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Por: Por: Enrique Arrieta Silva Por: Enrique Arrieta Silva - 10 de oct de 2004.

Don Raúl Valdepeña

En la historia de nuestro estado y de México hay ejemplos de hombres y mujeres, que a partir de tesón y esfuerzo han logrado constituir negociaciones fuertes y respetables, partiendo de un capital muy modesto.

Tal es el caso de Don Raúl Valdepeña, quien iniciándose con un capital de 100 pesos, allá por los principios de los años treinta del siglo que acaba de pasar, llegó a ser uno de los hombres de negocios más prósperos y populares de los años cincuenta y sesenta de la ciudad de Durango.

Don Raúl, como cariñosamente lo llamaba la gente, nace en la bella y tranquila población de San Juan de Lagos, Jalisco, el 17 de abril de 1917, siendo uno de los 12 hijos del matrimonio formado por Antonio Valdepeña y María Pérez.

Como en los cuentos infantiles, en los que el niño, despertando a la juventud, asume la responsabilidad de ganarse su propio sustento para no ser una carga para sus padres, combinándola con espíritu de aventura, le da por despedirse del hogar paterno para ir a probar fortuna en otras tierras y carga con lo mínimo atado al extremo de un palo que lleva al hombro.

Así Don Raúl se despidió del hogar paterno, cuando apenas tenía 14 años, para marchar a Torreón, Coah., en busca de fama y fortuna o en búsqueda simplemente de la vida, la cual siempre ha sido difícil, sobre todo para los que desde niños se ven en la necesidad de labrarse su propio porvenir.

Con razón nuestros mayores expresaban sus buenos deseos a los que estimaban con la frase “que la vida te sea leve”.

Allí en Torreón, ciudad de clara vocación para el comercio, establecería su primera negociación bajo la denominación mercantil de “Casa Valdepeña”.

Para llegar a ese primer éxito, hubo necesidad de que un tío lo refaccionara con 100 pesos, de los que tras satisfacer sus gastos más urgentes, derivó el resto para comprar una caja de quesos y venderlos por las calles de Torreón.

Fue así como vendiendo quesos de calle en calle logró reunir la suma de mil pesos y con ella fundó la negociación a la que le prestó su propio apellido, logrando mantenerla con las puertas abiertas durante siete años de luchas mil.

Inquieto como siempre fue, decide cambiar su centro de operaciones mercantiles de Torreón a El Salto, Pueblo Nuevo, Dgo., población entonces en boga por la explotación forestal, estableciéndose en ella, con una negociación de ropa que llamó “La Europea”, nombre éste que más tarde en Durango retomaría su hermano José por la calle de Pasteur, a un lado del mercado Gómez Palacio.

En esa población maderera contrajo matrimonio con Hortensia Estrada, de familia torreonense, avecindada en El Salto, con quien procrearía cinco hijos, a saber: Raúl Gerardo (f), Rodolfo David, Adria, Lorena Patricia y Sergio.

Es en el año de 1953, cuando por el rumbo de 5 de Febrero y Progreso, tras algunas estancias temporales en otros locales, abre la negociación que recordamos los durangueños de aquel tiempo, ya sea como “Almacenes Durangueños SA”, “Súper Mercado de Telas Valdepeña, SA” y “Almacenes de Durango”, que todas esas denominaciones tuvo, pero que los contemporáneos solíamos llamar con el nombre familiar de “Almacenes Valdepeña”, que era el que teníamos más arraigado.

Don Raúl con sus hermanos José y Refugio formó una trilogía de honda raigambre en el comercio y la sociedad de Durango, encabezada por él, dado su empuje y su don de gentes que siempre lo caracterizaron.

Lo recuerdo de tez blanca, estatura y complexión regular, cabello quebrado peinado hacia atrás y con entradas medianas y, sobre todo, de buen carácter y muy afable.

Su generosidad hacia los niños y adolescentes la demostró cabalmente, dándoles empleos de vendedores en el interior de sus almacenes a quienes lo solicitaban, durante las vacaciones escolares, quienes de esta manera tuvieron la oportunidad de ayudar a sus padres en el duro sostenimiento del hogar, hacerse de fondos para comprar útiles escolares, ir al cine y surtirse de dulces y chocolates.

Su generosidad quedó también patente, con los descuentos que siempre hacía a su mercancía, que creo recordar consistía principalmente en ropa, telas y sarapes.

Sus almacenes fueron siempre un enjambre de empleados y clientes. Si alguien quería comprar una tela de cierta calidad, popelina o de la llamada cabeza de indio a buen precio, así como una camisa o ropa interior femenina rebajadas, había que ir con Don Raúl, quien invariablemente estaba dispuesto a dar precios de oferta.

Era proverbial que los afanosos empleados dieran un precio y Don Raúl otro más bajo.

Así por ejemplo, llegaba el cliente ante el mostrador a solicitar determinada mercancía y una vez que se interesaba por ella e informado del precio, decía el cliente a la empleada: “dígale a Don Raúl que si no me la deja más barata”, para cuyo efecto, caminaba la empleada cargando la prenda en la mano, acompañada del cliente hasta donde se encontraba Don Raúl, sentado en una silla, ubicada en un balcón o tapanco de madera, y entonces se producía el grito que llegó a ser famoso y que resultaba familiar a todos: “Don Raúl, dice la señora (o el señor) que a cómo le deja esto”, y don Raúl con aire complaciente accedía fijando el precio que invariablemente consistía en una cantidad considerablemente más baja que la inicialmente dada por la empleada, después de lo cual el cliente marchaba agradecido a liquidar el precio a la caja, y después a enseñarle a lo suyos la ganga adquirida, desde luego, en los Almacenes Valdepeña, que tanta fama y tradición tuvieron en Durango.

Tengo para mí, que para Don Raúl el comercio debía ser fuente de riqueza pública y no fuente de riqueza personal. Fallece el 27 de marzo de 1973. Le sobreviven su viuda, sus hijos y el buen recuerdo de bastantes durangueños, entre los cuales me cuento. Dije.

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