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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 24 abr 2017, 10:48am 16 de 35

Leer en las Alamedas



LETRAS DURANGUEÑAS

Hace unos días la prensa publicó que, según un estudio especializado, Durango se encuentra ya entre las ciudades del país que ofrecen mejores condiciones para vivir. Una información, apuntemos, que para algunos seguramente será la confirmación de una realidad y para otros la oportunidad para mostrar el punto de vista diferente, que de todo hay en la viña del Señor, como se dice. Y qué bueno. En la diferencia y en el contraste suele apreciarse mejor la verdad.

Lo que creo que no admite duda, al menos así se aprecia -como ya veremos- es que la cada vez más bella “Perla del Guadiana”, para usar el nombre que oíamos ayer en la memorable voz de los locutores de la radio, es que sus espacios recientemente recuperados para la recreación y el paseo, permiten tanto a los viejos como a los jóvenes, a los niños como a las amas de casa, la oportunidad de leer un buen libro bajo los árboles de las Alamedas, los parques cromados de nuevos verdes o el jardín de la Colonia Obrera, por mencionar solamente algunos sitios. Pocos placeres se comparan al deleite de hacer coincidir el verso del poeta inmortal -Neruda, Aleixandre o Quasimodo; Amado Nervo, Ramón López Velarde o Juan Ramón Jiménez- o el relato del narrador indispensable -Flaubert, Benito Pérez Galdós o Gabriel García Márquez- con el paisaje natural de nuestro ambiente, yendo y viniendo, según la mirada, entre un presente vital y la propia existencia de los mundos recobrados por la escritura. Lo sabe el verdadero lector, el que prefiere doblar la página sin prisas, disfrutando tal vez el rasgo más elevado de su humanidad: la musicalidad y sentidos profundos de las palabras. Saber vivir también es saber leer.

Hay un poema breve que viene bien al tema. Es de José Selgás y Carrasco, un hombre de letras nacido en España en siglo XIX, y en su texto dice así: “Cuando a las puertas de la noche umbría,/ dejando el prado y la floresta amena,/ la tarde melancólica y serena,/ su misterioso manto recogía,/ un macilento sauce se mecía/ por dar alivio a su constante pena,/ y, en voz suave y de suspiros llena,/ al son del viento murmurar se oía:/ <¡Triste nací...mas en el mundo moran/ seres felices, que el penoso duelo,/ y el llanto oculto , y la tristeza ignoran!>/ Dijo, y sus ramas esparció en el suelo./ <¡Dichosos, ¡ay! Los que en la tierra lloran!>,/ le contestó un ciprés, mirando al cielo.”

¿Y la escritura? Igualmente no faltan espacios para hacerlo en Durango, como Dios le da a entender a la mayoría, o con la generosa guía de los que conocen el oficio. Hay que ver el notable número de libros que se publican cada año entre nosotros, para darnos cuenta de la vocación literaria auténtica de los fieles. Una sociedad que deja testimonio en el cuento, la novela, el teatro y el ensayo, es una comunidad que trata de equilibrar los acciones materialistas del desarrollo con la sensibilidad más acentuada de los frutos del arte. Si ahora no se reconocen los esfuerzos de los escritores locales, sus búsquedas estéticas y reflexivas, el porvenir lo hará. Se vislumbrará a la distancia que hubo quienes acrecentaron la cualidad, seguramente no la cantidad, de su tierra, aprovechando la luz y la sombra de la ciudad. Sabia virtud de describir el tiempo.

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