Editoriales - nota 6 de 9

Bloqueos

Por: Francisco Amparán


A migos, buen día: Algo hay que concederle al crimen organizado de México: que, al contrario de lo que suele ocurrir con todo en este país, sí está, efectivamente, organizado. Tanto, que ha usurpado funciones que antes tenían los organismos corporativistas del PRI, y se ha propuesto organizar al lumpenproletariado, al que ya ni siquiera los organismos corporativistas del PRI le echaban un lazo. También hay que admitir que el crimen organizado tiene imaginación. Hasta donde un servidor sabe y recuerda, ninguna institución delicuencial, ni Pablo Escobar, ni la Mafia siciliana ni la Camorra napolitana ni la N’dranghetta calabresa ni la Yakuza japonesa, ha apelado al culto público para presionar a las autoridades para que los dejen en paz.

Ciertamente, sobre todo en algunos tiempos y lugares, los criminales se han encargado de recabar afectos y complicidades entre la población: desde los narcos sinaloenses electrificando ranchos hasta el Cártel de Medellín construyendo canchas de futbol, a ciertos malandros les da por hacerse los filántropos. Les encanta el papel de Robin Hood, aunque sin monjes latosos ni Pequeños Juanes que les hagan sombra. Lo que constituye una novedad es que en algunas ciudades de México han movilizado colonias enteras para establecer bloqueos en las calles y hacer que la población le demuestre a la autoridad quiénes son realmente los que tienen el control de sectores enteros de esas ciudades.

El reto al Estado no puede ser mayor: ya no se trata de quién tiene el monopolio del uso de la fuerza; ahora se ha pasado a determinar quién posee el control del territorio… las dos condiciones que los clásicos expresan para definir un Estado funcional. O sea que los bloqueos de los llamados Tapados no son simples anécdotas: constituyen un reto a un nivel superior por parte de los criminales.

Como se va haciendo costumbre, el Estado no ha sabido cómo responder al desafío, tratando esas manifestaciones dizque populares con la proverbial precaución con que, en este país, se maneja toda manifestación con más de cuatro gatos flacos que hacen lo que les da la gana en la calle. Evidentemente, desde hace mucho tiempo, y por parte de todo tipo de grupos, se sabe de qué pata cojea el Estado, y la impunidad que suele rodear a quienes se apropian de lo que se supone son espacios públicos. Pero ahora no se trata de evitar que se le llame represor a un gobierno, del nivel que sea: se trata de un desafío descarnado, en que se está manipulando el hambre y el miedo de los más ignorantes y marginados. Esa combinación puede ser potencialmente explosiva. No se puede manejar el asunto como otro caso más de alebrestados pitorréandose de la autoridad. Esto, mucho me temo, es cosa seria. Mucho muy seria.

Éste, amigos, éste es nuestro país. Que tengan un buen día.

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