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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 10 jul 2017, 8:09am 7 de 24

José Saramago, en tus novelas nos vemos



LETRAS DURANGUEÑAS

“José Saramago, la consistencia de los sueños”, es el título de una biografía cronológica de Fernando Gómez Aguilera, publicada en el año 2010. Pero también fue el nombre de una exposición que sobre el célebre maestro portugués abrió sus puertas un año después en el ex Colegio de San Ildefonso de la ciudad de México. Se trató de la mejor muestra museográfica que se ha montado sobre este renombrado escritor y su mundo.

Al recorrer las páginas del libro de referencia, recuerdo no pocos de los elementos de aquella galería de imágenes. Recorrerla era mirar una serie de ventanas múltiples: la trayectoria vital de un hombre nacido entre paredes pobres, pero pleno de humanidad y compasión por los demás; el itinerario de un periodista comprometido con la protesta social; la creatividad de un hombre de letras en plena madurez, cuya imaginación y lenguaje se ha vertido en algunas de las mejores novelas del siglo XX. La universalización de una obra reconocida incluso con el premio Nobel de literatura. Una vida de escrituras, un encuentro definitivo con la mujer ideal, muchos viajes alrededor del mundo, muchas versiones y traducciones, hacían de la visita al antiguo recinto jesuita una experiencia extraordinaria.

Las salas se ordenaban cronológicamente. En la primera aparecían los abuelos de noble semblante campesino. Las tarjetas escolares.

Algo nos había contado el entrañable fabulador en Las pequeñas memorias, recuerdos todos de su corazón. Especialmente un libro llamaba todas las atenciones: se trataba de A toutinegra do Moinho (1896), novela de Emile Richebourg, la única obra editorial –se anotaba en el capelo correspondiente- con que contó la familia por muchos años. Por los pasillos seguimos a Blimunda, Baltasar Sietesoles, Cipriano Algor, don José, Juan Maltiempo, la mujer del médico, el último Centauro, el niño y si gigantesca flor…todos animados magistralmente por su pluma.

Así pudimos adentrarnos poco a poco en el taller del maestro. Frente a nosotros estaban los mecanoscritos de prácticamente todos sus libros: Tierra de pecado, Levantado del suelo, Ensayo sobre la ceguera, La balsa de piedra. Estampados en hojas de máquina, sorprende la labor tan esmerada de su autor. Y asombran todavía más sus numerosas correcciones. Junto a cada uno de los originales invariablemente hallamos una libreta de apuntes, abigarrada de borrones, subrayados y flechas cortas y largas: es la obra negra, las asociaciones diversas que confluirán después en el relato terminado.

Nunca más cierta la frase: la novela es pegar ladrillo a ladrillo.

Mientras avanzábamos por la muestra, rememoraba cuando mi grupo literario y yo conocimos personalmente al escritor portugués en Guadalajara, hace más de una década.

Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Saramago, entre muchos más, homenajeaban en aquella ocasión a Julio Cortázar, imprescindible de las letras latinoamericanas.

Alto, delgado, afable, se acompañaba siempre de Pilar del Río, la mujer por la que detuvo todos los relojes de su casa a la hora en que conoció a la guapa periodista española. Los escritores durangueños le preguntábamos por sus narraciones. Horas más tarde ya conocía al grupo: “Ya sé, ya sé. Son de Durango”, nos decía amigable. Guardamos la fotografía del recuerdo.

Y de pronto, otra vez en el antiguo edificio jesuita, un espacio obscuro lleno de letras luminosas. Son renglones saramaguianos circulando por uno de los cuartos de la exposición, resguardo muy cercano a otro también espectacular: el que representa la ceremonia sueca en que le entregaron el galardón sin par, con todo y medalla dorada.

Sin dejar de observar, por supuesto, el escritorio, la máquina de escribir, algunos de sus libros más queridos y los lentes del maestro, rehabilitando de alguna manera el lugar de trabajo de este magnífico orfebre de las palabras. Salimos al patio. Media docena de artistas tocaban música antigua al lado de un Olivo.

Nos quedan sus mil y una noches modernas, alegorías apocalípticas de un horizonte lleno de ciegos, de antidemócratas, de autoritarismos y fanatismos de toda índole.

Sin embargo queda todavía lugar para la esperanza. Nos vemos en tus novelas, porque son los retratos de todos, porque las hojas de tus libros reverdecerán en cada lectura.

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