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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 2 oct 2017, 8:49am 8 de 30

Los tres libros que me llevaría a la isla desierta



LETRAS DURANGUEÑAS

¿Por dónde empezar? ¿Cómo resumir en una docena de libros a esas amistades que siempre queremos tener cerca? La página abierta al sentimiento, al recuerdo -y si nos va todavía mejor- al pensamiento. No es fácil, porque la selección de títulos tiene algo de imprecisa, de provisional. ¿Por qué uno y no otros? ¿Cómo se decantan los señalados, palabra por palabra, en nuestra sensibilidad?

Sin embargo, no hay más remedio que escoger del cielo literario las estrellas que, advertimos, nos han dado más luz, dejando algunas en el sendero, posiblemente igualmente brillantes. Sirve la pregunta que se nos hace repetidamente, para al menos ensayar la respuesta. Entonces no comenzaré cronológicamente a revelar las obras -no como han llegado a mi vida-, sino a las que me gustaría seguir acudiendo de vez en vez, hasta el final de mis días. Subrayo en este artículo las tres primeras obras: la Biblia, el Quijote y la Divina Comedia, al tiempo que me detengo brevemente en cada una de ellas.

Más acá o más allá de la fe (la voz de Dios y su presencia en nuestro ser más profundo), los relatos bíblicos tienen una musicalidad y una fuerza espiritual tan atrayente y tan convincente que nos une con el sentido total de la existencia. Del Antiguo Testamento prefiero los Salmos y el Cantar de los Cantares. Del Nuevo, la historia más bella de todas, como bien se dice, las parábolas de Cristo, su inmensidad, su guía moral (“Si Jesús no era el hijo de Dios, merecía serlo”, creo que fue Renan quien lo sentenció).

Pero sobre los setenta y tantos apartados del sagrado volumen, prefiero muy convencido el relato de Job. Borges refería a propósito que “Froude en 1853 predijo que este libro, llegado su debido tiempo, sería considerado el más alto de cuantos han escrito los hombres”. Por su interesante narrativa y la división de escenarios en donde ocurre la historia (el personaje y su tierra, familia, amigos...y por otro lado, los asombrosos diálogos entre el Ángel del Mal y el Creador). Y principalmente por su memorable centro magnético: el misterio mayor, el hombre que no alcanza a conocer las razones de su devenir, y no obstante tiene el valor de cuestionar lo que considera injusto: el sufrimiento y sus caídas en una gente de bien. Se pueden derivar, en mi opinión, otras interrogantes ante el infinito inexorable que despliega el escrito: ¿Qué hacemos en el mundo? ¿Cuál es el significado real de vivir? Y se nos remite ineludiblemente a una contestación también enorme.

Dentro de mis naturales limitaciones, es un asunto que me motiva a no pocas reflexiones, y por lo mismo trato de rodearme de ensayos, comentarios -iniciando con la versión y las explicaciones de Fray Luis de León-, e incluso novelas acerca de su temática, por ejemplo la debida a Joseph Roth.

El Quijote se cuece aparte. Es el libro, para usar el lugar común, que también llevaría conmigo a una isla desierta. Lo tengo claro.

Por una revisión suficiente. La novela cervantina une muchos de los elementos de las letras clásicas –drama, riqueza de asuntos tratados, destreza en la composición- con algo nuevo para su época: la autocrítica, el texto que se mira en el espejo de su propio transitar discursivo, haciéndose, corrigiéndose, y al final rehaciéndose. Con un acento por el que sería el camarada ideal en la isla de la soledad: la alegría maravillosa que irradia la obra entera. En el abandono total…uno quisiera, como el bálsamo para continuar luchando, estar contento. Y como la historia del hidalgo manchego es mucho más, subrayaría un privilegio que no podemos dejar de lado. El placer de disfrutar nuestro propio idioma -desde el registro de su cualidad oral-, el hermoso castellano que describe las tres salidas del inolvidable caballero, y a partir de la segunda, de su complemento perfecto, el simpático y bueno Sancho Panza. Varias veces he leído la obra, y como he podido he comprado una veintena de ediciones distintas, según sus reconocidos anotadores (Francisco Rodríguez Marín, Martín de Riquer, John Allen, etc.), que cada uno aporta su conocimiento esclarecedor para entender mejor sus giros lingüísticos, los contextos históricos, culturales y, por supuesto, en principio, literarios. Guardo con especial agrado las ediciones de Pellicer (1797) y la de Clemencín (1967), del mismo modo que atesoro los Quijotes ilustrados por dos Antonios, Mingote y Saura…sin olvidar al imprescindible Gustave Doré, al que sin duda le debe mucho el imaginario quijotesco universal. Los coloquios anuales de Guanajuato, apunto de paso, han sido definitivos en mis acercamientos cervantinos. Para un autodidacta como yo (en una ciudad que hasta hace muy recientemente no había carreras humanísticas- los encuentros sobre Cervantes aludidos representan con orgullo mi verdadera Universidad.

Mi tercer libro favorito es, como ya anticipé, la Divina Comedia. Su perfecta arquitectura (cien cantos, contando el introductorio), la suma de sus versos en una división, como sabemos, en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Son un mural espléndido de las pasiones y creencias religiosas del hombre. Impresiona su lectura, quedan imborrables sus recuentos, fundamentalmente el primer tercio del poema, si bien es cierto que el renacer de Dante y Virgilio -en la segunda parte- aquel amanecer frente al mar, tiene mucho de salvación o alivio, así se siente, también para los visitantes del libro. La mitología antigua en conjugación con el orbe cristiano, el recorrido por castigos y premios, expresados en la lengua italiana, que ya avanzaba por sí sola con los vuelos del latín original. Y otra vez Doré, como impresor en generaciones y generaciones de un conjunto imperecedero de episodios horribles, dramáticos, conmovedores todos…y llenos de consuelo y esperanza. La ética, o su ausencia, recreada por la estética medieval del poeta más grande de todos los tiempos.

Una obra cumbre y que nunca acaba de decir lo que tiene que decir.

La Biblia, el Quijote y la Divina Comedia.

Mi sentimental rosa de los vientos, mi carta de navegación intelectual. Un legado invaluable para compartirlo, a través de la conferencia, la cátedra o el periódico, con los demás.

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