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RICARDO MILLA
dom 19 mar 2017, 1:54pm 9 de 15

Sobre ‘el mundo deslumbrante’



24/7/365

Cuando terminé la lectura de ‘El Mundo Deslumbrante’ recordé la frase de la escritora y traductora francesa Marthe Robert: “La novela es el más poderoso medio de comunicación entre el sueño de uno solo y la realidad profunda de todos”. Pero vayamos por partes.

El lunes 2 de enero de este año mi amigo, el editor Alejandro Merlín y su novia, la traductora Carmen me regalaron la sexta novela de la escritora estadounidense de origen noruego Siri Hustvedt. Dicha obra narra a lo largo de 402 páginas y a través de distintos recursos, fragmentos de la vida de Harriet Burden (1940-2004) personaje de ficción que se emparentará en por lo menos un aspecto con la autora al haberse casado con un neoyorkino de fama deslumbrante: en el caso de Hustvedt el escritor que puede ser considerado ya como un clásico contemporáneo Paul Auster, y en el de Burden el poderoso galerista Félix Lord.

Precisamente a la muerte de éste, arranca el plan de Harry (como la llaman sus cercanos) para vengarse del mundo del arte contemporáneo que nunca la tomó en serio como creadora y solo la veía como la anfitriona de cenas y reuniones sociales organizadas por su marido.

Diversos personajes nos van dando una idea de la psicología y temperamento de esta mujer compleja a la cual termina saliéndole el tiro por la culata.

Así contamos con varias páginas de sus diarios, organizados a modo de cuadernos, la visión de sus dos hijos Ethan y Maisie, el pragmático periodista y escritor Oswald Case, la galerista Cynthia Clark, la crítica Rosemary Lerner y un par de personajes pintorescos como el chico apodado el Barómetro y la sensorial Sweet Autumn Pinkney.

La pareja que acompañará a Harry posteriormente al deceso del desde el apellido imponente Lord, el poeta bonachón Bruno Kleinfeld, nos comparte algunas reflexiones tan reveladoras como ésta: “Harry no quería vender su obra por varios millones de dólares. Sabía que el mundo del arte era un agujero apestoso plagado de propietarios vanidosos que compraban nombres para blanquear su dinero. Harry quería que la comprendieran”.

O tan graciosas como ésta: “Odio toda esa mierda del mundo del arte. Es peor que el mundo de la poesía, lo cual ya es mucho decir…

Aunque en la poesía no hay dinero en juego sólo egos”.

La columna vertebral de la novela son las tres exposiciones de arte creadas y diseñadas por Harry en un lapso de 5 años montadas en galerías de Nueva York pero firmadas por tres autores distintos: ‘La Historia Del Arte Occidental’ atribuida a Antón Tish; ‘Las Habitaciones De La Asfixia’ supuestamente de Phineas Q. Elridge y ‘Under’ con el joven y ambicioso artista Rune prestándose al juego de Harry.

En medio de todos estos avatares destacan por su cinismo y brutalidad algunas líneas del periodista Oswald Case donde consigna en su declaración por escrito lo siguiente: “El arte no es una democracia. Mientras que en Estados Unidos el sensacionalismo es una cosa seria, las artes plásticas nos lo son. No se trata de una cuestión de vida o muerte. No somos franceses. En una crítica de arte, mientras escribas correctamente el nombre del fulano en cuestión, puedes decir de él lo que te dé la gana. Puedas enviar correos maliciosos a cualquier imbécil pomposo siempre que estén envasados en forma crítica y sepas sacar provecho de tu reputación”.

O más adelante: “A la gente del mundo del arte le gusta que sus genios sean tímidos, distantes o unos borrachos que se lían a golpes en el bar, dependiendo de los tiempos.” En un lado más amable, Rosemary Lerner escribe sobre Harry previo a su experimento (no encuentro una palabra inventada que sea más adecuada a la revancha puesta en marcha por la ex-socialité): “Tuvo dos exposiciones individuales en galerías de NY, aunque ninguna de ellas la mantuvo entre sus artistas permanentes. Yo la situaría entre los numerosos artistas visuales distinguidos que recibieron el respeto de sus colegas, que fueron objeto de críticas diversas pero cuya obra no logró

atraer la atención de grandes coleccionistas. Por otro lado, gran parte de los artistas no son intelectuales, pero Harry lo era. Estoy convencida que su pura erudición bastaba para irritar a algunos críticos”.

Yo concluiría diciendo que si, como dijo alguna vez Hustvedt: “cada pintura es siempre dos pinturas: una la que viste y otra la que recordarás”, para mí El Mundo Deslumbrante también son dos novelas, la que leí y la que recordaré por siempre. Ambas estupendas y muy recomendables.

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