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Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo Domingo XXXIV del tiempo Ordinario Ciclo B

Palabra dominical

FAUSTINO ARMENDÁRIZ JIMÉNEZ, , actualizada 08:07 🕚
Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo Domingo XXXIV del tiempo Ordinario Ciclo B

"Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad.

Todo el que es de la verdad, escucha mi voz".

(Jn 18,37)

Este domingo la Iglesia cierra una etapa más en la historia de Salvación, Dios se ha hecho presente entre nosotros a lo largo del año; si la Providencia Divina lo permite, en una semana inauguraremos un nuevo año litúrgico y los domingos posteriores los dedicaremos a preparar la Navidad (tiempo de Adviento) y a celebrarla. Pero ahora nos toca cerrar el año, y la Iglesia lo hace con la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Cristo, Rey del Universo. No se trata de una fiesta muy antigua; la instituyó Pío XI en 1925.

¿Por qué quiso Pío XI subrayar este aspecto? Para comprenderlo hay que recordar la fecha de la institución de la fiesta: 1925. La Primera Guerra Mundial ha terminado hace siete años. Alemania, Francia, Italia, Rusia, Inglaterra, Austria, incluso los Estados Unidos, han tenido millones de muertos. La crisis económica y social posterior fue tan dura que provocó la caída del Zar y la instauración del régimen comunista en Rusia en 1917; la aparición del fascismo en Italia, con la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922, y la del nazismo, con el Putsch de Hitler en 1923. Mientras en los Estados Unidos se vive una época de euforia económica, que llevará a la catástrofe de 1929; en Europa, la situación de paro, hambre y tensiones sociales es terrible.

Ante esta situación, Pío XI no hace un simple análisis socio-político-económico. Se remonta a un nivel más alto, y piensa que la causa de todos los males, de la guerra y de todo lo que siguió fue el "haber alejado a Cristo y su ley de la propia vida, de la familia y de la sociedad"; y que "no podría haber esperanza de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de Cristo Salvador". Por eso, piensa que lo mejor que él puede hacer como Pontífice para renovar y reforzar la paz es "restaurar el Reino de Nuestro Señor". Las palabras entre comillas son tomadas del comienzo de la encíclica Quas primas, con la que instituye la fiesta.

La posible objeción es evidente: ¿se pueden resolver tantos problemas con la simple instauración de una fiesta en honor de Cristo Rey? ¿Conseguirá una fiesta cambiar los corazones de la gente? Los noventa años que han pasado desde entonces demuestran que no.

Por eso, en 1970 se cambió el sentido de la fiesta. Pío XI la había colocado en el mes de octubre, el domingo anterior a Todos los Santos. En 1970 fue trasladada al último domingo del año litúrgico, como culminación de lo que se ha venido recordando a propósito de la persona y el mensaje de Jesús.

Ahora, la celebración no pretende primariamente restaurar ni reforzar la paz entre las naciones, sino recordar el triunfo de Cristo y su Evangelio.

Generalmente esperamos de la homilía que nos ilumine y nos anime a ser mejores, a vivir de acuerdo con la enseñanza y el ejemplo de Jesús. La fiesta de Cristo Rey exige una actitud distinta. Lo importante no es aprender, sino reconocer en el Mensaje de Jesucristo la Verdad sobre el misterio de la Vida Humana. Al mismo tiempo, el sentido primitivo de la fiesta encaja perfectamente con la situación que vivimos hoy de problemas sociales, económicos y políticos, como consecuencia de un sistema que nos ha hecho creer que para ser feliz se necesita tener más; este sistema ha generado desigualdad, dependencias, esclavitud y desilusión.

No podemos ser ingenuos en las soluciones, a tan complejos fenómenos que el cambio de época nos presenta, pero tampoco podemos negarle la razón a Pío XI: si el mundo viviese de acuerdo con el Evangelio, nuestro mundo, seguramente, sería distinto.

*El autor de esta colaboración es Arzobispo de Durango.

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