Dopaje: Superatleta a la carta
21 de feb de 2004.Londres, Inglaterra (Agencias).- Los deportistas robot ya no son una utopía. La tecnología permite, a veces con trampas y otras dándole la vuelta a los reglamentos de dopaje, construir verdaderos superhombres para que rompan marcas. Pero no todo es gloria, las sustancias y cirugías también son un pasaporte a la muerte.
La tecnología de punta del siglo XXI aplicada al deporte tiene bien definido su rumbo: crear atletas a la carta. Deportistas de diez. Superhombres que, a toda costa, pulvericen marcas en las pistas, piscinas, gimnasios y campos de juego, que generen más espectáculo y mejores ganancias en la millonaria industria del deporte.
Para los especialistas el deportista perfecto ya no es una utopía y, para lograr esa perfección que hasta hace poco era un sueño, trabajan en los laboratorios y en mejorar sustancias prohibidas para que no sean detectadas en controles tradicionales... o creando métodos indetectables como el dopaje genético, que en un buen grado tienen que ver con la creación de los futuros campeones.
Es cierto, para que la manipulación genética en el deporte llegue a ser una realidad primero es necesario identificar los genes del ser humano que influyen en su rendimiento. Hasta ahora se sabe, gracias al mapa del genoma del fitness –una base de datos con información de la capacidad atlética que posee hasta ahora 90 marcadores de rendimiento físico demostrados–, que unos mejoran la velocidad y otros favorecen la fortaleza y la resistencia.
Pero el campo de la genética es un terreno muy amplio en el que el deporte parece haber encontrado tierra fértil y en el que se han sembrado las primeras semillas encaminadas a crear, en un futuro no muy lejano, un atleta a la carta. No será fácil, pero los tramposos del deporte ya están trabajando en ello. Mientras tanto, los inmiscuidos en el dopaje tradicional siguen recurriendo a otras sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento de los atletas no tan limpios. Ponen sustancias aquí y allá para mejorar masa muscular, velocidad y explosividad para hacer a los deportistas más competitivos y ganar a toda costa en una lucha desigual.
Atenas, en alerta
A sólo seis meses de los Juegos Olímpicos, el Comité Olímpico Internacional (COI) y la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) han extremado su lucha contra ese flagelo, pero siempre se está un paso atrás de los laboratorios que generan industrias millonarias en el dopaje.
La aparición de la sustancia artificial THG (tetrohidrogestrinona) es la muestra más reciente de que el dopaje está un paso adelante de la lucha contra ese fenómeno, y el dopaje genético encaminado a manipular el organismo de los atletas no es la excepción, sobre todo tomando en cuenta que la terapia genética es una de las tecnologías con el desarrollo más vertiginoso dentro de la ingeniería genética. Por lo pronto el COI y la AMA han prohibido la manipulación genética y la incluyeron como práctica dopante a partir del 1 de enero de 2003, previendo que pudiera darse antes de lo esperado.
Para el doctor Eufemiano Fuentes, reconocido especialista deportivo, fabricar un atleta “no va a ser tan sencillo ahora”, pero advierte que “será posible cuando se descubra cómo aislar un trozo de cromosoma de las partes que corresponden a las características que se desean explotar”.
El estadounidense Lee Sweeney, catedrático de la Universidad de Pennsylvania, asegura que en dos años “estarán listas las técnicas para modificar genéticamente el tejido muscular de los seres humanos y, de ser así –advierte– el deporte no tardará en asumirlas”. Mientras el catalán Jordi Segura, miembro de la Comisión Médica del COI considera que “los atletas modificados genéticamente ya serán una amenaza en los Juegos de Pekín, en 2008”.
Otros especialistas deportivos como el español Alejandro Lucía, fisiólogo de la Universidad Europea de Madrid, consideran que pasarán muchos años para lograrlo.
“Los tratamientos genéticos están en fase experimental con animales –básicamente ratones– y queda un largo camino para que sean aplicables a seres humanos”, sostiene el investigador alemán Klaus Müller.
Sin embargo el danés Peter Schjerling, un biólogo molecular advierte: “En cinco años podríamos ya conocer y controlar el gen. La revista Scientific America pronostica que será en 2008.” La AMA también. Todos, sin embargo, coinciden en algo: más allá de lo que implicaría la trampa en sí, lo preocupante son las consecuencias, porque el dopaje genético, al igual que el uso de cualquier sustancia prohibida, tiene efectos irreversibles. No obstante, la tentación del dinero es mucha y en el deporte se mueven grandes cantidades.
Los científicos temen que cuando se tengan sobre la mesa todos los datos del mapa genético, particularmente los del genoma del fitness, se modifiquen embriones humanos. Los campeones podrían vender sus códigos genéticos a empresas bioquímicas y, entonces sí, crear atletas a la carta.
