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EL UNIVERSAL
dom 14 ene 2018, 8:08am 2 de 11

Trump, un año volátil

Estrategia. El tema central de su juego mediático ha sido redefinir lo que significa ser estadounidense. Ha jugado hábilmente con la idea de promover un país no contaminado ni asediado por el mundo, fuerte pero aislado, con una herencia común y única.


Para entender a Trump, quien asumió el poder el 20 de enero de 2017, hay que comprender que él es parte político, parte actor de teatro

Vivir en Estados Unidos en el primer año del gobierno de Donald Trump es como subir a una montaña rusa especialmente violenta, que sube y baja vertiginosamente, da vueltas súbitas y nunca parece tener rumbo claro. Cuando crees que ya vas a descansar un momento, te lleva por otra curva que no veías venir y te echa al aire de nuevo. Es como vivir en un parque de diversiones que no divierte.

Para entender a Trump, quien asumió el poder el 20 de enero de 2017, hay que comprender que él es parte político, parte actor de teatro. El rumbo del país, sin duda, ha cambiado con él, pero a veces hay que separar la realidad del show que estamos viviendo. Entre el uno y el otro, el país (y quizás el mundo entero) vive de vaivén a vaivén cada día. Es cierto que no todo cambia tan rápido como parece, pero al mismo tiempo sí hay cambios profundos que se están dando. Y a veces la realidad es el show y el show es la realidad.

Trump puede, sin duda, declarar victoria en algunos temas de política pública que él buscaba. Recortó los impuestos y propuso un aumento en el gasto militar, sacó a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre Cambio Climático y echó para atrás un sinfín de reglas medioambientales, aumentó la persecución de los indocumentados, redujo el número de refugiados aceptados y logró minar las bases de la reforma de salud que había logrado Barack Obama, sin destruirla por completo. Y, sea obra de él o no, la Bolsa de Valores sigue para arriba y el desempleo para abajo.

Para su base política, un grupo leal que es escéptico del poder del Estado y de los acuerdos e influencias globales, estos son logros que muestran su congruencia con lo que ofreció en su campaña electoral. Para sus críticos y opositores, que son muchos en ambos partidos, Trump ha golpeado la imagen y socavado la influencia del país en el mundo y seguido una estrategia doméstica sin rumbo. Pero nos guste o no, ha tomado decisiones de importancia y ha tenido algunos logros que son consistentes con las promesas de su campaña.

Pero es quizás en el terreno mediático donde Trump se mueve con más facilidad y más rapidez. A veces usa los medios para comunicar sus agendas, a veces para despistar y a veces para sacar sus demonios personales, y no siempre es claro dónde empieza uno y termina el otro. Es ahí donde te das cuenta que estás en un parque de diversiones sin diversión.

El tema central de su juego mediático ha sido redefinir lo que significa ser estadounidense. Ha jugado hábilmente con la idea de promover un país no contaminado ni asediado por el mundo, fuerte pero aislado, con una herencia común y única. Es un juego dirigido a los estadounidenses mayormente blancos y mayormente (pero no exclusivamente) sin estudios universitarios que sienten que el país ya no es el que fue, que la diversidad en su alrededor los ha dejado menos potentes que antes, que el mundo ha despreciado su cultura y su historia, que la economía se ha estancado.

Su lema, Make America Great Again ("Hagamos que Estados Unidos Sea Grande de Nuevo") llama a la memoria de un tiempo en el pasado en que el país era el más poderoso del mundo, crecía la economía sin parar y ciertos grupos fueron favorecidos sobre otros. Sus embates contra los inmigrantes, los tratados de libre comercio, los acuerdos internacionales son parte de este juego. Su propuesta del muro en la frontera con México es el símbolo perfecto y acabado para expresar esta visión, una muralla que deja fuera a los males del mundo, la gente, los productos, las ideas.

Es un juego que divide, ciertos estadounidenses contra otros, su país contra los demás, los buenos contra los malos. Esto, sin duda, es lo más preocupante del año. El legado será de un país dividido, polarizado, quebrado en dos. Habrá logros y habrá desaventuras, pero sobre todo habrá división.

Y aquí el último juego en este parque de diversiones es jugar con la verdad. De atacar a los medios por falsear notas, mientras él falsea datos y realidades, jugar en la raya entre lo que es y no es, afirmándonos que él sí es un "genio estable". Al final, terminamos sin saber la diferencia entre lo cierto y lo falso, todo es juego, nada es firme ni real ni tangible.

Temo que los logros reales -porque los hay, independientemente de si uno está de acuerdo o no con ellos- se pierden en medio de estos juegos, en el sube y baja y virajes de la montaña rusa que hoy es la política de Estados Unidos y la manera en que se gobierna el país que alguna vez fue el más influyente en el mundo.

Amenazas por cumplir

■ TLCAN. El mandatario persiste en su amenaza de sacar a EU del tratado con Canadá y México, a pesar de las negociaciones.

