Editoriales - nota 3 de 7

Los treinta y tres nombres de Dios

Por: Óscar Jiménez Luna


El siglo XX fue pródigo en la literatura. Joyce, Proust y Kafka –sirvan de ejemplos- le abrieron nuevos e intensos senderos a la narrativa. El irlandés entrevió el posible final del género; el francés nos mostró que los personajes –su memoria, su ser profundo- encuentran siempre horizontes infinitos; y el autor de “El proceso”, ya sabemos, escribió magistralmente si no el acta de defunción del mundo, sí en cambio el certificado de sus graves enfermedades. Junto a ellos, y tal vez como ninguna mujer de la pasada centuria, sobresale la obra de Marguerite Yourcenar (1904-1987). Conocida universalmente por su novela “Memorias de Adriano”, la escritora belga nos dejó asimismo una veintena de libros que van de la indagación autobiográfica a la revisión de la antigüedad clásica, pasando por los relatos orientales y las tareas ensayísticas y teatrales. De su vertiente poética –que también dio espléndidos frutos- dan cuenta las breves páginas de “Los treinta y tres nombres de Dios” (reveladoramente la edad de Cristo), publicado en español hasta el año de 2003 (y que nos recuerdan los dos poemas que Borges dedicó a “los dones”). Detengámonos pues en sus versos.

El clima emocional que envolvía a Marguerite Yourcenar cuando creaba el poemario que nos ocupa no podía ser más triste: había fallecido por entonces (a principios de los ochentas) uno de sus más cercanos amigos y ella trataba de recordar todas aquellas ofrendas que habían disfrutado juntos, con esa sed de eternidad que poseen los verdaderos artistas. Por ello, este libro es ante todo una celebración, ya que por un lado un buen número de los textos que lo integran aluden a la naturaleza y, por el otro, los fragmentos reflejan la maravilla del hombre en relación con el Universo, a su vez sencillo y grandioso. En el primer escrito se lee: “Mar de mañana”, cuya imagen pura tiene la belleza de la plenitud. Y el segundo –nuevamente con la presencia del agua-: “Ruido de la/ fuente en / las rocas/ sobre los muros de/ piedra”. Otro de los elementos aparece en el tercero: “Viento del mar/ de noche,/ en una isla”. Los siguientes nombres de Dios se refieren al reino animal. Así se recobra a la abeja, los cisnes, el cordero, la vaca y el toro, para volver luego al elemento ígneo en el escrito número nueve: “El fuego rojo/ en el hogar” . Después vendrá el elemento faltante: “La tierra buena/ la arena/ y la ceniza”. Una clave para apreciar el sentido del recuento anterior –como del resto del libro- es situar estos poemas o pensamientos dentro de la trilogía narrativa de la propia autora, formada por “Memorias de Adriano”, “Opus Nigrum” y “Un hombre oscuro”. En efecto, vale la pena observar la ruta evolutiva de tal trayectoria estética y vital. En la primera novela mencionada se muestra, a través de las evocaciones emperador romano, los vínculos hombre-poder-política. La segunda nos ofrece la historia de Zenón – una especie de prefiguración renacentista-, representada en las relaciones hombre-conocimiento-ciencia. Y la tercera señala la final unión hombre-naturaleza. Se puede decir entonces que hay una fiel correspondencia entre lo que escribió Marguerite Yourcenar y su visión de la cosas (no por casualidad se llama así, “Las voz de las cosas”, el pequeño volumen de textos de otros autores que la acompañaron hasta su muerte). De acuerdo a lo anterior, podemos entender, todos los hombres podemos ser de algún modo Nataniel, el protagonista del relato “Un hombre oscuro”. Buscar la humildad, la armonía con lo que nos rodea, despojados de cualquier tipo de ambición. Volver al principio y, así, al reencuentro de nosotros mismos. Vivir sin más ni más.

Por ello, a partir del fragmento dieciséis se recurre a los sentidos para subrayar el lazo que ya se ha referido: “La mano/ que se pone en/ contacto/con las cosas”; “La piel/ toda la superficie/ del cuerpo” (núm. 17); “La mirada/ y lo que mira” (núm. 18); “Las nueve puertas/ de la/ percepción” (núm. 19); “El torso/ humano” (núm. 20). Más adelante la atención se centrará en los lazos de la cultura: “El sonido de una/ viola o de una/ flauta indígena” (núm. 21); “Un trago/ de bebida/ fría o/ caliente” (núm. 22); “El pan” (núm. 23). Antes de cerrar sus escritos, Marguerite Yourcenar regresa a la imagen deslumbrante de lo natural: “Las flores/ que salen/ de la tierra en/ primavera” (núm. 24); “Caballo que/ corre/ en libertad” (núm. 27); “Sol naciente/ sobre un lago/ aún helado/ a medias” (núm. 30); “El relámpago/ silencioso/ el rayo/ ruidoso” (núm. 31). La obra concluye con dos fragmentos memorables: “El silencio/ entre dos amigos” (núm. 32) y “La voz que enseña/ un canto” (núm. 33). Estos son los nombres por los que reconocemos a Dios, según la célebre escritora (por cierto la primera mujer que ingresó a la Academia Francesa). Visitar sus obras –y ocasionalmente permanecer un tiempo en ellas- es una de las mayores felicidades que nos deparan las letras. Esperemos que así lo consideren los lectores, después de este viaje hecho en los días santos.

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