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SAMIR DELGADO
lun 16 oct 2017, 8:49am 9 de 29

'Luminar' de Ricardo Fernández: revival de las imágenes posibles



LETRAS DURANGUEÑAS

La imagen como un absoluto, la imagen que se sabe imagen, la imagen como la última de las historias posibles JOSÉ LEZAMA LIMA Los cuadros del artista mexicano Ricardo Fernández poseen el don de lo intemporal: van más allá de las coordenadas de fijación epocal al uso, trascienden el juego mecánico de las manecillas del reloj de pared, son imágenes provenientes de un absoluto relativo que instauran su anclaje imaginario en la propia cosmovisión del artista. Cada cuadro es una inversión de tiempo de vida- la duración, alén vital, de Henry Bergson- aplicado a la conformación de una obra artística, el corpus estético, la donación por excelencia de un sentido a las formas y a los colores, a los mundos propios que se han ido configurando -pincel en mano- durante décadas de trabajo permanente del artista en su atelier mexicano, un factor determinante que en el panorama internacional del arte hoy solamente es constatable cuando existe una mirada propia, un estilo y un aura, esa atmósfera distintiva que revela la pertenencia y la autoría de una pieza.

Y es que ante la serie de obras que componen su reciente exposición “Luminar” (Museo Joaquín Arcadio Pagaza, Valle de Bravo, Ciudad de México, 2017) nos encontramos frente a una feliz concatenación de imágenes, de motivos y técnicas, de sustratos acumulados de deleite morfológico que en el transcurso de la carrera artística de Ricardo Fernández han ido consolidándose como un singular universo personal, de retratos, instantes y atributos mitologizantes de la experiencia de la condición humana sobre el mundo, el marco de sus cuadros que se debaten entre la temporalidad de su horizonte visible y la eternidad.

Solo el artista conoce el grado de inversión de tiempo que han supuesto la suma de los grafitos sobre papel, las xilografías y los óleos sobre lienzo en conjunción total en el través de su mirada: mixtura de la creación, interpenetración de vida y obra, onirismo esencial del estarse junto al caballete de los días y las horas.

Hay en los cuadros de Ricardo Fernández una interpelación al infinito, un revival de imágenes posibles que siguiendo de cerca al poeta cubano Lezama Lima –adorador soberano de la irrupción de toda imagen sub especie aeterni entre el común de los mortales- nos designa la posibilidad de un tempo de relación con la obra contemplada capaz de traslucir una tensión existencial de enorme caudal sensitivo, el cuadro como eticidad fundamental de lo habido y por haber, una obra artística rica en potencial vislumbrador que sobrepasa el rigor académico, lo clásico y lo moderno, todo canon establecido, para adentrar a quien contempla el cuadro en esa extraña dimensión de aquello que perturba, asombra y conmueve, de lo angelical y demoníaco, de lo sacro a lo pagano, de la vida a la muerte.

A fin de cuentas, los seres alados de Ricardo Fernández, mujeres ataviadas con vestimentas del medioevo, de la roma imperial o del amazonas, transgreden la óptica racionalizante del espectador, son apariciones súbitas de otros mundos y otras épocas que transmutan en el cuadro, se corporizan en el lienzo con un grado de nítida absolutez, reencarnación somera de lo vivo, de lo verdadero y de lo bello en el cuadro- a la altura de los ojos siempre- lugar por excelencia donde se constituyen las vidas, evocación de totalidades, fugacidad del aire.

La atracción de la mirada hacia un cuadro puede desarrollarse en un breve lapsus de tiempo, apenas unos diez segundos de cronómetro estipulado como porcentaje de media del tiempo que será empleado por un espectador normal frente a una obra en una galería de arte o un museo contemporáneo. Más allá de la calidad pictórica, las modas al uso o el predicamento de un artista, los cuadros hablarán por sí mismos y el tiempo de entrega del que mira nunca alcanzará al tiempo dedicado por el artista, sin embargo puede suceder que los cuadros cambien la vida de ambos a la par y sean la vida misma en el cuadro, un suceso atribuido a la magia del arte desde tiempos inmemoriales y que solamente en pocos artistas es un hecho resultante, una promesa de transubstanciación, una experiencia real atribuible a una forma de pintar y de vivir la pintura, para dar vida a esas imágenes posibles que Ricardo Fernández eleva a la categoría de lo intemporal, pues como dijo Lezama “todo lo que el hombre testifica lo hace en cuanto imagen”.

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