La manipulación genética ayudaría a regenerar lesiones en menos tiempo, a evitar intervenciones quirúrgicas, pero puede ser perjudicial para llevar una vida normal. Cuando se deja de competir la masa muscular sigue requiriendo de un determinado riego sanguíneo que, al no recibirlo, se atrofia o gangrena. Los científicos hacen saber una cosa al mundo deportivo: los ratones sobre los que se ha experimentado no han logrado sobrevivir mucho tiempo.
OTRAS HERRAMIENTAS
Mientras se cristaliza el dopaje genético los tramposos echan mano de las sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento de los atletas.
Entre los últimos productos destacan algunos no tan conocidos como la nandrolona y otros esteroides. Además de la EPO, ya muy vista, y de la más reciente THG, se utilizan sustancias conocidas y otras no tanto.
Sombras en la pista
Los anabólicos superaron con creces a los atletas internacionales en cuanto a logros y publicidad negativa. Las sustancias prohibidas dominaron en 2003.
Modafinil, tetrahidrogestrinona, EPO... el nombre de extraños fármacos arrebató durante meses el protagonismo a los ídolos del estadio en un año atlético que estremeció los cimientos del imperio estadounidense.
Los Mundiales de París, competición estrella del programa atlético en 2003, se vieron salpicados por incidentes, sospechas y rumores sobre supuestos planes sistemáticos de dopaje en Estados Unidos. El escándalo, que permaneció larvado desde junio, estalló en octubre y lanzó al estrellato a unas nuevas siglas, THG que nombraban a un esteroide diseñado con el artero propósito de no ser detectado en los controles de dopaje.
De no haber sido por la denuncia anónima de un entrenador estadounidense, que remitió a la Agencia Nacional Antidopaje (USADA) una jeringuilla con la sustancia, la THG, producto estrella de los laboratorios BALCO, habría seguido regalando laureles al atletismo de Estados Unidos.
Kelli White, Kevin Toth, Regina Jacobs, Joh McEwen, Calvin Harrison, Jerome Young... el goteo de positivos y sospechosos socavaron el prestigio de la primera potencia mundial del atletismo, que a lo largo de la historia olímpica ha conquistado dos mil 89 medallas, entre ellas 320 de oro.
A raíz de la denuncia anónima, las muestras de orina tomadas en junio durante los campeonatos de Estados Unidos en Stanford fueron conservadas por recomendación de la Agencia Estadounidense Antidopaje (USADA), a fin de buscar en ellas THG.
Cayeron Regina Jacobs, Kevin Toth, John McEwan y un cuarto atleta no identificado, pero también hubo una víctima ilustre en el británico -con residencia en Estados Unidos- Dwain Chambers, cazado en un control por sorpresa en Alemania y cuyo futuro apunta ahora al futbol americano.
La Federación Estadounidense (USATF) ha reaccionado con dureza. Desde el 1 de enero próximo, todo atleta que dé positivo por esteroides será suspendido a perpetuidad. Tolerancia cero.
Los Mundiales de París coronaron a una nueva reina estadounidense. Kelli White aprovechó el año sabático de su compatriota Marion Jones para sacudirse el anonimato. Ganó las finales de 100 y 200 metros, en ambos casos con las mejores marcas del año (10.85 y 22.05).
El 30 de agosto saltó la noticia que en el control de dopaje posterior a la final de 100 meros White había dado positivo por modafinil, un estimulante que, según alegó, tomaba para combatir la narcolepsia. La IAAF aplicó el reglamento: la descalificó de los Mundiales y la previno de las consecuencias en caso de reincidencia.
El marroquí Hicham El Guerruj y el etíope Kenenisa Bekele corrieron parecida suerte. Ganaron los títulos respectivos de mil 500 y diez mil metros, pero un keniano de 18 años, Eliud Kipchoge, les truncó sus sueños de doblete al derrotarlos en la final de los cinco mil.
El temor al rigor francés en los controles de dopaje pudo llevar a ciertos atletas a extremar las precauciones y explicar la irrupción de sorprendentes campeones. En 100 metros, Kim Collins, un velocista de 27 años nacido en San Cristóbal y Nieves, abanderó la revolución que dejó fuera del podio a los colosos estadounidenses, por primera vez desde hace ocho años, y al campeón de Europa, el británico Dwain Chambers. En pértiga ganó el italiano Giuseppe Gibilisco.
El mundo atlético volvió a disfrutar con las dos grandes estrellas de Latinoamérica. Se lesionó el canguro cubano Iván Pedroso, pero en el estadio de Francia volvieron a brillar la mexicana Ana Guevara en 400 metros y el dominicano Félix Sánchez en 400 con vallas, ambos invictos desde que ganaron sus primeros títulos mundiales en Edmonton 2001.
El triunfo del ecuatoriano Jefferson Pérez sobre el español Paquillo Fernández en 20 kilómetros marcha, con nuevo récord mundial (una hora, 17 minutos y 21 segundos), había puesto al atletismo latinoamericano en la senda del éxito en París.










