Una multitud acompañó el recorrido de Cristo
Por: EL UNIVERSAL - 22 de mar de 2008.MÉXICO, DF.- El barrio, la banda, domina en las vallas del Viacrucis de Iztapalapa 2008, terreno ajeno todavía a punks, darketos, metaleros, y no se diga los “emos”, estos seres incomprendidos, azotados en la ciudad.
Los nazarenos recorrieron los barrios de Iztapalapa para agradecer a Dios o solicitar nuevos favores. (El Universal)
Fotografías relacionadas
Eran las 14:30 horas; la explanada Cuitláhuac es el comal de marzo y teatro de una puesta en escena en la que los actores, por cientos, son los vecinos.
Un toque de tambor anuncia que Jesús (José Emmanuel Guillén Roldán) inició el camino al Gólgota (el cerro de la Estrella).
La multitud, formada por gente de las colonias populares de esta región densamente poblada de la capital del país, y por miles de creyentes católicos de la gran urbe, se aglomeró en las calles de la ruta hacia la muerte.
Muchas mujeres jóvenes ya son madres y vinieron con su escalera de niños; por montones hay adolescentes que visten camisetas para resistir el calor. Sus peinados y los metales injertados en sus rostros (piercings) los identifican entre sí.
REPRESENTACIONES
Por allí se vio alguna muchacha de negro, con cabellos cortos, maquillaje sombrío. Pero no, nada que ver con nada. Pura puntada. A lo lejos se apareció el cortejo del que ha sido condenado a morir crucificado, según el guión escenificado, con ésta, en 165 ocasiones.
Cantó el Ave María la soprano spinto Martha Mejía. Su voz elevó el momento posterior al juicio a Jesús, del que han sido testigos, además de las clases populares y la banda, un palco de turistas extranjeros, lugar especial del que han desertado muchos para mezclarse entre la gente.
SEGURIDAD
La basura de horas de espera distinguió la ruta por donde pasó el tropel de caballos, “organizadores”, elementos de Protección Civil en plan de paseantes. Las casas de planta alta sirvieron de tribuna para ver pasar ¿a Jesús? No. Sólo se alza algo de la cruz.
El barrio añoso pareció que recibió menos gente que en otros tiempos.
Los nazarenos de distintas edades recorrieron en orden el camino de pavimento infernal.
LA CRUZ
Iba Antonio Aguilar Hernández, que echaba los pulmones por la boca. Fue su último recorrido como penitente. Cumplió con ésta su décima participación: 90 kilogramos de madera de pino sobre su hombro. Una vida de pasión por el Señor. Antonio llevaba la asistencia de su padre, un viejo macizo que lo sigue con admiración. Ése es su muchacho, el que hace diez años tomó su cruz.
Este sábado Antonio regresará a su chamba de despachador de transportes colectivos de la ruta 14, que dan servicio en la región de Iztapalapa.
La representación fue un objetivo para los paparazzi, los fotógrafos más activos, que buscaron el ángulo más dramático.
Avanzó Jesús, como ajeno al desorden causado por los encargados de la organización. Policías auxiliares desenfundan su celular para captar al actor y la cruz, de recuerdo; por los radios de intercomunicación todos avisaban a sus redes de contacto: “Ya llegó a la primera caída, sin novedad”. Un hombre cumplió el papel a conciencia: Emmanuel Guillén Roldán. En la plenitud física responde a los azotes que parecen tormento extremo. Casi corre en zigzag, resortea las piernas. El efecto fue dramático, parecía que caería o que se iría de bruces.
VIOLENCIA
Iztapalapa, como siempre, hirvió con la curiosidad de la gente que se aglomeró ante los escenarios construidos para que las caídas sean vistas. Los agentes de la Subdirección de Operativos de Iztapalapa fueron de adorno, son parte del elenco: representan que organizan. La Marcha dragona sobresalió de los gritos de la multitud que se quejaba en el lugar de la tercera caída.
En esa caída, el castigo fue de violencia física y verbal de unos contra otros. Solitario en ese remolino de sudor, mentadas, empujones, Emmanuel Guillén, un hombre que nunca se da por vencido, cumplió el papel de Jesús. Es la segunda vez que estuvo allí, ajeno a la multitud que si la viera, la reconocería, es el barrio, la banda que se estremecerá más tarde, allá en el Gólgota.










