Editoriales
MIGUEL FRANCISCO CRESPO ALVARADO
sáb 3 feb 2018, 8:43am 6 de 7

Educación: el juego de la simulación



Jaque Con/sinsentido

¿Cómo es posible que resultados tan contrarios entre sí, no despierten la sospecha de que algo se está haciendo muy mal en materia educativa en México? Por un lado, tenemos mínimos niveles de reprobación y elevados promedios de calificaciones; y al mismo tiempo, cada vez que se aplican pruebas como Pisa o Planea, el número de reprobados es tan abrumador.

La respuesta no es simple. Por supuesto que la simulación convertida en política de estado es parte del problema. La necesidad de demostrar a los órganos internacionales que se "avanza en la educación" motiva toda esa andanada de falacias que en sólo cuatro décadas nos han llevado a subir de manera artificial de un promedio de 3 años y medio de escolaridad a los 9 que hay en la actualidad.

Se trata sin duda de un problema sistémico que apunta a la concepción misma de la educación; es decir, a lo que los mexicanos entendemos por educar y al valorar real que, de manera generalizada, le damos al conocimiento y a la verdad. Y, por supuesto, al papel que le concedemos a la escuela.

Es fácilmente constatable que, aunque repetimos hasta la saciedad a los hijos que la educación es de suma importancia, en realidad le concedemos poco valor a los aprendizajes allí obtenidos. Pensamos que se trata, en todo caso, de temas escolares de escasa o nula aplicabilidad en la vida cotidiana. Y, tal vez, tengamos algo de razón porque, hay ciertas verdades científicas que no tienen correlato alguno con nuestra experiencia cotidiana.

Sin embargo, nos seguimos sintiendo orgullosos de las buenas calificaciones que obtienen nuestros hijos y casi nunca dudamos de su veracidad; salvo cuando se trata de notas bajas o peor todavía, reprobatorias. Entonces sí que armamos un escándalo y acusamos a los profesores y a la escuela por los malos resultados. Se trata de una evidencia más de que, en el fondo, no creemos que en las escuelas se cultive la verdad. Nos encanta que nos mientan, al menos, hasta que lleguen las pruebas Pisa o Planea para ubicarnos en la realidad.

La ubicación, sin embargo, no sirve de mayor cosa. Una vez publicados los resultados, escuchamos a gente desgarrarse las vestiduras porque "otra vez salimos mal". Pero nada pasa, en pocas semanas se nos olvida y retornamos a nuestro juego de la simulación escolar, fabricando mentiras que nos tienen contentos y nos hacen sentirnos orgullosos.

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