■ Muro. Trump insiste en la necesidad de construir una valla fronteriza y utiliza la edificación como moneda de cambio para dar una solución a los dreamers.

■ Obamacare. El magnate busca que se apruebe el plan de salud de los republicanos que sustituirá al proyecto de Barack Obama.

■ Veto a musulmanes. Luego de que las dos primeras versiones fueron frenadas, el presidente busca quitar el bloqueo de las cortes a su prohibición a seis países de mayoría musulmana, Corea del Norte y Venezuela.

■ Irán. El presidente reclama una modificación al pacto nuclear y advierte que de lo contrario, EU lo abandonará.

12 meses de lucha para los hispanos

A punto de cumplirse el primer año de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, la comunidad hispana en el país ha resentido la peor parte.

“Era de esperarse si recordamos que en su primer discurso como candidato presidencial republicano construyó parte de su plataforma política en contra de los mexicanos, calificándolos de criminales y violadores sin excepción”, recuerda a EL UNIVERSAL Álex Gálvez, abogado especialista en inmigración que trabaja con la comunidad hispana.

“Se ha ido contra los más vulnerables para mostrarse ante los ignorantes de sus seguidores como un superhéroe y no entiende el daño que hace a millones de familias buenas y al país en general, a la economía”, señala Gálvez.

Sin embargo, la presión de la Casa Blanca ha sacado lo mejor de la comunidad, la lucha y la fortaleza de pelear por su futuro en el país que consideran suyo y es el único que conocen, como es el caso de los jóvenes beneficiados por el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), los famosos dreamers.

Ante la política antiinmigrante de Trump, varias personas se han visto en la necesidad de buscar refugio en iglesias, casi siempre evangélicas. El caso ejemplar fue el de Jeanette Vizguerra, una madre de familia con más de 20 años en EU, quien ante la inminencia de su deportación se recluyó voluntariamente en un templo en Denver, Colorado, desde donde ella y su abogado lograron que se le extendiera una residencia legal provisional por tres años, mientras pelea su caso.

“Lo mío ha sido un ejemplo de que sí podemos pelear y hacer valer nuestros derechos aunque seamos indocumentados”, dijo Vizguerra en mayo pasado, tras salir de la iglesia.

“Trump no tiene por qué estar por encima de la ley, éste es un país donde sí hay justicia y se puede llegar lejos”, aseguró Vizguerra, quien se apuntó otro triunfo cuando la revista TIME la incluyó como una de las 100 mujeres más influyentes de Estados Unidos en 2017.

Uno de los peores momentos los vivió Felipa Delacruz, madre de Rosa María Hernández, una pequeña de 10 años de edad con parálisis cerebral que el pasado 24 de octubre fue interceptada por la Patrulla Fronteriza, después de ser intervenida en una operación en San Antonio, Texas; la bajaron de la ambulancia que la transportaba y la trasladaron a un centro de detenciones donde la pequeña estuvo 10 días sin ningún familiar y ninguna atención médica. “Yo me quería morir” recuerda Felipa a este diario, “pero tenía que estar fuerte para ella y gracias a Dios apareció el abogado —Alex— Gálvez y la defendió; gracias a eso la soltaron más rápido de lo esperado” dice agradecida. “¿Quién tiene el corazón de perseguir a una niña de 10 años que no ha hecho nada malo?, y peor tantito, enferma; ¡sólo un loco o un animal hacen eso pienso yo!” dice al recordar su angustia.

“Es la parte más sensible”, dice Gloria Curiel, abogada en inmigración. “Nada puede describir el miedo y el sufrimiento que los menores sienten a diario por las amenazas que han escuchado en los medios o en la escuela”.

“El sufrimiento extremo al que están expuestos estos ciudadanos estadounidenses debería ser suficiente para que la ley los protegiera y les permitiera vivir con sus padres sin sentir miedo. Si el gobierno fuera más sensible; inteligente, en mi opinión, dejarían de perseguir y deportar a padres de familia que lo único que hacen es trabajar, ayudar al progreso de este país y pagar sus impuestos”, comenta Curiel.

Para aumentar el miedo, el 10 de enero el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) inició redadas en las tiendas de la cadena 7-Eleven en busca de trabajadores indocumentados. A esto hay que sumar a los jóvenes, hombres y mujeres, que se enfrentan a las autoridades y al Congreso de EU, de frente, dando la cara. Son los dreamers, beneficiarios desde 2012 del DACA al que en septiembre pasado Trump puso fin, dando de plazo el próximo 5 de marzo al Congreso para lograr una solución al tema. El martes pasado un juez federal de San Francisco, California, congeló la decisión del presidente hasta nuevo aviso, lo que podría dar a los migrantes un respiro.

En el año fiscal 2017 fueron detenidas para su deportación poco más de 450 mil personas; a este número se suman los más de 650 mil casos en las cortes que están retrasados de la administración Obama.

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