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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 18 sep 2017, 8:40am 7 de 21

Luis Spota, el retorno de los ayeres políticos



LETRAS DURANGUEÑAS

Suyos fueron los numerosos lectores de hace alrededor de cuarenta años, el lugar que cotidianamente ocupaba su libro junto a la taza de café y el pan con mantequilla, la ocasión de hablar de nuestra realidad política, mediante la palabra animada por la impronta de la apreciación histórica pero, sobre todo, por esa misma experiencia ahora recreada por las formas literarias. El complemento perfecto del joven que soñaba con una diputación o una alcaldía –cuando menos, para empezar-, del viejo líder gremial que se reconocía, nostálgico, en algunas de aquellas escenas, o sencillamente de los hombres y mujeres, en fin, nada más interesados en lo que pasaba en el país. Eso eran los libros de Luis Spota (fundamentalmente su saga “La costumbre del poder”), atendido, buscado, admiradísimo, categoría aparte del periodista culto y bien informado de las entretelas de personajes y situaciones del gobierno omnipotente en México. Este año de 2017 regresa Spota a las librerías. ¿Es que alguna vez se había ido?

Si no del todo, lo cierto es que al menos ya no se hablaba tanto de él, salvo en un círculo reducido del ámbito académico, y casi siempre por aludir a un caso excepcional de la sociología en las letras (el verdadero valor estético) del escritor mexicano que más ejemplares vendía en el último tercio del siglo XX, ante la indiferencia, o de plano enfrentando el disgusto de la “clase intelectual” que lo despreciaba.

Sara Sefchovich, como el ejemplo mayor, le dedicó un importante libro de análisis (“Ideología y ficción en la obra de Luis Spota”, Grijalbo, 1985), y, por otro lado, quien fuera su pareja amorosa, la bella actriz Elda Peralta, escribió una excelente biografía sobre el reconocido periodista a mediados de los noventa (“Luis Spota. Las sustancias de la tierra”, Grijalbo, 1990).

Y ahí permanecieron sus libros, en el cuarto del jefe de familia, guardados como meras curiosidades de tiempos pasados (todavía recuerdo cuando nos alternábamos mi papá y yo en esas lecturas, con los libros con portadas anaranjadas y cafés recién salidas de la imprenta, debajo del mezquite, junto a la comida campestre, en piedras medianas a manera de asientos, mientras el tractor le daba vueltas y vueltas a la tierra para la siembra en San Juan del Río). Hasta que afortunadamente en la editorial Siglo XXI, impulsada por un humanista notable, el poeta Jaime Labastida, se decidió lanzar otra edición de la obra en cuestión (“Retrato hablado”, “Palabras mayores”, “Sobre la marcha”, “El primer día”, “El rostro del sueño” y “La víspera del sueño”). Lo interesante será observar cómo las nuevas generaciones recibirán tal legado. ¿De qué manera se leerán dichas páginas?

Es de suponerse, en principio, que “La costumbre del poder” representará una buena oportunidad para ver de cerca la naturaleza misma del antiguo régimen político, con un presidente que decía, prácticamente todo, desde su silla omnipotente. Un centro al que concurrían la inmensa mayoría de los hilos con los que se movía la nación.

El despliegue de una voluntad que se ramificaba, multiplicándose, en los espejos de los gobiernos estatales y municipales; un México con una prensa dócil y aplaudidora, un país al que no se le dejaba abandonar su minoría de edad. La democracia de apariencia, sin un sustento auténticamente ciudadano.

Los jóvenes del nuevo milenio, como los que leyeron a mediados de la pasada centuria “La sombra del caudillo”, de Martín Luis Guzmán –guardadas las distancias, claro-, podrán disfrutar a través del filtro novelístico las escenas claves del funcionamiento de aquella maquinaria, la lucha por conseguir el siguiente puesto, las intrigas para derrotar al adversario, las posturas para ganarse los favores del gran dador en turno.

Para detenerse en esos tres puntos culminantes de nuestro quehacer: Los climas de tensión que rodeaban al “Tapado”, el sol que iluminaba el excepcional día al que señalaba “El dedazo” y la fuerza que se conjuntaba, para luego expandirse sin dejar rincón alguno, de la “Cargada”. La máquina de escribir de Spota dejó huella de todo eso. Para recordar su prosa, veamos dos o tres muestras: “Gómez- Anda, que consumía veinte y a veces treinta tazas de fuerte café entre la hora de abandonar la cama (“El Señor Presidente ha de levantarse antes que ninguno, doctor Ávila”) y la de volver a ella en el principio de la madrugada (“y acostarse más tarde que todos, don Víctor”), decidió prepararse una –la primera que bebería desde que salió de Los Arcos a las diez brumosas para dirigirse al recinto del Congreso, luego del desayuno de silencios y suspiros que compartió con Armandina y con Fermín Palermo en el mísero lugar donde tomaban sus alimentos: un cuartito enjalbegado en el que apenas cabían y que formaban parte, como el living y las dos alcobas, el baño y la cocina, de la que había sido casa de los caballerangos, y en la que habían terminado por instalarse cuando abandonaron la residencia para que en ella pudieran trabajar los arquitectos y decoradores de Isabel Vértiz, esposa del futuro Jefe del Ejecutivo Federal” (“El primer día”).

“Totalmente invadida encontraron la calle que terminaba en la gran puerta de la casa. Había mujeres que vendían café, frituras y panes de dulce. Había por lo menos dos hombres que ofrecían licor a granel. Pero, más que todo, había un acusado ambiente de feria, con velas de cera envueltas en papel periódico y hachones de estopa que alumbraban la noche y manchaban con sus humos el aire helado; con el rasgueo de algunas guitarras y las voces de quienes, ya con copas, acompañándose de güiro y maracas, cantaban tonadas populares: corridos revolucionarios: romances de protesta: y para que nada faltara, estaban los pregoneros ofreciendo callicidas, hojas de afeitar mejores que las alemanas, frasquitos de elíxires rejuvenecedores capaces de hacer irresistible para el sexo opuesto a la persona que los usara; los que proponían, a cambio de dos pesos, las fotografías del Presidente que el Partido regalaba casi sin motivo; el que operaba, incansable, el cilindro –y los misteriosos que ni bebían, ni comían, ni cantaban, ni vendían; esos, casi invisibles, que se limitaban a observar.” (“Palabras mayores”).

“Siempre se dijo que en Avemaría Purísima que don Gervasio Orellana vivía solo porque tenía muchas señoras, y ya se sabe que cuando se tienen muchas señoras no hay modo de tener una casa; se dijo también, y lo que ocurrió vino a corroborarlo, que no pasaba más de dos noches con ninguna para conjurar el augurio de aquella bruja según el cual moriría luego de haber dormido tres jornadas seguidas con una misma querida; (…)” (“Retrato hablado”).

Como se ve, la relectura de Luis Spota promete siempre nuevos descubrimientos. Principalmente propicia no solamente el placer descriptivo del costumbrismo, sino también esa especie de poética erótica que cobijaba al poder, para ineludiblemente arribar a tantas reflexiones: ¿qué queda de aquello?, ¿avanza nuestra transición a la democracia? ¿qué más habremos de hacer en materia política? Las novelas de Luis Spota serán una útil referencia comparativa. Bienvenido, otra vez, uno de los máximos maestros del periodismo literario en México.

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