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FCO. JAVIER GUERRERO GÓMEZ
lun 4 sep 2017, 8:31am 9 de 22

Todos tuvimos un amor dorado



LETRAS DURANGUEÑAS

Me gustaba ir con Rita la costurera. Yo era el encargado de hacerle los mandados. Ella con sus cien kilos, apenas sí se movía de su máquina de coser. Pero la razón que me llevaba allí era para ver de cerquitas a Marina, su hija.

Ay, mi Marina, cuantas veces me sorprendió mi mamá cantando a solas aquella canción de: Yo vivo enamorado de Marina, una muchacha guapa alabastrina.

Marina, Marina, Marina, contigo me quiero casar…

Marina traía engatusados a todos los chicos del barrio, hasta se peleaban por ayudarle con sus libros. A mí ni me pelaba.

Doña Rita me daba una larga lista de encargos que se me antojaban como una fórmula secreta para fabricar un traje especial: bies, encaje, entretela, guata, broches de macho y hembra, lentejuelas, canutillo, chaquira, cierres y muchos más nombres raros para mis catorce años. Tenía que escribir tantas cosas, porque si no, a la primera cuadra se me olvidaban.

Vivíamos frente a las atarjeas, por la de Gómez y Apartado, a tres casas de la costurera, así que me montaba en mi Balona y en un chico rato llegaba al centro. En ese tiempo no había tanto carro como ahora, si acaso los de ruta y loas autobuses rojos. Me iba derechito a la mercería La jirafa, por la de Pasteur, al otro lado de la tienda en uno de sus aparadores exhibían en una urna de cristal, un alacrán como de veinte centímetros, yo creo que como el de la cárcel; lo vendían a dos mil pesos, un dineral de entonces, pero nadie lo compraba, siempre estaba allí, solo que cada vez le aumentaban el precio.

Al pasar por la puerta del mercado, la que da a la de veinte, siempre se me antojaban los aguacates gigantes a los que a diario les daban brillo, nunca pude comprar uno. Lo que era de ley era comprar un jamoncillo para Marina, a escondidas de su mamá se lo ofrecía.

Ella ni siquiera me daba las gracias, yo me conformaba con que me diera una mirada de sus ojos dormilones. Recuerdo que todo el camino de regreso besaba el dulce, imaginando que iba a ser saboreado por la niña.

Doña Rita siempre estaba sentad cosiendo, sus grandes asentaderas sobrepasaban la silla que se quejaba amenazante con rechinidos, como si fuera un mundo queriendo salir de su jaula. Siempre llena de gente, ni revisaba el encargo, como autómata sacaba un peso de su monedero y me lo daba junto con un leve pellizco en el cachete.

Ese día increíblemente no estaba doña Rita, solo la hija, quien me abrió la puerta.

Sentí que el corazón se me quería salir del gusto que me dio.

-No está mi mamá.-me dijo.-Pásale a esperarla.

Cerró la puerta, se sentó en un sillón observándome de pies a cabeza. Yo me quedé mudo como estatua. Solo tenía ojos para verla, con su falda tableada azul marino, que dejaba entrever el nacimiento de sus muslos al cruzar despreocupada las piernas.

La cara me ardía de pura vergüenza y emoción. Una blusa blanca completaba su uniforme del Sor Juana (Marina era como dos años mayor que yo).

-Ven – me dijo. Y como perrito faldero caminé hacia ella.

-Siéntate aquí, mientras llega mi mamá.

Junto a ella, lo que había soñado tantas veces. Siempre la veía de lejos, ahora estábamos juntitos. Yo la quería desde siempre, pero nunca se lo dije, me conformaba con verla. Por las mañanas me levantaba temprano para mirarla pasar sin que ella se diera cuenta, o al menos eso pensaba. Me iba detrás siguiendo sus pasos, encaminándola, hasta que volvía a mi realidad y a querer o nó, me regresaba corriendo para ir a mi escuela, a donde siempre llegaba tarde.

Le caían los rizos sobre la frente blanca, como serpentinas de año nuevo. De pronto tomó mi mano y la puso entre sus rodillas, lo que me produjo un temblor y falta de aire. Seguía mudo, pensando < Si esto es el amor, es un suplicio, ¿De dónde sacarán palabras los enamorados. Si a mí no se me viene a la mente ninguna>. Sus labios se separaron y como que los humedeció. Yo no sabía qué hacer, quería salir corriendo. A ella también le dio por tocarme. Un sudor me comenzó a fluir como si por él saliera el calor queme quemaba.

No sé si fu adrede o por descuido, pero se le escapó de la blusa un seno. Me entró una desesperación por tocar ese montoncito de felicidad, cambié de lugar mi mano antes de que desapareciera la joya del pecho, casi con temor de que al tocarlo se esfumara como pompa de jabón.

Me miró con enojo y me gritó: -¡Bésame estúpido!

Solo la antigua Singer era muda Celestina en ese momento. El deseo me derretía y eso no era nada semejante a las escenas que había visto en el cine, era algo superior a mis fuerzas. Cuando junté mis labios fríos a los carnosos de ella, ya no era yo, quien sabe que era aquello, Buscó mi lengua con la suya y allí me desmadejé, sentí que el alma se me salía por la entrepierna, era algo raro pero hermoso, como si fuera la contraseña para entrar al cielo. Notó la humedad y de un empellón me tiró al suelo.

-¡Lárgate! –me dijo, y yo salí avergonzado, me quité el suéter para cubrir la mancha del pantalón, me subí a la bicicleta todavía en las nubes y me fui pedaleando por ningún rumbo.

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