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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 19 jun 2017, 7:52am 5 de 20

Giorgio de Chirico o la pintura metafísica



LETRAS DURANGUEÑAS

Encuentro espléndido de intensidad poética y pensamiento crítico, los escritos sobre arte de Jean Cocteau (1889-1963) son acaso los textos menos conocidos de su obra. Más recordado como dramaturgo y autor de la novela Los niños terribles, la pluma del ensayista francés -que también fue dibujante y pintor- recreó literariamente los lienzos plásticos debidos, entre otros, a Picasso, Dalí, Miró y Giorgio de Chirico.

Este artículo pretende detenerse -así sea en forma muy breve- en algunos puntos de vista de Cocteau a propósito de la estética del pintor italiano de origen griego.

Publicado por primera vez en 1958, el estudio “Intento de una crítica indirecta” reaparece en El secreto profesional y otros textos, volumen 56 de la colección “Biblioteca personal. Jorge Luis Borges” (1987). De esta manera el ensayo nos sitúa -a través de una serie de fragmentos reveladores- ante la faceta más celebrada de De Chirico, la etapa original de una amplia trayectoria que recorre el tratamiento de temas mitológicos hasta desembocar en la llamada “Pintura metafísica” (un presentimiento de la escuela surrealista), tras recuperar de paso la perspectiva del Renacimiento florentino.

La exégesis de Cocteau es verdaderamente deslumbrante. Por la profundidad de la visión y las geometrías verbales que la representan.

Verbigracia, cuando se aproxima a las telas del pintor que nos ocupa, nos dice: “No se trata de mirar sin comprender y gozar gratuitamente de un encanto decorativo.

Se trata de pagar caro y de comprender con un sentido especial: el sentido de lo maravilloso.” Entendámonos pues: si el corazón paga el precio, la razón se suspende. La pausa reconstruye.

¿Por qué? Porque la poesía no se explica. Apreciamos el objeto artístico, en correspondencia al título de ensayo de referencia, desde un acercamiento “indirecto”. De tal modo, el espectador es la víctima de un asesinato...sin testigos. Nada ni nadie lo puede salvar, el homicidio fatalmente se consuma: “No veo un solo motivo en el pintor del que me ocupo que pudiera parecer inocente a los ojos de los jueces”. De Chirico es culpable. Al observar sus cuadros, dejamos algo del corazón. Sin remedio muere el alma. Estamos en el lugar del crimen.

El escenario entonces es múltiple. “El enigma del oráculo”, “Plaza de Italia”, “El gran metafísico”, “Las mujeres inquietantes”. En todas esas obras -dice Cocte a unos encontramos con la soledad y la música del silencio, instantáneas las dos de la caída. En calma, dentro de una ciudad de maniquíes que no ven, la muerte permanece latente, junto a edificios distanciados por el tiempo -un castillo, una fábrica y a estatuas cubiertas de luz de luna.

La valoración establece también una diferencia fundamental: los óleos de De Chirico no son solamente reflejos del sueño como los define Ardengo Soffici- sino estados del dormir, sentimientos que dialogan con los recuerdos porque, según el maestro francés: “para que un sueño conserve su fuerza y viva como una planta marina en el mar, sería preciso un aparato que lo grabara mientras duerme”. Situados en este panorama, contrario al “Primero sueño” de Sor Juana, las telas del pintor nos llevan a un mundo inmóvil, donde las figuras se asombran de ser en la nada. Queda el misterio, la melancolía, el infinito, la quieta transparencia de la representación humana.

Suponemos, al final, que nos rodea la imaginería de Parménides. Pintura más allá del arte, poesía para los ojos. Una ilusión, un embrujo.

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