Andamios
Por:
Por: Enrique Arrieta Silva - 11 de jul de 2004.la ciudad de durango hace un siglo
Escuelas oficiales, ingenieros, orquestas, maestros de piano, maestros de canto, modistas, sastres, cantinas, librerías, biblioteca, sombrererías, fábricas de aguas gaseosas, Benigno Montoya, peluqueros, carpinteros, panaderos, boticas y comercios varios, panteonero, dos consideraciones finales y un deseo.
Las escuelas oficiales estaban a cargo de ameritados maestros que desempeñaban el cargo de directores con entrega ejemplar, gracias a la cual a los durangueños les entraba el silabario y la raíz cuadrada, ellos eran los profesores: Patrocinio Juárez, Lisandro Ávila, Francisco Lugo, Felipe Bonifant, Cipriano Ortiz, Herlinda Rodríguez, Remedios Escárzaga, María Delgado, María Oviedo, Juana Villalobos, Amelia Ávila y Francisca Escárzaga.
Hacían apeos y deslindes teodolito en mano, sobre el extenso territorio de Durango, para mensurar terrenos baldíos, excedencias y demasías los ingenieros: Luis Álvarez y Zubiría, Ignacio Casas, Federico Damm, José María Favela, Armando González Garza, Julio Guerrero, Manuel Guerrero, Antonio Guzmán Esparza, Carlos Patoni, Manuel Rangel, Pastor Rouaix, Celestino Semental y Francisco Sosa y Ávila.
Como consecuencia del vendaval de la Revolución dos de ellos, Carlos Patoni y Pastor Rouaix, serían gobernadores del Estado.
Alegraban las tardeadas, las veladas y los bailes, los compases de las orquestas de Alberto M. Alvarado, Manuel Herrera y Francisco X. Ramírez.
Enseñaban a deslizar suavemente las manos, sobre el teclado del piano, los virtuosos maestros: Rafael Lazalde Leal, José María Mena, Juan Villarreal, Hilario Zurita, Francisca de la Bárcena viuda de González, María Fernández viuda de Gavilán, Catalina Madrid, Josefa Estolaza, Belén Santa María, Petra Sáenz y Juana Vallote viuda de Castañeda.
Y como donde hay música tiene que haber canto, y nuestra tierra es musical por excelencia, adiestraban en el buen cantar Josefa Estolaza y Paulina Zurita.
Para el vestir elegante y al último grito de la moda, y hacer las delicias de las damas y las damitas, estaban las modistas: Adelaida Almonte, Agustina Piquen, Belén Mendívil, Felipa Wolfo, Marina Torrijos y Lorenza Carranza.
Para ajuarear a los caballeros había sastrerías de calidad como “La Especial” de J. Montelongo, que hizo venir a un cortador de la capital de la República para complacer los gustos más delicados y “La Nobleza” de Eduardo H. Pérez, que ofertaba sus servicios profesionales en la confección de trajes sobre medida a precios módicos.
Para echarse un fogonazo entre pecho y espalda, que de vez en cuando es justo y necesario, allí estaban las cantinas de: “Antiguo Richelieu”, “Nuevo Richelieu”, “Cantina Francesa”, “Cantina Internacional”, “El Banco”, “La Cosmopolita”, “La Puerta del Sol”, “La Parisiense”, “La Bohemia”, “El Palacio de Hierro” y “El Valle Nacional”.
Si de leer se trataba, prestaban buen servicio la “Librería Religiosa”, la “Librería Moderna” y “La Enseñanza”.
Además, para quien quisiera instruirse en la ciencia y la filosofía, allí estaba la Biblioteca Pública del Estado, en 3a. del Coliseo, número 38, a cargo de Ignacio Montenegro y Alzua.
Los arrieros podían surtirse a satisfacción de jarcierias, efectos de palma y talabartería en “Tienda de los Arrieros”, “Sombrerería de Teocaltiche”, “El Valle de México” y “La Flor de la Palma”.
Tratándose de sombreros elegantes, no propios del peladaje, había que ir a la “Sombrerería Belga”.
Por cierto que ya existían fábricas de aguas gaseosas, y ellas eran las de Jesús García y Leo Fleishman y Cía.
El maestro Benigno Montoya, cantero a la altura del arte, ya se anunciaba en Juárez número 115.
Se dedicaban al noble oficio de cortar el pelo de la población y a sacar una que otra muela, pues ya habían dejado de hacer sangrías: Esteban Puelles, Isaac Flores, Leopoldo Montaño, Manuel Ortiz, Pedro Camacho, Román García, Rafael Cuéllar, Sabino Gallegos y Salvador Galindo.
Se entregaban al noble oficio de San José, esto es a la carpintería, entre otros: Alberto Salas, Aurelio Celis, Eutimio Marín, Emeterio Ríos, Encarnación Prado y Trinidad Ruiz.
Le hacían leal competencia a la tortilla, con la confección de pan de agua y pan de dulce, los panaderos o tahoneros: Antonio Manríquez, Cruz Pérez, Isaac Vargas, Jesús Martínez Pescador, Juan Zaldívar, Nicolás Yáñez, Rito Zaldívar y Toribio Zaldívar; sin faltar desde luego los pasteles indispensables en los santos y cumpleaños, elaborados por “La Ciudad de Roma”.
Ungüentos y bálsamos podían encontrase en las boticas: “Carlos León de la Peña”, “La Cruz Roja” de Francisco de la Garza, “El Salvador” de Carlos Rivera, “Botica Americana” del Dr. L.H. Barry, “San Miguel” de Pedro H. Quintana, “De Manuel Ávila e Hijo”, “San José” de Carlos León de la Peña y Guerra, “Droguería del Carmen” de Leandra C. Vda. de Tavizón, “Droguería La Purísima” de Jesús Tavizón y Compañía y “La Virgen de Guadalupe” de Antonio Rodríguez.
La Mercería y Ferretería Alemana de Luis Base ofrecía muebles y toda clase de artículos para el hogar, “La Elegancia”, de Wenceslao Bátiz, anunciaba la importación directa de calzado americano de las marcas más acreditadas y la especialidad en calzado fino para señoras, caballeros y niños.
Para los fumadores, estaba “El Castillo”, que era fábrica de puros y cigarros.
Para el final de la existencia “La Funeraria”, de Antonio R. Rodríguez anunciaba que tenía un completo y variado surtido de cajas finas y corrientes, acojinadas y con interior de Zinc, así como con elegante carrozas y una carroza blanca para cadáveres de niños.
Y el encargado de la administración de la última terminal de la existencia, es decir, del Panteón de Oriente era Lázaro Barraza, quien si permaneció en su fúnebre puesto para 1918 ha de haber tenido mucho trabajo con eso de la gripa española causante de cientos y cientos de muertos en nuestra ciudad.
Sólo dos consideraciones finales y un deseo.
Para reconstruir la fisonomía humana y urbana de la ciudad del Durango de hace un siglo, me valí del Directorio General de la Ciudad de Durango, publicado el año de 1905, por Marino P. Gavilán, siendo algunas apreciaciones históricas propias del suscrito.
Para el año de 1905, todavía no bajaban de la Sierra mi padre y mis tíos, lo harían hasta mayo de 1911, y no precisamente en son de paz.
Que en estos festejos del 441 aniversario de la ciudad se respete la historia de la Revolución mexicana en Durango y no se le desvirtúe grotescamente.














