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OSCAR JIMÉNEZ LUEZ
lun 5 dic 2016, 10:37am 9 de 28

Borges, en busca de otros Alephs



LETRAS DURANGUEÑAS

La bibliografía acerca del célebre escritor Jorge Luis Borges (1899-1986) es, como se ha dicho reiteradamente, ya inabarcable. Multiplicados estudios abordan todos los ángulos de su vida, al tiempo que se apuntan antecedentes, influencias y prolongaciones de sus escritos -sueños, espejos, libros- con obras en los idiomas más diversos y remotos. Junto a volúmenes biográficos tan sobresalientes como los debidos a Edwin Williamson, María Esther Vázquez y James Woodall (por abreviar solamente a tres nombres sobresalientes) también destacan los numerosos títulos que relacionan al autor de Ficciones con literatos y artistas de uno y otro lado del mundo: Macedonio Fernández, Pessoa, Alfonso Reyes, Escher, Arguedas…

Y "El Aleph" ha sido, sin lugar a dudas, uno de los centros magnéticos de la crítica y los exámenes especializados (la edición facsímilar editada en 2001 por Julio Ortega y Elena del Río Parra representa la alta índole exegética de tales análisis), a los que se han sumado las mil y una relecturas creativas del caso. Como la de Tito Monterroso, muy ilustrativa para el presente objetivo. No son pocos los caza-Alephs, y las buenas fortunas de sus resultados. A ello desea contribuir este artículo.

Vale la pena comenzar por el final del famoso relato. Como se recordará, después de acompañar a sus protagonistas al sótano, donde en una esfera tornasolada de dos o tres centímetros de diámetro cabía "el inconcebible universo", el narrador nos advierte la existencia de otro Aleph, dentro de un juego literario que pasa de lo asombroso al lugar común temático. En realidad enlista varios, citando al decimonónico capitán Burton: un cristal oriental, la séptuple copa de Ki Josrú, los espejos de Tárik Benzeyad, Luciano de Samosata y Merlín, la lanza de Júpiter y hasta la columna de una mezquita del Cairo.

El ya mencionado Tito Monterroso añade ("La vaca", Alfaguara, 1995) a esta serie de prodigios un pasaje de "La Araucana", el extenso poema de Alonso de Ercilla, al que le dedica un ameno y agudo comentario, tras subrayar la enumeración que lo acerca al texto borgiano. Incluso en la posdata de su escrito agrega otros tres Alephs, uno rescatado por Antonio Fernández Ferrer en unas líneas de la Historia general de las cosas de la Nueva España, de Bernardino de Sahagún e igualmente agregados el propio Monterroso apunta el hallado en las "Máximas" de Nicolás Sebastián Roch, Chamfort, y por si faltara, otro más, ahora en el mismísimo espejo de Moctezuma II.

No son todos, por supuesto. El también ya referido Fernández Ferrer ensancha el horizonte de Alephs. En un ensayo que forma parte de Cuadernos Hispanoamericanos. Homenaje a Borges (Julio-Septiembre, 1992) anota algunos más. Luego de revisar los antecedentes de la materia, recupera una correspondencia en la obra Os Lusíadas y nos da una de las claves principales del asunto tratado: estamos ante una tradición clásica. Y destaca más indicios en una égloga de Bernardo Balbuena, en un cuento de H. G. Wells y -regresando a nuestro autor- en el poema "La guitarra" de Borges.

Por mi parte, hace ya algunos años sustenté una conferencia sobre el tema en el Museo Regional de Durango. En aquel encuentro de escritores acentué la presencia de otros dos antecedentes que se encuentran en La Odisea y en Vidas imaginarias (no mucho tiempo después se los comenté personalmente en Durango a Rafael Olea Franco, del Colegio de México). Si bien es verdad que, no obstante la gran aproximación del primer caso al elemento maravilloso borgiano, no aparecía bien documentada la relación, al menos en obras al alcance (por cierto, es necesario abundar todavía más en el Aleph que habita en la novela El nombre de la Rosa, de Umberto Eco). Observando las notas del artículo de Fernández Ferrer leo que María Rosa Lida en su estudio acerca de Juan de Mena resaltó la influencia homérica en Borges (lamentablemente no he podido indagar directamente en el libro). Creo que la pregunta no sería entonces impertinente: ¿Lida encontró el Aleph que con toda claridad es visible en el Canto el Canto XI de la Odisea? Quede por lo pronto reiterado dicho precursor, a reserva de confirmar -si así lo exponen las páginas de la ilustre maestra María Rosa- la información bibliográfica requerida, y la tarea pendiente de acrecentar el análisis correspondiente.

Respecto al texto de Marcel Schwob las noticias a propósito tienen un mayor grado de novedad, al menos en los textos revisionistas que nos ocupan. El Aleph, pequeño es verdad, aparece en el relato "Lucrecio. Poeta". Cito de la edición de la Biblioteca personal de Jorge Luis Borges, publicada en 1986 (y el marco editorial en que se presenta es aquí por demás significativo):

"Desde allí contempló la inmensidad hormigueante del universo; todas las piedras, todas las plantas, todos los árboles, todos los animales, todos los hombres, con sus colores, con sus pasiones, con sus instrumentos, y la historia de esas cosas diversas y su nacimiento y sus enfermedades y sus muertes. Y entre la muerte total y necesaria, percibió con claridad la muerte única de la africana; y lloró."

Es necesaria una lectura más detallada de esta cercanía, casi sobre decirlo. Las estructuras textuales, los componentes que las integran, sus estrategias narrativas. Pero la evidencia es relevante. Nos esperan otras maravillas similares. Porque seguramente seguirán apareciendo más Alephs en la infinita galaxia de Borges.

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