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ENRIQUE ARRIETA SILVA
lun 8 may 2017, 11:11am 8 de 27

Andanzas por bibliotecas públicas y privadas



LETRAS DURANGUEÑAS

En mis andanzas académicas he conocido importantes bibliotecas públicas y privadas, dignas de recordar unas y otras. Comenzaré por el principio como es lógico y natural.

La Biblioteca del Estado, la conocí y la frecuenté algunas veces en los años sesenta, cuando se encontraba en la calle de Juárez al inicio de las Alamedas. Se fundó con la biblioteca particular del sabio mexicano licenciado José Fernando Ramírez.

La Biblioteca Nacional, la visité en varias ocasiones para consultar El Justicia Mayor de Aragón, que solo albergaba sus viejos anaqueles.

Las bibliotecas de la UNAM, de la Facultad de Derecho y del Seminario de Derecho Constitucional ambas de la misma UNAM, así como la del Instituto de Investigaciones Jurídicas las frecuenté siendo alumno de la División de Estudios de Posgrado. Por el mismo tiempo fui visitante asiduo de la biblioteca del Tribunal Fiscal de la Federación, situado en la zona roja. De todas ellas soy deudor agradecido, así como de la Hemeroteca Nacional.

En cuanto a las bibliotecas privadas o particulares, tuve la fortuna de tener acceso a la de mi estimado maestro Andrés Serra Rojas, con quien me pasé tardes inolvidables, conversando sobre temas históricos, políticos y jurídicos. Su biblioteca era de enormes dimensiones y sus estantes amplios, contenía dobles filas de libros.

La biblioteca de Raúl Carrancá y Rivas, en su casa de la idílica Cuernavaca, pudiera decirse que era de dos pisos, puesto que se alzaba hasta el techo de la sala, teniendo un andamio en medio para facilitar la localización de los libros colocados en las partes más altas. Fue y es excelente orador, que llegó a ocupar el campeonato nacional de oratoria del periódico El Universal y el correspondiente Internacional.

La biblioteca del hombre de derecho y literatura Raúl Cervantes Ahumada, de un gran sentido del humor, ubicada en su bufete jurídico del Condominio Insurgentes Sur. La última vez que tuve la oportunidad de platicar con él, me comentó que estaba a punto de contratar personal especializado, para mejorar la organización de su biblioteca.

La biblioteca de mi prestigiado maestro Ignacio Burgoa Orihuela, en su casona de Coyoacán, calle Belisario Domínguez, repleta de libros y reconocimientos a su importante labor jurídica y académica, debidos a sus obras de amparo, orientadoras de estudiantes y profesionistas durante décadas y a sus conferencias tan elocuentes y distinguidas.

La biblioteca de mi admirado Francisco González de la Vega, gobernador fundador de la Universidad Juárez del Estado de Durango, institución egregia que hoy sufre sus peores momentos derivados del saqueo y robo de su autonomía; biblioteca que se encontraba poblada de libros forrados todos de piel de color café oscuro. La elegancia y distinción reinaba en ese lugar de la calle Maricopa, cerca del Hotel de México, Insurgentes Sur.

La biblioteca de mi reconocido nacionalmente maestro Alfonso Trueba Urbina, hombre de figura y porte elegante, que alcanzó merecida fama por sus libros en los que comentaba la Ley Federal del Trabajo, pasta roja y la Ley de Amparo, pasta verde. También se encontraba en el Condominio Insurgentes Sur.

He tenido la fortuna de conocer la biblioteca de mi extraordinario amigo José Ovalle Favela, tanto como la de su despacho, como la de su domicilio particular, y en ellas predominan la elegancia, el buen gusto y la calidad. Ovalle, ilustre paisano nuestro, además de ser excelente litigante y brillante investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, es autor del primer libro de texto en la literatura jurídica mexicana.

Otras bibliotecas solamente las conocí de oídas, como las de Mario de la Cueva y Jorge Carpizo mi distinguido compañero en los estudios de posgrado, mismas que atesoraban verdaderas joyas bibliográficas, y como la de Ricardo Franco Guzmán, que en los años setenta me confiaba que su biblioteca contaba con nueve mil libros de derecho penal.

Por lo que hace a bibliotecas de Durango, me cabe el orgullo de haber conocido y consultado la del licenciado Baltazar Pacheco Hernández, paradigma de abogado virtuoso, que contenía gran número de libros de autores mexicanos, alemanes, franceses y españoles, sobre todo en materia civil y que en más de una ocasión, me salvaron del apuro de dictar una sentencia en esa rama del derecho, que exige un depurado y a veces un complicado y complejo estudio.

En cuanto a los libros, ya que por estos días es el día dedicado al libro, he querido comentar a mis tres o cuatro lectores, dos de ellos que tomo de mi vieja y desorganizada biblioteca, siendo ellos: Lecturas en voz alta y Lo de antes, de Luis Spota.

Lecturas en voz alta, me recuerda la alusión de Vasconcelos a los libros que leía de píe, pues es muy frecuente que los libros que uno lee de píe, también los lea en voz alta, por lo mucho que lo emocionan y conmueven.

Lecturas en voz alta, publicada por Editorial Porrúa en la colección Sepa Cuantos en el año de 1998, es una recopilación de trozos de todas las páginas que le enseñaron al maestro Arreola a amar la literatura, que lo enseñaron a ser hombre y que lo enriquecieron con una lengua que desarrolló su espíritu, como así lo afirma en la introducción del libro. Así circulan invitándonos a leerlos en voz alta pensadores como Homero, Cicerón, Alfonso El Sabio, Anatolio France, Máximo Gorki. José Enrique Rodó, Manuel Gutiérrez Nájera y muchos otros más.

Lo de antes, la novela Luis Spota, publicada por Editorial Grijalbo, en el año de 1981, es el otro libro seleccionado por el suscrito como libro que invito a leer en voz alta. En esta novela el gran escritor que fue Luis Spota, no descubre el hilo negro, pero lo hila muy bien. Ex carterista y ex padrote Javier Lira Puchet (a) Tarzán, después de salir de prisión desea incorporarse a la sociedad desempeñando un empleo honorable como cobrador de un banco, pero el comandante del Servicio Secreto de la Policía del Distrito Federal (a) “El Burro Prieto” y su ayudante “Cotorra” lo obligan a que vuelva a lo de antes, es decir, que vuelva a robar pagándoles 100 pesos diarios a cambio de protección.

Como se ve, el argumento de la corrupción policíaca no es novedoso, pero Spota con maestría incursiona entre los entretelones de la corrupción policíaca, y en algo ayuda a visualizarla en el presente para combatirla mejor, si es que es posible. Lo de antes, sigue siendo lo de ahora.

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