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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 7 ago 2017, 8:14am 8 de 26

Los jesuitas en Durango



LETRAS DURANGUEÑAS

No deja de causar admiración el multiplicado interés que siguen suscitando los jesuitas en todo el mundo (su voluntad constructiva de espléndidos recintos, la inclinación hacia las artes y las ciencias, la filosofía y la teología, la férrea disciplina en el aprendizaje y en las prácticas religiosas...), interés manifiesto tanto en el gabinete del historiador especializado como en la curiosidad de los lectores con más o menos atención en el tema. Incluso se podría decir que tales acercamientos gradualmente se van haciendo más próximos; la academia se ve beneficiada por las expectativas que se siembran en documentales y artículos de revistas y periódicos -por ejemplo la serie que le ha dedicado a la materia la publicación “Artes de México” o libros recientes de llamativos títulos como “Liderazgo al estilo de los jesuitas”(Chris Lowney, 2005), sin olvidar atrayentes películas bien representadas por “La Misión”, estrenada hace ya más de dos décadas y que sigue manteniendo una notable vigencia. Y, por otro lado, encontramos a ese usuario con un buen nivel cultural, que luego se ve estimulado con obras de mayor alcance en la investigación documental, línea en la que evidentemente se inscribe “Autos de un secuestro. Inventarios, avalúos y destino de los bienes de la Compañía de Jesús del Colegio de Durango, Nueva Vizcaya (1767-1791)”, de la autoría de la Dra. Irma Leticia Magallanes Castañeda, y publicada en el 2015 por el Instituto de Cultura del Estado de Durango, bajo los auspicios del Conaculta.

Lo primero que sería conveniente señalar es que este volumen viene a ser en alguna medida importante el complemento de “La compañía de Jesús en Durango, Nueva Vizcaya: del asentamiento a la expulsión y sus consecuencias”, de la misma investigadora, y cuyo resultado presentó la Secretaría de Educación Pública del Estado de Durango en el año 2010. Dos valiosas obras una afortunada especie de vasos comunicantes que sin duda serán de mucha utilidad para futuros proyectos sobre esta etapa histórica, por el rigor con que se llevaron a cabo, y el logro final de un rescate e interpretación de alta calidad profesional.

Así era de esperarse, tras el propio subrayado de la autora a propósito de la metodología aplicada en “Autos de un secuestro”: “transcripción del documento, organización de las partes relativas al objetivo señalado y análisis de su contenido para la elaboración de la introducción y las notas. Las modificaciones que se han realizado al transcribir los documentos han sido mínimas; se han desatado algunas abreviaturas, se ha hecho algún cambio en el uso de las mayúsculas y se ha actualizado la puntuación y la ortografía”. Entre otras consideraciones también fundamentales.

Los viejos folios trasladados a esta nueva luz editorial dan cuenta del cumplimiento del mandato Real de Carlos III (porque entre otras tantas razones, como recordamos, a los jesuitas se les acusaba de obedecer más al Papa que al Rey, de enriquecerse y de buscar el poder más allá de su vocación evangélica), y por lo que se les expulsó de la Nueva España aquel 25 de junio de 1767, para entonces proseguir con el registro detallado de los bienes de la orden, en un proceso que llevaría varios meses y meses de revisión.

Antes de avanzar, viene bien al punto citar un testimonio que hasta fecha muy cercana permanecía inédito. Se trata de la crónica que escribió Francisco Javier Clavijero –reconocido sabio jesuita- sobre lo que sucedió en la ciudad de México el día de la expulsión, la recreación de un ambiente lleno de dramatismo –con tintes de tragedia para cientos de fieles- parecido al que se vivió en todas las demás ciudades del virreinato. Entre saquemos siquiera una de las exclamaciones que se oían en las calles: “!Infelices de nosotros! ¡Que nos llevan nuestros padres, y con ellos la fe y la religión! ¡Adónde acudiremos ahora para el remedio de nuestras almas! ¿Quién nos predicará la doctrina cristiana? ¿Quién instruirá nuestros hijos? ¿Quién nos auxiliará en nuestra muerte? (“Artes de México” núm. 104, diciembre de 2011, párrafo modernizado ortográficamente para el presente artículo).

