Editoriales
JESÚS SILVA-HERZOG
lun 16 oct 2017, 8:37am 7 de 8

Rebaños de ocasión



JESÚS SILVA-HERZOG

La historia no la escriben los ganadores, ha dicho Javier Garciadiego. La historia la escriben quienes escriben bien. Es el caso de la elección de 1929. No recordamos aquella campaña por los recuerdos de Pascual Ortiz Rubio, ganador oficial de aquella contienda. No es la versión del partido de oficial la que se ha impuesto en el recuerdo público. Recordamos la campaña vasconcelista por las memorias de Vasconcelos, por los testimonios de sus brillantes seguidores, por los relatos de quienes colaboraron con él. La primera elección del partido callista ha quedado registrada como un fraude monumental: el crimen contra un sabio, el más grotesco atropello del anhelo democrático. El historiador ha dado buenos argumentos para desmontar lo que él llama "el mito del fraude electoral" del 29. Más aún, ha sugerido que en aquella disputa electoral, Vasconcelos representaba la nostalgia caudillista, la restauración de una política fundada en personalidades extraordinarias a las que el pueblo tiene el deber patriótico de acompañar hasta el abismo. La apuesta callista, en cambio, implicaba la novedad de un orden institucional. No era, por supuesto, una apuesta democrática ni liberal pero era un intento nada trivial de escapar del caudillismo.

El Partido Nacional Revolucionario simbolizó el proyecto de la institucionalización autoritaria Frente a ella ha habido dos estrategias: la del caudillismo democratizador y la de la institucionalización democrática. Hoy esas alternativas están tan vivas como lo han estado siempre. Por un lado, se abren alternativas políticas fincadas en órganos perdurables y coherentes; por la otra, se prenden entusiasmos que apuestan al personaje redentor.

El impulso caudillista conduce tarde o temprano a la inmolación. Lo supo mejor que nadie en este siglo el fundador el PAN. No puede construirse democracia apostando a la victoria de un hombre. Sólo con instituciones puede transformarse un régimen político. Es importante advertir que el impulso germinal de ese partido fue doble: por una parte, combatir a un régimen antidemocrático; por la otra, rechazar el mesianismo político. El gran mérito de aquel momento es que el adversario era, en buena medida el guía original: José Vasconcelos. El Madero culto representaba una admirable opción civil al militarismo. Y sin embargo, era, la negación del auténtico proyecto pluralista. Vale regresar a la correspondencia entre Gómez Morin y Vasconcelos para advertir la intensidad de una de las grandes polémicas del siglo XX. Una polémica que, por lo que vemos en estos tiempos, conserva urgente actualidad. No son frecuentes en nuestra cultura de ninguneo intercambios de esa altura y de esa claridad. La admiración de Gómez Morin por Vasconcelos no lo corrompe. Porque respeta al maestro, discrepa de él. Tenía muy claro que la causa democrática no era el encumbramiento de un personaje extraordinario, era la formación de organizaciones perdurables y sensatas. Al país le hacían falta ideas, reglas, hábitos; no catapultas para la ambición personal. Nada avanza México si la tarea de la política es simplemente llevar al triunfo a un hombre-"así sea el mejor."

Decía el chihuahuense que no creía que la política pudiera fincarse en grupos académicos pero tampoco, advertía, en "clubes de suicidas." Había que abrir el futuro. En la política, el sacrificio por una idea es, frecuentemente, el sacrificio de la idea. Sabía que la sinceridad y la buena intención son un equipamiento insuficiente para la actividad pública. La clave era la organización, es decir, la institucionalización. Ahí donde priva la corrupción es indispensable arraigar los principios, fundar nuevos hábitos, cuidar reglas, nutrir el diálogo. A lo que se oponía era a la política que lo quema todo en toda elección, la política que no tiene más horizonte que la victoria total. Hablaba de los rebaños de ocasión. Si México tuviera, "en vez de rebaño político de ocasión, una organización seriamente establecida, las cosas habrían pasado de muy distinta manera y no se habría perdido para México, en una nueva revuelta y en otros muchos accidentes semejantes, todo lo que se había ganado con anterioridad. Y lo mismo pasará siempre que el triunfo se organice sobre la base de un hombre o sobre la igualmente precaria de un entusiasmo que fundamentalmente nazca de valores negativos."

Importan las palabras de Gómez Morin para advertir el peligro de la desinstitucionalización de la democracia mexicana. No hemos logrado escapar de la política de ocasión.

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