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La curva del deseo

Sorbos de Café

MARCO LUKE, , actualizada 08:29 🕚
La curva del deseo

La cinta asfáltica se extendía debajo del puente.

Todo era claridad, de hecho, puedo decir que el recorrido sería seguro, donde las promesas de la moral pagaban el peaje.

Ya no me quedaba tiempo para tomar una decisión: seguir hacia adelante, o inclinarme hacia la curva que antecedía al horizonte.

Para cualquier terrenal solo habría una opción, seguir la claridad, continuar por el camino de siempre.

A pesar de la tarde cayendo detrás de las montañas, la luz se esforzaba por mantener iluminada aquella recta y prometía hacerlo el resto del camino.

Optar por desviarse del camino era una locura.

La curva no solo podría extraviarme, sino que, su oscuridad, paralela al atardecer, ensombrecía desde su inicio, asociada a una neblina espesa que no dejaba ver a más de un par de metros de distancia.

Pero algo me atrajo a ella, y en cuanto entré, el calor se acumuló debajo de mi cintura.

Sin pensarlo, estaba atrapado dentro de esas curvas, recorriéndolas a una velocidad que podía medirse en centímetro por hora.

Prácticamente con los ojos cerrados, comencé a disfrutar del camino y a desvanecer el miedo con el olor de la hierba mojada asediando el contorno de la vía.

Tuve que detenerme, pero el motivo no obedecía a la falta de seguridad de la rúa, absolutamente fue un deseo incontrolable de quedarme en ella.

El atardecer se desesperó, y dejando una última chispa de su luz sobre el pico de una montaña abandonó la carretera para siempre.

Supo de mi elección, pero nunca justificó mi locura de amar a ciegas.

Elegir un rumbo sin saber el destino, no es de locos, es de enamorados.

Descendí de mi cordura sin importar que un repentino viento golpeara mis sentidos. Es irónico que ahora ese aire casi homicida hoy sea una necesidad, o más bien, una adicción.

De pie justo en medio del asfalto, mis pies caminaron sin voluntad buscando el vapor exhalado por una respiración que me atraía poderosamente.

Casi de inmediato supe por los aullidos de los coyotes, cada vez más cercanos, que no había salida, y que, sin dudarlo, terminaría devorado por su insaciable ferocidad o a causa de los besos de unos labios desconocidos.

De cualquier manera, jamás llegaría a mi destino.

Para liberarme de todo posible rencor, a cada paso iba perdonando ofensas futuras, porque sabía del riesgo latente en esa curva del deseo.

Porque estaba casi seguro de mi decisión, aunque esto significaba dejar el alma vagando por siempre flotando sobre las flores incoloras, resquebrajada y mezclada en la tierra de la ladera.

Me sentí un tanto conmovido y protegido al ver a lo lejos una torre blanca sosteniendo en su cima una cruz del mismo color.

Con algo de suerte, sería ese el lugar donde descansaría mi decisión una vez que estuvieran satisfechos mis instintos.

Sin contar con ninguna certeza sobre el futuro, únicamente el hecho de saberme abrazado por alguien que nunca conocí, desertar de la falta de pudor nunca fue una opción.

Con la finalidad de igualar condiciones, una vez que la carretera se me mostró tal y como era, me desnudé, y dejamos en algún acotamiento lo último que le quedaba de combustible a la vergüenza.

Si algún día decidía regresar de donde vine, primero tendría que resucitar, porque ya habías tomado mi vida entera.

Nunca estuve tan seguro de que las brujerías existían, pero tampoco fue opción buscar la manera de quitarme el conjuro esclavizador de tus palabras.

Dejando a un lado escepticismos, nunca existirá un enajenamiento más poderoso que aquel del que uno mismo decide beber su brebaje.

Por eso vi aquella cruz, porque sabía que tú no me querías matar, sino que yo deseaba morir en tus curvas.

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