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Perder un mundo

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SAC-NICTÉ CALDERÓN, , actualizada 08:16 🕚
Perder un mundo

Perder un mundo ocurre de distintas formas. A veces te lo arrebatan mientras duermes, a veces avientas el cerillo y te das la media vuelta.

La primera vez que me pasó leía todo el tiempo 'El arte de perder', de Elizabeth Bishop.

Creía que el problema era que todos mis planes se derrumbaron a la vez, y por tanto, yo ya no tenía el control de nada. Para una virgo inmadura y -mal- acostumbrada a que las cosas le salieran bien, esa situación se sentía como estar caminando por la cuerda floja, en un outfit bonito y glitter en toda la cara, y de pronto, a punto de llegar a la meta, uno de los extremos se suelta.

Por supuesto, estoy exagerando.

En realidad, lo que estaba perdiendo era la cordura, pero esa es otra historia.

Leía a Bishop porque quería convencerme de que no había pasado nada grave, y que, como Valeria Luiselli explica, ese era el resultado obvio si me acostumbraba demasiado a los objetos, a los lugares, a las personas.

Perder, perder, perder.

Supongo que, por el miedo a sentirme así de nuevo, me fui al extremo contrario: no acostumbrarme a nada.

'He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última -quizás por la penúltima- de tres casas amadas.

No es difícil dominar el arte de perder'.

En ese entonces, pensaba que dos de mis textos favoritos de Leila Guerriero eran una aprobación a mi nueva postura ante la vida: 'cuando sentí que, de las opciones posibles, ninguna me importaba, entendí el secreto. Lo entendí para siempre: si estaba dispuesta a perderlo todo, si en verdad no me importaba, podía hacer lo que quisiera'. Como lo hice con Bishop, leía una y otra vez 'El no es un peligro vivo' para armarme de valor. Pero en realidad, los textos de Leila Guerriero hablan de otras cosas: de valentía, de consecuencias, de elecciones sabias. Y como muchas veces pasa, yo estaba entiendo todo mal.

Mi psicóloga constantemente me decía que no pasaba nada si dejaba ver mi vulnerabilidad.

'Sí pasa', pensaba yo siempre, repasando en mi mente la lista de cosas que habían ocurrido, las que me aterraba que ocurrieran. Se necesitaron un temblor, unas brigadas y una pandemia para hacerme entender que sí, que ella tenía razón, que acostumbrarte a los objetos, lugares, personas, no te va a matar ni te va a volver loca.

'He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos, poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.

Los echo de menos, pero no fue ningún desastre'.

En el taller Cazadoras y cocineras, de la brillante Katia Rejón, la escucho decir que: 'abrir las puertas no para salir, sino para que las personas entren, puede ser un gran detonador y despertar algo en ti'. Recuerdo haber experimentado la misma sensación de desconcierto que cuando te revelan algo que no imaginabas, pero sabes que te va a cambiar la vida.

Hace casi cuatro años empecé a escribir esta columna-no-columna desde uno de mis extremos, inspirada, como siempre, por Leila Guerriero. Y aquí estoy otra vez, en ese estilo que había desechado por miedo a ser 'demasiado vulnerable'. Pero cuando veo por milésima vez 'Miss Americana', el documental de Netflix que explora la vida de Taylor Swift después de que su mundo explotó enfrente de millones de personas, me doy cuenta que el cierre es una declaración de amor a la vulnerabilidad: 'quiero seguir teniendo una pluma afilada, piel delgada y el corazón abierto'.

'Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto que amo) no habré mentido. Por supuesto, no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre'.

Es 23 de junio, es aniversario de la muerte de B y en mi timeline aparece un tuit de @ladesposeida, una cuenta homenaje a Ursula K. Le Guin: 'Para encontrar un mundo, tal vez tienes que haber perdido uno'. Dos días antes lo sueño abrazándome, y despierto pensando en ese nuevo mundo que habitamos, que habito. En las desveladas que han llegado, en las flores que han crecido y en los mundos que he construido después de que perdí aquel en el incendio.

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