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Por siempre Tulum

Sorbos de Café

MARCO LUKE, , actualizada 08:37 🕚
Por siempre Tulum

Las olas bailaban debajo de aquella pirámide.

El agua sobre las rocas acariciaba el pequeño peñasco que separaba la milenaria construcción de la espuma del mar.

Era como si el océano extendiera sus manos amenazando con llevársela al fondo y arrebatar ese trozo de historia maya a la humanidad.

Aida no se cansaba de visitar ese lugar. Para ella, Tulum era una ciudad conocida, aunque quedaban sólo vestigios de la prehispánica urbe, ella podía reconstruir las calles, las casas, las ceremonias y todo lo que su vida pasada dejó registrado en su memoria.

Nadie sabía de sus vidas anteriores, ni siquiera ella, pero sentía algo especial estando allí. Aida no recordaba con la mente, sino con su corazón.

Desde que era una niña le fascinaba sentarse a la orilla de ese peñasco, dando la espalda al que fuera en su tiempo un observatorio, donde se quedaron millones de estrellas dentro de las pupilas de cientos de hombres.

Aida, había nacido muchas veces, pero en este siglo, el destino le hizo ver la primera luz para este nuevo cuerpo muy lejos de Tulum.

Abrió los ojos a pocos días de nacida, pero verdaderamente despertó en las ruinas de "Altavista", en un pequeño pueblo llamado Chalchihuites, en el estado occidental de Zacatecas. Registrándose así su primer recuerdo.

Ella no lo tomaba como un recuerdo, sino como una señal de los dioses, de su sangre prehispánica.

No estaba segura de qué le mantenía sobre esta tierra muriendo y rencarnando dentro de esta humanidad, siempre en este país, siempre con sangre pura, siempre rechazando la herencia europea y cada vez más bellos sus rasgos indígenas.

Ella no lo sabía, pero después de varias muertes, renació siendo O'dam, otras veces Acaxxe, alguna vez fue purépecha, sin olvidar que caminó entre las calles de Tenochtitlán siendo una mujer azteca.

Pero siempre, una fuerza inexplicable le llevaba al mismo lugar: Tulum.

Aida, después de varias horas perdida en el horizonte del caribe, se levantó y caminó por los territorios que pertenecieran a la cultura Maya.

Amaba su tierra y al mismo tiempo una melancolía invadía su alma. La última vez que besó a su amado fue precisamente en aquella rivera, justo cuando Ikal partió mar adentro, dejando en el paisaje el recuerdo de su piel bronceada y una promesa de volver y pasar el resto de su vida con ella.

Ikal, no pudo con la tempestad y dejó su vida en las aguas del atlántico, pero prometió llorando volver en otra vida y buscar a Itzae.

Todo se lo tragó el voraz océano, menos un anillo de jade que tenía como destino la mano de la ahora llamada Aida.

Ikal también tomó otras vidas y otros cuerpos nuevos, aunque jamás se despintó su piel morena.

Por muchos siglos la batalla de los dioses jugó con la felicidad de Ikal e Itzae, y sus labios estuvieron separados por montañas, por distancia, por climas y una que otra vez por lenguas; pero el amor crecía.

Aquel anillo nunca detuvo su viaje, transformando cada siglo su forma y su materia, encaneció y se cubrió de plata hasta llegar a las playas de Tulum, donde espera la mano de Aida.

Ella caminaba por las playas caribeñas con su nostalgia a cuestas, pero con la esperanza aparentemente vacía, aunque persistente.

A lo lejos vio a un hombre que apacible caminaba hacia ella.

El ocaso impedía ver los rasgos de sus rostros, por ordenes de Ixchel, protegía la belleza de sus hijos predilectos en su rencuentro.

Sin saber, por fin dos almas eternas estaban a punto de fundirse en un beso. Aunque desconocidos uno al otro en esta vida, sintieron amarse en cuanto sus ojos pudieron verse uno al otro.

Desconocidos pues, pasaron de largo sin emitir una sola palabra, sólo se sostuvieron la mirada, pero no se atrevieron a reconocer la emoción que sus corazones gritaban en fuertes latidos.

Justo cuando los dioses del inframundo estaban a punto de ganar otra batalla, algo brilló entre la arena blanca de la playa.

Él, se detuvo, recogió el anillo que cientos de años atrás tuvo en sus manos.

-¡Señorita!- Dijo dirigiéndose a ella, pero Aida escuchó un murmullo que decía: "Itzae".

Se detuvo bruscamente sin voltear a ver a su amado.

-Es suyo, señorita- Aseguró quien ahora llevaba el nombre de Aldo. Y ella volvió a escuchar "Itzae"

Giró, lo vio fijamente y sin pensar le dijo sonriendo "Si. Es mío, Ikal"

El joven moreno, también sonrió. Escuchó a su corazón, se le acercó y le dijo "Te extrañé Itzae" y la besó para siempre.

El anillo cayó nuevamente a la arena, pero esta vez se enraizó para la eternidad en aquella playa.

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