Editoriales
MIGUEL FRANCISCO CRESPO ALVARADO
sáb 13 ene 2018, 9:13am 6 de 8

Somos lo mismo



Consinsentido

Hemos llegado a un punto en la historia en el que claramente hacemos una distinción entre los ciudadanos y los políticos. Estamos plenamente convencidos de que se trata de grupos tan distantes entre sí, que cada vez nos cuesta más trabajo pensar en los políticos como ciudadanos y viceversa.

Iniciarse en la vida política partidista significa, para efectos de nuestra concepción, renunciar a la condición ciudadana, lo que incluye la pérdida de ciertos derechos elementales como el de la posibilidad de opinar sobre ciertos temas de los que, aparentemente, sólo pueden hablar los "ciudadanos auténticos" (como, por ejemplo, quejarse de lo caro de los precios de los combustibles).

De manera inversa, a los que "permanecen ciudadanos" les es negada la oportunidad de acceder a cientos privilegios que son propios de la clase política. Manejar determinada información y decidir sobre ciertos asuntos, originalmente de carácter público, es potestad exclusiva de quienes se dedican a la política de partidos.

Por supuesto, no es que esa separación entre los políticos y los ciudadanos haya surgido de la nada. Es la resultante de un largo proceso histórico de deterioro cultural en el que la palabra "político" (perteneciente a la polis) dejó de significar "ciudadano". Sin embargo, vivimos el momento de mayor gravedad, en el que ya existe un claro antagonismo entre ambos conceptos.

El cada día más álgido enfrentamiento entre políticos y ciudadanos, en las múltiples caras con las que se manifiesta, tiene, entre otras consecuencias, el debilitamiento de las instituciones pues éstas suelen ser utilizadas para el logro de propósitos que son contrarios a aquellos que persigue la ciudadanía. De acuerdo con la perspectiva de los ciudadanos, desde el marco institucional se toman decisiones que sólo benefician a los políticos quienes viven cada vez en mejores condiciones, al tiempo que los demás se empobrecen.

La pérdida de confianza en las instituciones orilla a la ciudadanía a actuar por fuera del estado de derecho, lo que conduce a los políticos a hacer uso de la fuerza pública en un intento burdo por sostener un orden que ellos mismos han contribuido a corromper. Al utilizar los cuerpos policiales los políticos profundizan el encono en su contra y alimentan el creciente clima de violencia que promueven aquellos grupos de ciudadanos que han decidido, de manera más o menos consciente, arrebatar a los políticos algo de su poder y sus privilegios.

Lo que México está viviendo no es sino el resultado de la imposibilidad de construir grandes acuerdos que aproximen a políticos y ciudadanos en sus propósitos, fortaleciendo la vida institucional y el estado de derecho. Se trata de que unos y otros actuemos con un cierto sentido de unidad, bajo el supuesto de que ocupamos un espacio común al que todos debemos cuidar; bajo la certeza de que, en el fondo, somos los mismos.

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