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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 13 mar 2017, 9:39am 8 de 34

Otra visita a la cultura tepehuana



LETRAS DURANGUEÑAS

Desde hace varios años la revista de estudios históricos “Transición” es un referente indispensable para aquellos interesados, sobre todo, en el recuento del pasado de Durango. De esta manera las páginas de dicha publicación –cuya aparición es por cierto semestral se ha constituido en un verdadero espacio de encuentro al que acuden, primero, la voluntad institucional de la UJED por promover la divulgación de la índole profunda de lo nuestro y, apenas después, el fruto académico del registro y análisis de los asuntos tratados, siempre teniendo en cuenta los intereses renovados de los lectores de sus artículos y ensayos.

El número 35 de este órgano de difusión –que todavía se consigue- aborda un tema por demás interesante: gran parte de su contenido traza las coordenadas geográficas, históricas, religiosas e incluso gastronómicas de los tepehuanos, el grupo indígena más numeroso de la región duranguense.

El propio orden en que están dispuestas las investigaciones demuestra el cuidado de la edición. Chantal Cramaussel (de El Colegio de Michoacán) abre la publicación con el estudio “La región de San Francisco de Lajas, Durango. Los tepehuanos audam de la vertiente occidental de la Sierra Madre”, y así se presenta el centro temático en un contexto amplio, que precisa lo mismo los orígenes de las poblaciones estudiadas que el examen de las condiciones naturales, económicas y demográficas que las caracterizan. De tal esfuerzo introductorio, como observará quien lea el conjunto de escritos, se benefician igualmente los trabajos que lo siguen. Me detendré, no obstante el sugerente ensayo de Cramaussel, y para ahorrar espacio, en otras dos investigaciones.

Efraín Rangel Guzmán (también de El Colegio de Michoacán) nos ofrece un acercamiento –vivo, pormenorizado de las fiestas de la Virgen de la Candelaria, celebradas el 2 de febrero, de un par de comunidades tepehuanas, la mencionada San Francisco de Lajas y la de Sihuacora. El historiador, de inicio, hace un deslinde necesario: “Se distinguen –apunta- a los tepehuanes del norte quienes colindan con los tarahumaras, de los del sur los cuales se dividen a su vez en dos grupos: los audam del suroeste y los odam del sureste, nombres que corresponden a sus respectivos dialectos. Los audam habitan partes del municipio de Pueblo Nuevo, Durango donde se localiza Lajas y la parte alta de Huajicori, Nayarit. Los odam se ubican en algunas comunidades comprendidas también en el municipio de Huajicori y en el municipio del Mezquital, Durango como Sihuacora”.

Tras anotar igualmente algunos datos sobre las poblaciones referidas, el autor se enfoca en la cuestión principal. Debo subrayar que –como dijo aquí en la Universidad Juárez el viernes pasado Jean Meyer a propósito de su labor sobre los cristeros-, Efraín Rangel Guzmán se habilita como periodista al recoger testimonios directos de la festividad relatada, todocomo un evidente resultado de su visita más o menos reciente al lugar de los hechos. Lo que sin duda recuerda aquel viaje–avecesen avioneta, a veces a lomo de mula- del inolvidable Fernando Benítez, a finales de los años setenta del siglo anterior, a Santa María de Ocotán para conocer mejor otra ceremonia religiosa: el ritual de la Semana Santa entre los tepehuanos.

Llama la atención, más allá de la puntualización de los cargos que asumen las personas que intervienen en las celebraciones de la Virgen de la Candelaria (fiesteros, mayordomos, priostes, además de las autoridades civiles) la honda fe, casi sobraría repetirlo si no fuera por el alto grado de comunión divina que nos revela, que sostiene toda la ceremonia. En un momento dado los indígenas “despiertan” –las comillas son del autor las imágenes religiosas. Y al hablarnos de que para los creyentes hay una relación estrecha entre la Virgen de Huajicori y San Francisco de Ocotán, situados por supuesto en diferentes comunidades, el historiador señala que los tepehuanes “afirman que en ocasiones el santo abandona la iglesia por la noche para emprender el viaje hasta Huajicori con el fin de ver a su esposa. Esto es de todos bien sabido porque la han encontrado con los pies enlodados”

Vendrá luego la descripción del sacrificio de la primera res -cuya sangre se ofrecerá a la deidad-, la preparación del caldo y el atole, la peregrinación de la Virgen, la danza de los matachines, el cambio de varas, la presencia del sacerdote católico, el bautizo de los niños, la quema de pólvora, la borrachera -así se apunta- de un buen número de asistentes.

En otra parte, la revista despliega la investigación “Los alimentos de los Dioses. La tradición culinaria de los tepehuanes del sur de Durango”, de la autoría de Antonio Reyes Valdez (adscrito al Centro INAH de Durango). Bien escrito –y uno como lector siempre agradecerá la fluidez y claridad de una buena prosa- e informado con suficiencia y equilibrio, este estudio recorre las costumbres alimenticias de la etnia duranguense, partiendo, y concluyendo a la vez, de una afirmación irrebatible: “la población indígena de Durango y del país come lo mismo que la demás gente pobre del campo”. Con una variante. Al maíz, chile, frijol y calabaza y otros frutos de la tierra –advierte el historiador- han añadido –los que pueden hacerlo, diremos nosotros- la sopa Maruchan, la Coca cola y las galletas. Sobresale, asimismo, su consumo de algunos hongos, la bayusa (que así se llama, nos enteramos, la flor del maguey), el chocolate –en ceremonias religiosas-, el pinole, los nopales y carnes de res, puerco y gallina. Como bebida destaca el guachicol, una especie de mezcal destilado.

A lo largo del ensayo es posible además encontrar descripciones cosmogónicas excepcionales, o también podemos leer de pronto un párrafo de considerable de valor estético. Como ejemplo de lo primero: “En Semana Santa, las fuerzas de la luz y la oscuridad libran una batalla en la que primero dominan las tinieblas: muere el Cristo-sol, mueren las autoridades y llega el desorden. Pero después, las fuerzas luminosas logran vencer, Cristo resucita y se restablecen las autoridades y el orden. En lugares como Santa María de Ocotán, el último bastión de las fuerzas luminosas está formado por un ejército de arqueros representantes de la Estrella de la Mañana”. Y, como muestra de lo segundo, se recupera de una leyenda tepehuana el siguiente pasaje: ”Así que volvió sólo con cuatro flores. Entonces la muchacha le preguntó por la que faltaba, y él dijo que nada más había encontrado cuatro. Pero ella le dijo, No, se la regalaste a la muchacha del arroyo. Entonces el muchacho ya no dijo nada. Pero siempre de todos modos hicieron mitote, y después que comenzaron, ella se fue para arriba, y en el cielo floreó como un elote. Así se fue y desapareció”.

Sirvan estas breves anotaciones para ponderar la calidad de la revista comentada, puesto que para escribir este artículo se ha seleccionado tan sólo una parte de su contenido. Ojalá que estas líneas hayan animado su interés al respecto.

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