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lun 20 mar 2017, 10:21pm 3 de 25

Cambio en la educación



Desde hace años, la educación en México es la peor evaluada dentro de los parámetros de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). En prácticamente todas las materias, nuestros país enfrenta un rezago de 15 años, tiempo en el que se lleva aplicando la prueba PISA. No obstante, hay quienes consideran que el atraso de México en materia de educación es de 65 años. Más de medio siglo sin que ningún esfuerzo o programa aplicado haya rendido frutos, ya sea por incapacidad de las autoridades o bloqueo sistemático de liderazgos sindicales nocivos.

Entre los focos rojos de la educación en México destacan los bajos niveles en el manejo de ciencias, la comprensión de lectura y el entendimiento de las matemáticas; la deserción escolar, cuyo promedio está muy por encima del registrado en la OCDE; la deficiente formación de maestros y su falta de certificación y, por último, el mal ejercicio del gasto en comparación con otros países.

La semana pasada, el gobierno de la República, a través de la Secretaría de Educación Pública, lanzó el “Nuevo Modelo Educativo”, una segunda parte de la reforma educativa, con la cual pretende sacar al país del rezago en el que se encuentra desde hace décadas. Los ejes rectores del modelo son: replanteamiento curricular para privilegiar el razonamiento sobre la memorización; la escuela como centro del modelo; la mejora de la formación de los docentes; el impulso a la inclusión y equidad, y una mayor gobernanza del sistema educativo.

Aunque los objetivos y planteamientos puede ser loables, existen retos que deben superarse primero si se pretende que a la vuelta de los años estos cambios rindan frutos. En primer lugar, algunos especialistas advierten similitudes de este nuevo modelo con otros que intentaron aplicarse en los años 70. En este renglón habría que revisar qué fue lo que no funcionó antes para evitar repetir los mismos errores y, al final, la misma historia.

En segundo término, es necesario que los programas de formación y actualización de los maestros se adapten a la nueva manera de concebir el proceso de enseñanza-aprendizaje, aspecto que hasta ahora no ha quedado del todo claro. Como tercer punto está el de enfrentar de forma decidida el rezago que existe en materia de infraestructura; no se puede aspirar a contar con alumnos mejor preparados si no se cumplen necesidades físicas básicas, como contar con aulas dignas y funcionales y equipo suficiente.

Por último, pero más importante, es devolver a la educación su función y esencia sociales. El acento que en los últimos años se le ha dado al proceso en México es el del estricto beneficio personal, en detrimento del bien colectivo. La educación no sólo debe ser un instrumento para la mejora individual, sino sobre todo un mecanismo para incrementar los activos de la sociedad incorporando a ella mejores ciudadanos, éticos y responsables.

Es cierto que se han dado los primeros pasos para romper las inercias de décadas en el ámbito de la educación, como lo fue el arrebatarle al sindicato el control del sistema. No obstante, hace falta aún que esos pasos sean más firmes y constantes y, principalmente, que ayuden a sentar las bases de un camino sólido y bien pavimentado hacia el futuro. Es por el bien del país.

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