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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 9 oct 2017, 8:56am 11 de 34

Borges en la edición de la Real Academia Española



LETRAS DURANGUEÑAS

Es muy frecuente que el tema salga a relucir, más en la charla de sobremesa –digámoslo así- que en la reunión académica: ¿Cuál será el escritor emblemático del siglo XX? Si la centuria del diecisiete legó los nombres de Cervantes y de Shakespeare, nuestra generación ¿qué cuentas rendirá a las generaciones que vienen? Podemos estar tranquilos. Contamos con magníficas credenciales que presentar, incluso con beneplácito y cierta suficiencia.

Casi siempre surgen dos figuras en estas conversaciones que mucho tienen de agrado al calor de los whiskys: Kafka y Borges, si bien es verdad que, después de su muerte, García Márquez aparece cada vez más con sus hechizos de fábula. En todo caso, el tiempo tendrá la última palabra.

Lo anterior viene al punto porque en estos días la Real Academia Española ha puesto a circular la edición “Borges esencial”, el ya esperado homenaje de la ilustre institución al también célebre escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986). El libro ahora forma parte de una colección asimismo representativa: Cervantes, Rubén Darío, Pablo Neruda, García Márquez, Vargas Llosa, Gabriela Mistral, Carlos Fuentes y Camilo José Cela. Dos ibéricos y siete latinoamericanos (y de este lado todavía esperan su lugar Julio Cortázar, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti y Octavio Paz, cuando menos).

Borges era/es imprescindible en cualquier lista de literatos con merecimientos.

Absurdamente, como sabemos, no recibió el Premio Nobel de Literatura, pesada falla con la que carga desde entonces la Academia Sueca por tan enorme omisión. Lo cierto es que -mientras tanto- gradualmente Borges ha pasado de ser un escritor de minorías exigentes a significar algo mucho más abarcador y extraordinario: asumirse como un escritor de culto colectivo. Citar al autor de “Las ruinas circulares” (“Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”), disfrutar sus lúcidas ocurrencias –muchas veces incómodas, irreverentes, pero que no dejan de ser divertidas, al menos para el redactor de la presente reseña, la decantada erudición de sus ensayos y, sobre todo, el vivo recuerdo de su imaginación infinita, maravilla de la afortunada combinación de sus lecturas enciclopédicas, se ha convertido en una práctica cotidiana de buen gusto. Como compartir entre todos un invaluable tesoro de letras.

En la muestra que nos ocupa –de casi setecientas páginas- interviene una docena de especialistas, entre ellos Teodosio Fernández, reconocido profesor universitario, hombre de excelente humor y con quien tuve la oportunidad de platicar hace un par de años en el coloquio cervantino de Guanajuato; también se incluye a Noé Jitrik, ameritado conocedor de la materia, entre otros académicos igualmente notables. Son guías que nos hacen conocer mejor, abriendo nuevas perspectivas de análisis, los textos borgianos –o borgeanos, o borgesianos, que de las tres maneras lo he visto referido-, escritos, subrayo, ya canónicos de “Ficciones”, “El Aleph”, acompañados de un buen número de ensayos y poemas. Cierra la obra una extensa bibliografía y un útil glosario de voces que se aluden en el volumen.

Sin embargo, si la crítica ilumina, el corazón siempre es Borges. El centro magnético al que nos lleva la música tan particular de sus narraciones, versos y reflexiones, con esa seducción artística que solamente puede ser suya. Encontrarse con “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Funes el memorioso”, “La biblioteca de Babel”, “El Sur”, “Flaubert y su destino ejemplar”, “Sobre los clásicos”, “La última sonrisa de Beatriz”, “Arte poética”, “El mar” o –para no abrumar con la larga fila- “Cristo en la cruz”, serán verdaderos privilegios de la vida, una manera de reconciliarse permanentemente con el mundo. Creer y afirmar nuestra humanidad creadora a través de este admirable clásico contemporáneo.

A propósito, tampoco es infrecuente escuchar aquello sobre los “distintos” Borges: ¿Cuál escoger? ¿El poeta, el ensayista, el cuentista? Pregunta, en mi caso y es de suponer que en una gran mayoría, difícil -si no es que imposible- de contestar. Toda la marca registrada “Borges” es sinónimo de excelencia (dejo aparte sus polémicas posiciones y expresiones políticas y sociales, las que aquí sí: son triste y generalmente reprobables).

¡Cuántas horas de indecible felicidad le debemos! El prólogo llevado a la maestría, la cátedra, la conferencia… Para retratar, en suma, más fielmente su irradiación estética, tal vez sea pertinente recobrar una de las tantísimas líneas hermosas de sus“Fragmentos de un Evangelio apócrifo”: “Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio o de Cristo, porque éstas darán luz a sus días”. Y de Borges, habría que agregar.

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