Seguramente así ocurrió en Durango en lo que fue su Colegio, hoy asiento –como sabemos, con alguna parte aún más vieja que se perdió- del Edificio Central de nuestra Universidad Juárez. Sin resistencia, pasando de un aposento a otro, se toma nota del mobiliario, de las ropas de los padres, de sus utensilios diarios. Sin faltar por supuesto el escrutinio de los altares, sus retablos e imágenes, los cálices, los hostiarios…absolutamente todas las “Temporalidades”, para enfatizarlo con el término correcto.

Por cierto, una lista muy notable de la pormenorizada serie que aquí se revela por primera vez al gran público la constituye el conjunto de libros que poseían los ignacianos de la Nueva Vizcaya. Tengamos en cuenta que la biblioteca es el espejo de una comunidad. Los títulos que la forman nos hablan del pasado que desean prolongar en su presente y, sobre todo, en su porvenir.

Las Sagradas Escrituras, la patrística, los guías de su hermandad religiosa (los “Ejercicios espirituales” de Loyola, verbigracia), junto a la milenaria tradición latina.

San Agustín, San Gregorio, Santo Tomás de Aquino…junto a Ovidio, Cicerón, Plutarco y Tácito. Algo de literatura española: Nebrija, Calderón, incluso Cervantes, sin faltar lo mejor de las letras novohispanas: Sor Juana Inés de La Cruz. Apunto de paso que llama la atención que asimismo hayan contado con un libro de Erasmo de Roterdam, filósofo al que se asocia con los antecedentes de la Reforma protestante, impulsada por Lutero y Calvino ¿o era normal en otros sitios de la Compañía?.

Y de igual manera como la librería jesuita de los neovizcaínos nos retrata una forma de ser en el tiempo, también el acervo documental que nos ocupa trasluce parcelas de su vida cotidiana, su organización, los rituales y hasta su alimentación (el conteo suma también cuántos árboles de duraznos, granados e higueras tenían en la huerta).

Se alcanza apreciar la disposición de sus espacios y se precisan los haberes y las deudas, sobresaliendo el papel principal que jugó la hacienda de La Punta en la economía jesuítica. Inclusive estas páginas dejan entrever al Durango del siglo XVIII.

Tiene lógica que del análisis detenido de estos inventarios -por parte de los historiadores y otros entendidos- se profundice y se amplíe la gama de interpretaciones que iluminarán un periodo esencial de nuestro pasado (ancho tramo de estudio al que han contribuido otros notables historiadores, desde quienes recuperaron lo ocurrido en la Rebelión tepehuana). Al recuento, en síntesis, deberá seguir la reflexión. “Autos de un secuestro” dará pie a la indagación acerca de la educación en Durango, la historia de la mentalidad durangueña, las relaciones entre lo civil y eclesiástico, los usos y las costumbres de los hombres y las mujeres que nos antecedieron. ¿Qué tanto nos seguimos reconociendo en ellos? ¿Qué queda del legado jesuita en este todavía temprano siglo XXI? Un buen libro llamará a otros libros.

La investigadora Irma Leticia Magallanes Castañeda debe saber que en Durango se valoran sus esfuerzos. Que somos sensibles y agradecidos de que sea precisamente su ciudad y su gente el objeto de sus muchas horas de labor en archivos y bibliotecas.

Porque su larga estancia en España ha dado frutos en su tierra de origen.

Deseo finalizar este artículo recobrando una hermosa cita que hace nuestra autora en su libro anterior, que ya he nombrado.

Son palabras que reflejan el clima sentimental que rodea a los dos volúmenes: “Se fueron de nosotros {¡qué tormento!}/ y parece que más no los veremos/ según dice la ley del mandamiento./ ¿Pues con pérdida tanta que podemos/ hacer? Sino llorar su apartamiento/ pues otro arbitrio que este no tenemos/ ¿Qué fueron los jesuitas dirá el mundo?/ ¿Qué fueron sus insignes bienhechores?/ Las escuelas dirán que sus doctores, / ilustres por su celo sin segundo./ La iglesia penetrada de profundo/ dolor fueron, dirán mis defensores/ a costa de su sangre y sus dolores/ ¡Y fueron y no son! Yo me confundo./ ¡Eterno Dios! Tu juicio es insondable. (BN, ms. 12.930/24. Rasgos de gratitud en debido sentimiento que hacía una musa mexicana en la expatriación de los padres de la Sagrada Compañía de Jesús. Sin fecha).

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