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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 15 feb 2016, 9:29am 9 de 30

Dolores del Río siempre entre nosotros



LETRAS DURANGUEÑAS

No han faltado ocasiones para que, al amparo de las instituciones culturales, hayamos bien recordado a Dolores del Río. Especialmente recuerdo que hace algunos años el Congreso del Estado llevó a cabo, y enhorabuena, el ciclo de cine "Dolores del Río", en donde se proyectaron tres películas protagonizadas por la célebre actriz duranguense, que ilustraban asimismo etapas distintas de su excepcional trayectoria.

En aquella ocasión los filmes fueron facilitados y comentados por el investigador Francisco Peredo Castro, también paisano nuestro, y entonces -no sé si lo siga siendo- funcionario de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Tal encuentro cultural se sumó así a una espléndida muestra fotográfica (selección que preparó Roberto Herrera, en el museo del cine del ICED), que no hace tampoco tanto tuvo lugar en la casa en donde nació la estrella mexicana en el amanecer del siglo XX. Si bien es cierto que dos de las piezas cinematográficas exhibidas -"Flor Silvestre" y "Doña Perfecta"- pueden conseguirse en tiendas y supermercados -para no hablar de las enormes posibilidades de verlas ahora a través de internet- e incluso los filmes forman parte frecuentemente de las programaciones televisivas (o son difundidas por los dos o tres cine-clubes de arte de la ciudad), también es verdad que la proyección de "Ave del Paraíso" fue una valiosa oportunidad para acercarse a una obra -no tan fácil de conseguir- del primer periodo de Dolores del Río (la número diecisiete de un total de cincuenta y seis piezas, según el confiable recuento filmográfico del historiador Aurelio de los Reyes), historia, esta sí, prácticamente desconocida para el público, salvo para los especialistas en el tema. Siempre Dolores, dice conmovido uno de sus biógrafos más fieles. Y volver a ella me permitirá también refrendar algo de lo que ya he expresado en otro tiempo.

Nadie como Dolores del Río. De ascendencia aristocrática, educada en las costumbres más refinadas del trato humano, María Dolores Asúnsolo López-Negrete (1904-1983), su nombre original, vivió sus años tempranos en la tranquilidad provinciana de "La perla del Guadiana". Poco después del estallido de la lucha armada de 1910 la familia se trasladó a la capital de la República, en cuya ciudad inició sus estudios formales de danza e idiomas, no obstante que desde niña había descubierto su vocación artística. Sensible, muchos años después recordaría aquella estancia hogareña (ubicada casi en la esquina de las actuales calles de Hidalgo y 20 de Noviembre): "mis primeros recuerdos de niña son alrededor de un patio, donde tuve mi encuentro con las flores y las plantas que todavía hoy me rodean (…) recuerdo que mis primeros pasos fueron precisamente ayudándome yo misma a caminar, sosteniéndome de las macetas."

Muy joven casó con Jaime Martínez del Río, a quien debe ciertamente el apellido que llevará hasta el final de sus días. Pronto surgirá la luminaria -son las décadas de los veintes y treintas- en las pantallas hollywoodenses con filmaciones como "Joanna", "Madame Du Barry" y "La sirena del puerto", entre muchas otras. Se le llamó entonces el Rodolfo Valentino femenino.

A su regreso a México, en 1942, comienza a representarse la figura emblemática que llegará a ser. Las películas "Flor Silvestre", "María Candelaria", "Las abandonadas", "Bugambilia", "La malquerida" y "Reportaje" -ya bajo la dirección de Emilio "El indio" Fernández- serán definitivas en su recorrido. Una de estas escenas, anotemos de paso, le sugiere a Carlos Fuentes: "La mirada ausente y triste de Dolores del Río mientras Pedro Armendáriz la conduce en trajinera entre las islas de Xochimilco, es la mirada de una intrusa en el paraíso. Estamos en el edén subvertido de Ramón López Velarde". En varias ocasiones le fue otorgado el premio Ariel.

Dos facetas insoslayables en la existencia de la artista son su amplia tarea como difusora de la cultura (impulsó los festivales de Cannes, San Sebastián y, en Guanajuato, el internacional Cervantino), y por otro lado, su incansable actividad gremial y de gestoría social. Siempre fueron suyos los hechos que mostraban grandeza de alma.

No son pocos los escritores, pintores e historiadores que se han ocupado de Dolores del Río. Alfonso Reyes ("Tu soberana presencia/ luz despide, esencia mana…") y Carlos Pellicer ("…Tu belleza y tu talento,/ como quien no quiere nada,/ tienen la noche estrellada/ del agua para el sediento…") le dedicaron sendos poemas. Algunas de las entrevistas más rescatables que le hicieron fueron las de Vicente Leñero y Elena Poniatowska. Por su parte Carlos Monsiváis abordó desde el ensayo y el prólogo su personalidad y tareas fílmicas. Se le llevó igualmente al lienzo por Diego Rivera, Ángel Zárraga y José Clemente Orozco. Como biógrafos destacan Aurelio de los Reyes, ya mencionado -el libro y el CD-ROM sobre la diva duranguense constituyen tal vez lo mejor que se ha publicado sobre ella desde la perspectiva y el rigor académicos-; David Ramón por su parte dio a conocer un amplio estudio en tres volúmenes y Paco Ignacio Taibo I, además de trabajos de orden historiográfico, escribió una novela basada en hechos reales.

A los duranguenses nos honrará siempre que el Dr. Héctor Mayagoitia Domínguez en sus funciones de gobernador haya homenajeado a Dolores de Río en vida, como lo rememoraba recientemente el imprescindible en estos afanes Paco Canales Gutiérrez. Es satisfactorio asimismo que otro gobernador, el Lic. Maximiliano Silerio Esparza, haya tenido el acierto de aprobar la elaboración de la estatua de la actriz, situada como sabemos en el bulevar que justamente lleva su nombre, vía así llamada gracias a su vez a la iniciativa del gobierno del Lic. Armando del Castillo Franco. Y en años más cercanos, en el contexto del centenario de la también actriz teatral, la administración estatal encabezada por el Lic. Ángel Sergio Guerrero Mier le organizó diversas actividades conmemorativas. Sin embargo, la talla artística de Dolores del Río, la alta valoración mundial que ha merecido su travesía, hace necesario multiplicar tales esfuerzos de divulgación y reconocimiento. A ello ha contribuido sin duda el evento, ya mencionado, del Congreso del Estado, como se han sumado a esta apreciación las reseñas periodísticas de Jesús Javier Treviño y los programas culturales promovidos por Pedro Raigosa Reyna y Alfredo Olguín, por sólo apuntar a algunos de estos encomiables esfuerzos no tan lejanos. Sin embargo, hay que señalarlo: Dolores del Río todavía espera un museo digno en nuestra ciudad.

Vale la pena cerrar el presente artículo, de acuerdo a este clima emocional, con unos renglones de Paco Ignacio Taibo I: "…llegaba la palabra Durango abriéndose camino tan limpia y cálida como si hubiera sido inventada un instante antes. Yo me dejaba llevar por mí mismo y escribía sobre ese nuevo Durango de casonas adormiladas, de sol y de árboles con flores rojas que convertían la calle en un alfombra cegadora sobre la que Dolores caminaba como quien navega, vestida de blanco, con los brazos al aire".

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