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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 17 jul 2017, 8:07am 9 de 25

Gabriel García Márquez, los ciento y un años de soledad



LETRAS DURANGUEÑAS

Hablar de Gabriel García Márquez es resignarse, irremediablemente, a repetir alegres y descomunales lugares comunes. Es caer y tratar de levantarse de la desmesura, de la hipérbole ya con carta de naturalidad.

¿Cómo no hacerlo, si estamos ante un fenómeno literario sin paralelo en la segunda mitad del siglo XX?

En el idioma español, por ejemplo, se ha tenido que ir hasta Cervantes para valorar las dimensiones de este fabulador universal, arraigado y fallecido en nuestro país, como sabemos. Porque con el Gabo todo parece de leyenda, su vida y su obra.

Incluso, aproximándonos todavía más al antecedente cervantino, la vida de García Márquez, como la del célebre autor del Quijote, parece sacada de una de sus propias novelas. De un relato que más o menos diría así: Había una vez un escritor colombiano que llegó a México en junio de 1961, con tres o cuatro libros publicados, apenas conocido, sin trabajo y con una mujer y un niño. Poco a poco se fue aclimatando la joven familia en aquel todavía habitable Distrito Federal, al amparo de las buenas compañías y de los sabores y coloridos locales.

Aquí encontró unas formas de sobrevivir y vivir publicando artículos en revistas y creando historias para el cine. Se reencontró con su paisano Álvaro Mutis y conoció a Carlos Fuentes, quienes representarían amistades asimismo legendarias. Y, sobre todo, en un viaje hacia el mar de Acapulco, aquí halló la manera de contar la maravilla que venía imaginando desde hacía varios lustros. Aquí, en dieciocho meses, frente a un puñado diario de hojas de máquina, debiendo la renta y endeudado igualmente en la tienda y la carnicería, y siempre con el apoyo esperanzado de Mercedes, aquí, llamando las voces milenarias del Génesis, de las magias de Las mil y una noches, de la poesía del Siglo de Oro español, hilvanadas con las técnicas narrativas más modernas, aquí, mediante la clave inicial debida a Juan Rulfo y motivado por los dones orales con los que su abuela Tranquilina Iguarán Cotes asombraba y aterraba a sus oyentes, aquí, en el México de los sesentas, Gabriel García Márquez escribió sus “Cien años de soledad”.

La exposición que enseguida veremos da testimonio de muchas de las etapas descritas. Parte de su árbol genealógico, sus primeras fotografías, los andares del periodista con la más bella de las prosas (el imposible de olvidar “Relato de un náufrago”, los compañeros de ruta, las celebraciones (el premio Nobel que obtuvo en 1982) y homenajes (el organizado en sus ochenta años), al artesano –en finque nos legó no pocas obras maestras.

Ciertamente no faltarían anécdotas para llenar horas y horas para referimos a García Márquez. Sin embargo, vale la pena señalar que esta muestra plástica que hoy nos reúne, llega a un lugar en donde nunca faltaron apasionados y fieles lectores de sus libros.

Más aún: no descansaron sus devotos hasta que, un grupo de entusiastas durangueños, le dieron alcance en Guadalajara, al auspicio de la cátedra Julio Cortázar, en donde le refrendaron sus gratitudes. E incluso lo fueron siguiendo en el año 2007 hasta Cartagena de Indias, en donde compartieron con el Gabo una lluvia de flores amarillas, al son de la música caribeña. Era su cumpleaños ochenta, y el Congreso Internacional de la Lengua Española lo festejaba en grande, como lo merecía, rodeado de numerosas celebridades de las artes y las letras.

Enhorabuena por tan vigente, nostálgica y entrañable presencia. Y que sean las propias palabras de Gabriel García Márquez las que nos den, como en su inmortal e infinita novela, la mejor de las bienvenidas a su siempre mágico universo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Muchas gracias. (Palabras de presentación a la exposición plástica de referencia –promovida por el Instituto de Bellas Artes y el Instituto de Cultura del Estado de Durango-, el pasado 13 de julio en el Museo Nacional Francisco Villa de nuestra ciudad).

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