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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 4 sep 2017, 8:28am 8 de 22

Ilustraciones sobre el Durango Barroco



LETRAS DURANGUEÑAS

Los últimos años han sido pródigos en bibliografía durangueña. Nuestros personajes más célebres han merecido el estudio riguroso y la exégesis especializada: Guadalupe Victoria, Ricardo Castro, Francisco Villa, Dolores del Río, Silvestre Revueltas... para arribar a obras todavía más recientes sobre los pintores Ángel Zárraga y Guillermo Ceniceros. Por solo mencionar las figuras de mayor relevancia. No son escasas, pues, ni la monografía ni el catálogo personal. El acercamiento académico y cultural, en suma, ha recobrado una amplia diversidad temática: la trayectoria jesuita en nuestras tierras, la intelectualidad neovizcaína, la lucha armada de 1910, el recuento cinematográfico, las aves de la región, la cocina tradicional, el desarrollo urbanístico de la capital, para destacar de igual manera una muestra representativa de los libros esenciales durangueños. A esta notable lista contribuye espléndidamente El momento del Durango Barroco. Arquitectura y sociedad del siglo XVIII, de la historiadora María Angélica Martínez Rodríguez.

El libro apunta en muchas direcciones. Ilustrado magníficamente por los buenos oficios de Ma. del Rocío Guillén Solís -y aquí los adjetivos se justifican plenamente-, las páginas se despliegan hacia el conocimiento de las formas artísticas de una serie de edificios que le dieron sus rasgos fundamentales a la ciudad desde hace casi tres centurias, atendiendo la procedencia europea de escuelas y modelos, para llevarnos a la adopción y adaptación de sus líneas maestras a los ya emblemáticos recintos locales. Pero, antes de precisar los contenidos específicos que dieron lugar a la Catedral de Durango, el ex-Colegio de la Compañía de Jesús, la Iglesia de Nuestra Señora de Santa Ana, El Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, el Hospital de San Juan de Dios, La Casa del Conde de Súchil y la Casa Zambrano, la obra nos invita a recorrer los años de la propia fundación de Durango, de la desilusión del conquistador, de la revancha indígena por no dejarse arrebatar sus horizontes.

Y cómo una sociedad fue poco a poco levantando, con una literal voluntad del hierro, una comunidad habitable que integraba sus deseos de pertenencia y sus ideales de civilización. Dice a propósito Joaquín Lorda al inicio del volumen: “Para entender los edificios antiguos necesitamos recuperar las relaciones humanas que los crearon y vivieron.

Y es un acierto de Angélica Martínez haber revivido el momento urbano del esplendor de la ciudad. Y haberlo revivido con gracia, con encanto: que es el único modo de comunicarlo; y con rigor, como exige un trabajo histórico, que es la manera de acreditarlo”.

El viaje al Durango Barroco sintetiza entonces el esfuerzo diario por pegar piedra sobre piedra...con una idea de verdadera grandeza. Vayamos al siglo XVIII, para mirarnos en los sueños de nuestros padres y hermanos de la lejanía.

¿Cómo eran los días de aquellas gentes? Se reunían en la plaza para el festejo y la celebración, veneraban a San Jorge, y le pedían protección contra los alacranes, animaban las calles Real y Mayor, trataban de vestir lo mejor posible. Desde antaño aislados, apartados de todos lados, buscaban una existencia digna de acuerdo a sus posibilidades y aún más allá de ellas. Como todo el orbe virreinal el eje que les impulsaba era la creencia y la práctica religiosa. Jugaban a los gallos, gustaban de las corridas de toros, se entretenían incluso con divertimentos literarios. Refiriendo al obispo de Durango, don Pedro Tamarón y Romeral, cita la autora para completar un cuadro descriptivo de 1765: “Entodo este Reyno están distribuidos muchos y grandes ojos de agua, con que se fecunda su terreno para siembras de trigo, viñas, y otros muchos frutos que produce la tierra que abunda en crías de todos ganados mayores y menores y encrecida cavallada (…)”.

Así, de la mano también de Fray Juan Agustín de Morfi, quien visitó Durango en 1777 y dejó sus comentarios por escrito y con el apoyo documental del padrón de la ciudad de 1778, el libro que nos ocupa va pintando el devenir cotidiano de sus habitantes.

Se anota, al paso, una observación de Morfi que no tiene desperdicio por su carácter crítico, una auténtica llamada de atención: “Se advierte que la poblazón de esta capital en nada corresponde a la alegría de su cielo, bondad de su clima y fertilidad del terreno”.

Mucho más habría que decir de estas formidables páginas. Ya habrá de hacerlo in extenso. Repasar aquel microcosmos de arquitectos y albañiles, que tomaban muchos de sus estilos del aprendizaje directo y de los libros. Leer el Durango Barroco es un acto de amorosa inteligencia. Angélica Martínez ya nos había ofrecido antes La Catedral de Durango, otra joya bibliográfica. Ahora refrenda el alto mérito de sus labores de investigación.

Después de doblar la última hoja de su más reciente libro…ya no se puede ver igual la ciudad. Una bella intelectualidad y otra vida renacida le dan un color más nítido, intenso y poético.

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