benedetti nombrado precisamente como este artículo: ?Escuchar a Mozart?. En esta magnífica pieza, el poeta y narrador uruguayo narra los tormentos internos del capitán Montes, un soldado que ha torturado a tantas personas, y, a final de cuentas, la persecución es la que lo hace presa de sí mismo.

La persecución es parte de la tortura, pero no sólo de ella: cada violación de derechos fundamentales es un atentado contra la humanidad misma. Esta afirmación tiene un contexto moral-filosófico, pero también uno jurídico-político, que lamentablemente, es el menos seguido en la realidad social de cada país, desde Birmania (nación hace ya algún tiempo sumergida en una cruenta guerra civil causante de todo tipo atrocidades, misma que violenta la dignidad de todos los que creemos en el coto vedado del jurista Ernesto Garzón Valdés: aquel catálogo nuclear e inalterable del sistema social que respeta los derechos y libertades básicas) hasta México (México torturador también, cuyo ejército y cuyos cuerpos policiales siempre aparecen al tope de la lista de las dependencias públicas con más quejas de derechos humanos; México lleno de capitanes Montes).

La Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, que entró en vigor el 26 de junio de 1987, establece que se entenderá por el término ?tortura? todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia. Tal parece que este concepto es propio y constante del México de hoy. Decir, como se hacía en líneas anteriores, que la tortura es un atentado contra la humanidad en su conjunto, tiene su cauce jurídico. En efecto, la tortura se constituye por la ONU, en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, como uno de los crímenes de lesa humanidad, es decir, crímenes contra la generalidad de la población. Tan milenaria como el género humano mismo, la tortura y sus dejos medievales siguen siendo un cáncer en el camino hacia cualquier democracia constitucional contemporánea.

El capitán Montes del cuento benedettiano es cualquiera de nosotros. Cualquiera que vea y sepa de la tortura sin hacer nada al respecto es un torturador pasivo. Quizá todos lo hemos sido alguna vez. Pero la gran diferencia con rumbo a un destino en que sea fértil el campo de los derechos fundamentales, es que nosotros, si somos ciudadanos democráticos y respetuosos de la Constitución, podremos, siempre, escuchar a Mozart.


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