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Por: Enrique Arrieta Silva - 18 de jul de 2004.Réquiem para el poeta del Cuarto Centenario
Enrique Rodríguez, mi culto y enorme amigo, a la vez que tocayo, originario de Durango por el que profesa un gran amor, pero nacionalizado zacatecano desde hace años por los imponderables de la vida, me puso al tanto vía telefónica desde la ciudad nacimiento que es Zacatecas, el 7 de este mes y año, es decir, el 7 de julio de 2004, entre las 12 y dos de la tarde, había fallecido en la Ciudad de México Carlos Montemayor Díaz.
Mentiría sí dijera que lo conocí personalmente, para aquel 8 de julio de 1963 él era un gran señor de la poesía, y yo era apenas un joven de 18 años, que hacía ocho meses había sufrido la pérdida desgarradora de su padre, al que por ese momento tan difícil, lo que menos le importaba era la poesía y los juegos florales; era tan sólo un joven que empezaba a ensayar su destino, sin la guía paterna, tan necesaria en esos momentos de rebelde y desbordante juventud.
Entonces pues, no conocí personalmente Carlos Montemayor Díaz, pero cuando la cultura y la palabra me llamaron por sus caminos infinitos de esencias y significados, que afortunadamente fue muy pronto, lo fui tratando a través de su presencia poética y aprendí a admirarlo coma poeta de importantes dimensiones, pues fue él quien el 8 de julio de 1963, cuando nuestra ciudad festejó con aires de verbena y estallidos multicolores sus 400 años de fundación, obtuvo el primer premio en la Velada de los VIII Juegos Florales del IV Centenario, celebrado en el Teatro del Seguro Social, consistente en la suma de diez mil pesos y el reconocimiento de la cultura durangueña, que aún perdura y perdurará mientras en el mundo haya poesía.
En Durango pueden citarse como antecedentes de estos juegos florales en los que Montemayor salió galardonado con los máximas honores, los de 1910 conmemorativos del Centenario de la Independencia, que desafortunadamente se declararon desiertos y los del 14 de febrero de 1942, convacados por los miembros del Centro Cultural Durangueño, mismos que cada dos años volvieron a celebrarse hasta llegar a los VIII Juegos Florales del IV Centenario, valga decir, los Juegos Florales de Carlos Montemayor Díaz.
No es mera casualidad que los juegos florales de 1942 hayan tenido como fecha de celebración la del 14 de febrero, que es el día dedicado al amor y no lo es, porque la poesía es amor y el amor es poesía, y ello es necesario recalcarlo, porque precisamente la composición poética con la que Carlos Montemayor Díaz impuso los dictados de su lira en aquella noche memorable en la que reinaba la serena belleza de María Eugenia Cuevas, llevaba por nombre “Décimas de amor”, sin duda porque Carlos Montemayor Díaz, al igual que los poetas provenzales, consideraba poesía y amor, amor y poesía, palabras enteramente sinónimas.
Rememorando en homenaje a la memoria de Carlos Montemayor Díaz, aquel lejano 8 de julio de hace 41 años, gracias a las publicaciones que de él existen, puede decirse que aquella noche en la que la poesía enmarcó a la Perla del Guadiana, abrió el broche Roberto Cabral del Hoya, como mantenedor de los Juegos Florales, pronunciando un discurso de corte helenístico y donde alcanzaron renombre también José Gómez García, con el segundo premio con el “Romance de Francisco de Ibarra”; María Guadalupe Silva Diosdado de Rangel, tercer premio con “Por la veta de tus siglos”; Adela Ayala, primera mención honorífica con “Elogio al capitán don Francisco de Ibarra”; y Melchor Sánchez Jiménez, mención honorífica al tercer tema.
Carlos Montemayor Díaz nace en la bella población minera de Hidalgo del Parral, del norteño estado de Chihuahua, también llamado con justicia “Estado Grande”, por lo tanto es muy probable que sea de familia de extracción minera y que allí mismo en Parral, ciudad ciprés, haya adquirido su alma la veta de oro de la poesía.
Raro que en el temperamento poético de Carlos Montemayor Díaz se haya fundido la frialdad de la contabilidad, pero así es, y contador público que fue, trabajó hasta su jubilación como auditor de la Secretaría de Hacienda en la Ciudad de México, en la que vivió hasta el momento final de su existencia, que no de su vida, pues vida sigue teniendo aunque en otra dimensión.
Su obra no es de cantidad, pero sí de calidad. Entre ella pueden contarse sus libros de poemas “Desierto amurallado”, publicado en 1960, y “Ángel negro” en 1965, y un libro de ensayos con el título de “Marina Soledad”. Deja en preparación una antología de la poesía moderna de Chihuahua, que bien pudiera culminar su hijo del mismo nombre.
Buen padre y buen maestro sin duda, su hijo Carlos Montemayor, también nacido en Parral, en el año de 1947, es hoy uno de los más destacados escritores de México.
Egresado de la UNAM, en la que estudió Literatura Iberoamericana, y del Colegio de México, en donde se posesionó del latín y del griego, es actualmente uno de los autores tanto en relato como en poesía, novela, ensayo y crónica, de mayor goce estético y de mayor credibilidad, y por eso mismo ganador de numerosos y prestigiados premios literarios como el Xavier Villaurrutia, Alfonso X, José Fuentes Mares, Ciencias y Artes del Estado de Michoacán y el Internacional de Cuento Juan Rulfo.
Como buen padre y buen maestro, Carlos Montemayor Díaz debió haber sentido inconmensurable y legítimo orgullo del otro Carlos Montemayor.
Enrique Rodríguez me cuenta la anécdota que una noche bohemia Carlos Montemayor Díaz se enfrascó en un duelo con el poeta español Pedro Garfias, exiliado en México durante el Cardenismo, consistente en improvisar un verso y tomarse una copa de vino sucesivamente, hasta que alguno de los dos cayera o se diera por vencido, y el que cayó fue Montemayor, vencido por Garfias, pero no por causa de la poesía sino por causa del vino, si no quién sabe cómo le hubiera ido a Garfias, pues Montemayor era poeta que podía medirse con el más pintado.
Paradojas de la vida. Durango se encuentra de fiesta por el 441 aniversario de su fundación, pero sobre sus pendones y en los clarines de sus heraldos, un crespón de luto se mece al viento por el fallecimiento del poeta de su IV Centenario, quien pudiera decirse supo escoger para el adiós el 7 de julio, un día antes del 8 de julio, tan significativo para él y para nosotros.














