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FCO. JAVIER GUERRERO
lun 30 ene 2017, 9:22am 8 de 32

Olimpiada del cielo



LETRAS DURANGUEÑAS

Los ojos buscaban el encuentro, alguien tendría que estar al final para ver llegar al ganador, siempre había unos brazos para sujetar a los más débiles y para indicar que la carrera había terminado, porque si no habrían querido seguir corriendo y corriendo sin parar, ya sin saber si habría una meta, hasta que el cuerpo caiga, y eso era peligroso, que el cansancio gane la carrera, entonces ya en el suelo, abrazándola tierra vendría la posesión, el temblor inevitable, los dardos en la cabeza, la luz que duele, los ruidos retumbantes en el cerebro, hasta el olor de la gente dando vueltas en la inconciencia.

El estadio ardía, con esa luz de un sol sin que lo cubriera ninguna sombra, ese sol que amparaba todo el campo, nada podía estorbarle en ese medio día. Las porras resonaban como retorciéndose en las turbas, los asistentes no buenos crujiendo de calor con gritos sin sentido, que como parvadas se desgravaban por todo el estadio.

Hubo un momento antes del inicio de la carrera en que no se sabía quiénes eran los contendientes, los de abajo con caluroso pants o los de las gradas que jugaban haber quienes aguantan más al sol. Había otros más que con cachuchas amarillas llevaban el cuidado del trayecto, daban atención a los desmayados, algunos los llevaban a un lugar alejado donde la Cruz roja repartía agua y limones como en un mercado de subasta.

El juez dio el grito de ¡Fuera! Y todos corrieron, como si hubiera estallado una granada, esquirlas humanas abrieron el puño. La gritería fue en aumento, todos miraban a todos, como sí esperaran verlos caer como cañas tronchadas, o doblase por algo, pero no esperaban un triunfador. La distancia era muy corta, ellos la sentían infinita, algunos pasaron la mitad, el llanto los detenía al sentirse desprotegidos, eran momentos que dolían.

Algunos imbéciles en la tribuna reían, señalaban, esos eran los perdedores y su pista cuesta arriba a pesar del nivel, llena de obstáculos, nunca serían felices haciendo mofa de los débiles.

Dejaron de observar, los envolvió el importamadrismo y cambiaron de tema unos con otros, dando la espalda a los atletas, hipócritamente habían asistido al evento y la obligación terminaba con esos pedacitos de humanidad que a fuerzas de correr el esfuerzo les empapaba las camisetas.

Los atletas seguían corriendo, les temblaban las piernas, el sudor les acariciaba el ánimo, tres cuartos de la carrera, suspenso sin límites, el hilo del ser que sostenía su resistencia se tensaba.

El ganador, por mucho espacio, por muchos años de sufrimiento, llegó a los brazos del que lo esperaba, no podía voltear atrás, su vida era otra, ahora la meta en adelante sería no solamente uno más de los competidores de la Olimpiada especial para niños especiales, ahora sería el triunfador...

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