Editoriales - nota 4 de 7

La literatura de la Revolución Mexicana I

Por: JOSÉ EVERARDO RAMÍREZ PUENTES


A literatura que produjo la Revolución Mexicana con el paso del tiempo ha adquirido una significación mayor, considerando la influencia que han tenido y tienen las relecturas de importantes escritores y críticos literarios como Jorge Aguilar Mora, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Emanuel Carballo, Paco Ignacio Taibo II, Frederich Katz y Pedro Ángel Palou, entre otros. A su paciente exégesis debemos la recuperación de una poderosa narrativa que se construyó a partir de las individualidades (unas imaginarias y otras reales) que formaron el amplio referente de una épica que sería el argumento de cuentos y novelas donde se expresaba la esperanza, los odios, la venganza, la solidaridad y la lucha de un pueblo que en la Bola percibió una manera justificada de reivindicar su humillada condición de individuos indefensos ante el peso y el rigor de un sistema político que les negaba su mayoría de edad. El periodo conocido como Revolución Mexicana inicia con el levantamiento armado del 20 de noviembre de 1910 y cierra con la promulgación de la Constitución de 1917 (Otros consideran que termina el 21 de mayo de 1920 con el asesinato de Venustiano Carranza en Tlaxcalantongo). Después vendría el llamado periodo de la Postrevolución que se sitúa entre 1920 y 1940. Sobre estos dos grandes momentos descansa una de las narrativas más potentes y originales que se hayan escrito a lo largo del siglo XX, aunque la tradición literaria se prolongaría hasta la década de los cincuenta. La primera de las novelas que aparece dentro de esta tradición, tan bien estudiada por don Antonio Castro Leal, es "Los de abajo", obra paradigmática donde se muestran con bastante claridad los perfiles de los revolucionarios que apostaron su vida entera a un movimiento que les ofrecía la esperanza de ser alguien, de conquistar su yo. Es en esta novela donde se realiza la primera disección del movimiento armado en todas sus contradicciones, anhelos, engaños y frustraciones. Su prosa revela el cuidado y la precisión propia de un médico como Mariano Azuela, que aspiraba no a mostrar un retrato costumbrista de época, sino a revelar las dolorosas y valientes batallas de individuos dispuestos a ganar un sitio en la historia y que en la batalla "caían como espigas cortadas por la hoz." Todo el peso de la novela se sostiene sobre un personaje llamado Demetrio Macías, alrededor del cual se desarrollan las historias de la Codorniz, el Manteca, de Luis Cervantes (El famosos curro, síntesis bien lograda del oportunista cínico que sabe jugar con los sentimientos ajenos para bien propio), de la Pintada, del güero Margarito, de Camila y del Meco, entre muchos otros. La mayor virtud de esta novela, publicada en 1916, es su renuencia a la afectación del lenguaje; don Mariano Azuela, médico castrense de las tropas de Julián Medina y poseedor de un extraordinario oído, supo recuperar toda la riqueza verbal del pueblo. Un pueblo que se comunicaba a través no de una escritura articulada sino de una oralidad funcional donde se expresaban todos los registros emocionales del pueblo lleno de mitos, aspiraciones, leyendas, costumbres y hábitos compartidos que recreaban el sentido de pertenencia a la comunidad. Ésta es la primera novela donde aparece el fulgor invencible de la famosa División del Norte y el caudillo duranguense, Francisco Villa. En 1931 una coincidencia hace posible que dos obras aparezcan en el ámbito editorial. En las dos, el personaje omnisciente es, una vez más, el general Francisco Villa, figura emblemática, poseedor de un enorme atractivo literario dado su poder seductor como el héroe caído por las intrigas palaciegas del poder. "Vámonos con Pancho Villa" de Rafael F. Muñoz y "Cartucho" de Nellie Campobello, recuperan con una prosa limpia de retórica y artificios verbales, momentos estelares de la revolución desde una perspectiva humana donde la batalla ocurre primero en el corazón de los hombres que saben que han ingresado a la historia. Las dos son novelas sobre personajes y acontecimientos reales, pero escritas con una prosa firme, segura, en la que nunca existe una invitación al sentimentalismo lacrimoso ni a la visión idílica de la guerra. Estas dos novelas editadas por ERA tienen la particularidad de tener un brillante prólogo realizado por el ensayista y escritor Jorge Aguilar Mora. La siguiente obra no es estrictamente una novela, sino unas memorias escritas por Martín Luis Guzmán. Es, con justicia, el primer trabajo serio que existe sobre la vida y la obra del general Francisco Villa publicado en 1940. A esta obra se le critica el estilo reposado y academicista que limita la expresión espontánea del Centauro del Norte. Pero salvando estas críticas injustas a mi parecer, "Memorias de Pancho Villa" es una obra que nos aproxima al conocimiento de uno de los más grandes caudillos que haya producido la Revolución Mexicana. Martín Luis Guzmán es un estilista de la prosa, en su obra existe una preocupación puntual sobre el fondo y la forma del texto. Cada obra de Martín Luis Guzmán está escrita como una sinfonía no perturbada por discordancias. Este magistral estilo narrativo lo llevó a alturas asombrosas en sus dos grandes novelas como son "El Águila y la Serpiente" y "La sombra del Caudillo." Difícilmente encontraremos mejores descripciones del carácter de hombres como Villa, Calles y Obregón. Y es en el "Águila y la Serpiente" particularmente en el capítulo denominado La Fiesta de las Balas, donde se encuentra la mejor descripción que se haya hecho sobre uno de los personajes más crueles y enigmáticos que haya dado la Revolución como fue Rodolfo Fierro. Dentro de esta privilegiada estirpe literaria se incluye "Ulises Criollo", la gran autobiografía de José Vasconcelos, el hombre que pensaba que sólo a través del maestro, el arte y el libro era posible desbarbarizar al pueblo mexicano. Con la fe puesta en esta trilogía, inició la mayor obra educativa y civilizadora que recuerde el México postrevolucionario. Hombre idealista con un sentido casi sagrado de la trascendencia, Vasconcelos se vio asimismo como el apóstol o el Prometeo de una empresa que reclamaba la vitalidad creadora como primer requisito para reconstruir la nación. Y como apóstol o Prometeo asumió con un sentido trágico su caída de la gracia del régimen en 1929. En el Ulises Criollo está retratado el personaje y la circunstancia; dueño de una proverbial egolatría, Vasconcelos como Carlyle creía a pie juntillas que la historia no era otra cosa que las acciones de los grandes hombres, y él se consideraba un gran hombre. Tenía razón, fue un gran hombre pero el pueblo no podía caminar a la velocidad que él pretendía. En el "Ulises Criollo" está descrita gran parte nuestra historia nacional y lo que tenemos que agradecerle los duranguenses a Vasconcelos es su descripción de la ciudad hecha de una manera extraordinaria en el capítulo referido Camino a Durango, donde afirmó haber recibido su primera lección de belleza. Es sin duda el escritor más universal que haya escrito sobre la Revolución Mexicana. Este 2010 será pues una oportunidad de leer y releer una de las más originales tradiciones narrativas que haya generado la literatura en el siglo XX. Sabremos entonces que la Revolución Mexicana está más viva que nunca en el carácter y la idiosincrasia de todos los mexicanos. Un capítulo aparte merecen otros grandes escritores como José Rubén Romero, Gregorio López y Fuentes, Mauricio Magdaleno, Juan Rulfo y Agustín Yáñez.

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