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Lic. Enrique Sada Sandoval, Investigador Histórico
dom 10 ene 2016, 1:12pm 6 de 6

Precursor revolucionario, Príncipe mexicano: Agustín de Iturbide y Green.



SIGLOS DE HISTORIA

Primera Parte

En el imaginario colectivo contemporáneo de la Nación Mexicana, el mes de noviembre se hace presente como un mes que se conmemora por el inicio de la Revolución Mexicana, y por tanto, como un segundo mes de la Patria. De inmediato, saltan a la memoria una letanía de nombres de "revolucionarios" consagrados por la historiografía oficial a partir de la década de los años veintes, y una imagen típica del muralismo mexicano que lejos de invitar al debate académico de la verdad historia, la simplifica y la desplaza consagrando el mito en su lugar: una lucha de clases abundante en la distribución de etiquetas de buenos y malos, ricos y pobres, burguesía y proletariado, en donde el mito se entroniza desde el poder para que impere como dogma de fe sobre generaciones de mexicanos. Impera un Carranza arbitrario frente a un Madero institucional, un Calles frente a un Vasconcelos, un Soto y Gama frente a un Belisario Domínguez, y un Zapata frente a un Felipe Ángeles. Así, quedan al margen quienes contribuyeron a una causa social, o incluso quienes fueron precursores de un movimiento social a través de la voz de la razón y de la pluma antes que la de los cañones y las bayonetas.

En este mismo tenor, antes que la pólvora y el fuego de la Revolución iniciada por Don Francisco I. Madero ardiera en el corazón de los espíritus amantes de las libertades civiles, hubo muchos otros hombres que a pesar de la comodidad que les ofrecía su posición social levantaron su voz anticipando más de diez años la caída de un régimen que muy pocos veían en plena decadencia. Y uno de ellos fue un Príncipe mexicano: Agustín de Iturbide y Green.

Don Agustín, nieto del Libertador y Emperador Agustín I, hijo del Príncipe Don Salvador de Iturbide y de la norteamericana Alicia Green, nace el 2 de abril de 1863.

Desde temprana edad pareció destinado a jugar un papel como símbolo de unión en un principio, para con el tiempo emerger como un hombre de ideas e ideales. Tras la muerte del primer príncipe imperial mexicano, Don Agustín de Iturbide y Huarte, la sucesión al trono hubiera pasado normalmente al hermano del príncipe, Don Ángel. Sin embargo, debido a la petición del Emperador Maximiliano I de México, abdicó sus derechos en su sobrino, el niño Agustín, quien para ese entonces ya había sido adoptado por el mismo emperador como su sucesor en el trono mexicano. Así, el 15 de septiembre de 1865, Maximiliano concluye un acuerdo con la familia con cierta reticencia de la madre, por el cual adquiere la adopción de los nietos del Emperador Agustín I. Como consecuencia, el joven Agustín es designado príncipe heredero. La idea de Maximiliano en hacer de Don Agustín su sucesor no era otro que el de combinar en una sola persona su propio deseo y el de la Casa Habsburgo-Iturbide, pensando que con esta medida mantendría al pueblo mexicano con la esperanza de que tendrían a fin de cuentas por gobernante a un mexicano de pura sangre y de linaje imperial propio. Es por demás sabido que ante la imposibilidad de Maximiliano y Carlota para engendrar un hijo, la joven pareja imperial adoptó a Don Agustín y a su primo Don Salvador como príncipes herederos, esto para asegurar por una parte la sucesión monárquica mexicana, como reconocimiento a la memoria del Libertador y como lazo histórico de unión con todos los mexicanos.

Adoptado oficialmente por el Emperador Maximiliano como Príncipe Heredero en 1865, regresó a los brazos de su madre en cuanto la intervención norteamericana a favor del régimen de Juárez se restableció con mayor intensidad, al finalizar la Guerra Civil norteamericana, hecho que desembocó en la caída del Imperio Mexicano, que culminó con la captura y fusilamiento de Maximiliano I junto a sus dos grandes generales, Miguel Miramón y Tomás Mejía, en el Cerro de las Campanas en 1867.1

Después de este episodio, el joven Don Agustín fue educado en el Colegio San Michele y en la Escuela de Ascot. De aquí pasaría a la Universidad de Georgetown donde se graduó con el título de Filosofía y Letras. Durante su estancia en Europa fue noticia en varios periódicos de la época y disfrutó de las ventajas sociales propias de un príncipe imperial en aquél tiempo.

Terminados sus estudios y una vez vuelto de Europa, regresó a México y destacó como oficial de alto rango dentro del Ejército Mexicano, sin anticipar que muy pronto se convertiría en figura y cabeza de un movimiento precursor que se opondría a la dictadura del presidente Porfirio Díaz, entre los que figuraban tanto liberales como conservadores. Una de las razones que explican también la popularidad del joven Agustín se debió sin duda a que el resurgimiento de la idea de una monarquía encabezada nuevamente por un príncipe mexicano parecía aun contar todavía con suficientes simpatías en el México de finales del siglo XIX. Así lo demuestra la acuñación de una proclama o medalla conmemorativa en 1883, por parte de la Casa de la Moneda de México, con la que se honraba el centenario del natalicio del Libertador Agustín de Iturbide.

