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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 13 jun 2016, 9:23am 8 de 27

Ernesto de la Peña, el último sabio de México



LETRAS DURANGUEÑAS

Recientemente se ha puesto en circulación el libro "Ernesto para intrusos. Antología de la obra literaria de Ernesto de la Peña" (Alfaguara, 2016), cuya selección y prólogo se debe a María Luisa Tavernier, la amorosa compañera de vida del insigne maestro. A reserva de ocuparme con mayor detalle de los contenidos en la obra en otra ocasión (los sentidos de sus cuentos, ensayos y poemas) me gustaría volver ahora a algunas líneas que he escrito acerca de quien sin duda fue en nuestro país el emblema del polígrafo a quien nada de lo humano le era ajeno.

Un día del verano del 2005 le pregunté al maestro Ernesto de la Peña sobre sus tres libros preferidos, tratando de llevarlo a una difícil definición, cercando así -amablemente y desde una enorme admiración- a un hombre de una generosidad tan grande como su sabiduría. Todos los comentarios que se han vertido sobre dicha y alta personalidad de la cultura mexicana y universal, lamentablemente ya fallecido, son de sobra bien merecidos. En el espacio de entre siglos, nadie como él encarnó la voluntad por aprenderlo todo: las Sagradas Escrituras, las excelencias de la ópera, las abarcadoras letras del humanismo.

Estábamos en Guanajuato, siempre de buenos climas cervantinos, en un descanso de las disertaciones académicas del celebrado IV Centenario del Quijote. Mientras los asistentes buscaban café, yo conversaba con don Ernesto. Irradiaba vitalidad, era la voz de quien había decantado bibliotecas enteras en una sencilla y agradable plática: "Mire, primero está la Biblia", me dijo sonriendo. "¿Y enseguida la Divina Comedia, maestro?", continué por mi parte. "Sí... después la Divina Comedia".

Cabía esperar tal respuesta de una apasionada inclinación por el estudio de las religiones y las obras medievales, puesto que había dedicado, verbigracia, sus labores de traducción a los Evangelios, y era bien conocida su devoción por Alighieri (citado con cierta amplitud en su espléndido libro "La rosa transfigurada", 1999). De hecho, sus contribuciones a propósito le valieron un lugar destacado en la prestigiada Enciclopedia Dantesca, rango de verdad excepcional para un latinoamericano. Subrayo de paso que, en efecto, su formidable recorrido literario de la emblemática y hermosa flor, dentro del capítulo "Los prados del universo" del citado volumen, ubican a su autor entre los mejores comentaristas de la obra, junto a Papini, Borges, Crespo y -en el ámbito mexicano- a Antonio Gómez Robledo. Dice en una de sus líneas, acentuando la clave de la filiación profunda del poema: "Las mujeres son los planetas que reflejan la luz cegadora del astro mariano."

"¿Y el tercer libro?" Parecía que en unos instantes el erudito repasaba su infinita biblioteca. Pero el recuerdo, la palabra, no se encerró ahora solamente en un nombre. De nuevo se llenó de noble alegría: "Vamos a dejarlo así..." Todos los libros, lo entiendo ahora, eran ese tercer libro. Ya empezaban a llamar al auditorio. Continuaban las conferencias.

Árbol de inmensas sabidurías, con ramas en sánscrito, hebreo, latín y griego, su cátedra se multiplicó por radio y televisión. Se le tenía presente desde muchos años atrás, cuando el maestro participaba en el programa "Sopa de letras", conducido por Jorge Saldaña en el canal 13, al lado de Arrigo Cohen y Felipe San José. Se le veía asimismo en el canal 22, en el de Tv UNAM y, al final, en el 2 de Televisa, en todos invariablemente magistral. Después de cumplir el medio siglo, luego de fatigar miles y miles de obras de las culturas clásicas, decidió prodigar sus lecciones en la letra impresa. Se fueron sucediendo entonces títulos como "Las estratagemas de Dios", 1988, el primero (una colección de relatos que habría que emparentar, en mi opinión, a las "Vidas imaginarias", de Marcel Schwob, y acaso también a los "Cuentos orientales" de Marguerite Yourcenar); "El centro sin orillas", "Las controversias de la fe" y, sin agotar la lista, "Las máquinas espirituales". En el año 2006, invaluable tesoro para las nuevas generaciones, se publicaron aparecieron sus Obras completas.

Antes hizo escala en el mundo del hidalgo manchego. Y como resultado de su regreso a la novela canónica, el ensayista nos entregó una serie de atendibles reflexiones: "Uno de los más grandes aciertos de Cervantes -señala- fue levantar el perfil de Sancho Panza hasta convertirlo en pareja de don Quijote, con iguales derechos que él, al grado que, en algunas ocasiones, le cede el puesto central de la trama". El extraordinario apoyo contextual de "Don Quijote: La sinrazón sospechosa", entretejido a la atención del maestro que recupera importantes episodios de la historia, es una magnífica oportunidad para adentrarnos con anchas referencias históricas y literarias al tiempo del XVII y, sobre todo, a los hechos y pensamientos de sus personajes. Las mesitas, con las tazas a medias, se van vaciando de gente.

En la amorosa compañía de María Luisa, su esposa (públicamente le había confesado el entrañable intelectual: "Ubi tu Gaius, ego Gaia", "Tú y yo, aunque separados, somos una misma persona"), don Ernesto de la Peña todavía encontró algunos minutos para ilustrarme sobre el origen del apellido "Jiménez", tras la firma de uno de sus libros. Volvimos al recinto... Y yo doblo aquella página del libro de las memorias personales.

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