En 1890, Díaz, notando que Don Agustín estaba interviniendo en asuntos políticos, y temiendo su creciente popularidad, lo encerró 14 meses para después exiliarlo y confiscarle sus extensas propiedades2. Sobre este suceso tan particular refiere Mariano Cuevas en su Historia de la Nación Mexicana: "Y hablando de candidatos sacrificados, todos vimos por entonces, 23 de abril de 1890, como un casi milagro el haber escapado con vida el buenísimo don Agustín de Iturbide. Era nieto de nuestro egregio Libertador; había sido adoptado en su infancia, a falta de príncipe heredero, por Maximiliano. Luego pasó a estudiar a Bélgica a expensas y bajo la tutela del Excelentísimo Señor arzobispo Labastida. Allá se educó con los jesuitas en el Colegio de San Miguel, el Viejo, acompañándole otro joven mexicano de distinguida familia. Ya mozalbete, Iturbide regresó a los Estados Unidos al lado de su madre, que era una señora americana. Fue admitido posteriormente en el Ejército mexicano y estuvo a las órdenes del general Pedro González, el mismo que veinticinco años antes, había sido coronel del regimiento de la emperatriz. A la sazón estaba Iturbide de guarnición en Teotihuacan, era muy buen tipo, de barba rubia un poco rojiza, como su abuelo, de muy finas maneras y muy buen cristiano y por entonces parecía que tenía muchos bríos. Pues he aquí que, con la fecha citada, El Tiempo publicó el retrato de Iturbide en gran tamaño, en traje militar mexicano, y, a vuelta hoja, su famoso manifiesto donde se leía: "En las supuestas entrevistas a que me refiero, se me atribuyen apreciaciones sobre la actualidad y porvenir del partido conservador. Cualquiera que ellas hayan sido, son necesariamente apócrifas. Para lo que ha terminado no hay presente ni porvenir y el partido conservador, a quien tantos beneficios debe la patria-aquél partido de los Bustamante, Osollo y Miramón, el que enarboló en Iguala el pabellón de las Tres Garantías-ese partido, como beligerante, acabó en el Cerro de las Campanas y desde entonces no ha tomado ingerencia en la política. Hay sin embargo un partido que, según las palabras que se me atribuyen, no está satisfecho con el presente estado de cosas y yo no vacilo en creer que se compone de la inmensa mayoría de los mexicanos, partido, por hoy, sin nombre ni jefe, pero llamado a regir los destinos de la Patria. El partido, no ya liberal, ya no de Tuxtepec, el partido que hoy gobierna es el que con sus desacertadas medidas ha dado origen a ese partido del porvenir".

Continuaba Iturbide haciendo una crítica muy dura del régimen establecido, para concluir diciendo: "Esta situación ha formado una opinión adversa al actual estado de cosas entre los mexicanos que no medran por él y ellos forman ese partido en cuyas manos está el porvenir de la República". Iturbide había hecho ante Porfirio, más méritos para su decapitación que García de la Cadena, Escobedo, Rocha…Nadie habló tan claro; pero el mismo candor angelical del príncipe, el estar completamente inerme y el ser hijo de mamá americana, lo libraron del cadalso, aunque no del destierro. Se fue a radicar a Georgetown sin ingresar, como se ha dicho, en ningún convento. Fue recibido como profesor de castellano en el Colegio de los Jesuitas de esa ciudad, donde de él se guardan muy buenos recuerdos. Murió hace pocos años dejando en manos de una tía condecoraciones y valiosísimo archivo que esta buena señora vendió por muy pocos dólares a la Biblioteca del Congreso Americano."

En su exilio, Don Agustín terminó en Washington D.C., y fungió por muchos años como profesor de inglés y francés en su Alma Mater. Como consecuencia de su aprisionamiento y exilio, el Príncipe de Iturbide sufrió un colapso nervioso que reaparecería años más tarde, haciéndole creer hasta su muerte que el gobierno mexicano preparaba su asesinato. Falleció en 1925 y fue sepultado en Filadelfia, junto a los restos de su abuela, la otrora Emperatriz de México.

***

"I have implicit faith in the integrity of a new generation and, consequently, see in the approaching fall of Díazthe solution of our difficulties and an assurance of national prosperity".

Agustín de Iturbide y Green

1 Recordemos que la intención de Napoleón III de "restablecer el prestigio de la raza latina en América" al favorecer la reinstauración de una monarquía que sirviera como dique al expansionismo norteamericano atentaba directamente contra la "Doctrina Monroe", razón por la el gobierno estadounidense reanudó su apoyo habitual a los liberales una vez que terminó la Guerra de Secesión.

2 En su exilio, Don Agustín terminó en Washington D.C., y fue por muchos años profesor de inglés y francés en su Alma Mater. Como consecuencia de su aprisionamiento y exilio, el príncipe de Iturbide sufrió un colapso nervioso que reaparecería años más tarde, haciéndole creer hasta su muerte que el gobierno mexicano preparaba su asesinato. Falleció en 1925, y fue sepultado en Filadelfia, junto a los restos de su abuela, la otrora Emperatriz de México.

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