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ALBERTO GONZÁLEZ DOMENE
dom 18 nov 2018, 11:48am 4 de 4

Instituto Francés de La Laguna a 80 años de su fundación

Patio central de la finca de los Hermanos Lasallistas, con alumnos reunidos (antigua casa de Don Luis Paparelli).


'ALMA MATER'

SEGUNDA PARTE

Mención independiente hago de mi maestro de música zacatecano, Don Manuel Serrano, que, sin ser hermano lasallista junto al "Hermano Navarrete", nos enseñó el arte de la Música, y quien en la orquesta infantil nos dirigió interpretando innumerables obras populares y clásicas, incluyendo fragmentos de óperas de autores famosos. A él le debo haberme presentado en 1947, a los doce años de edad, como integrante de la Banda Municipal de Torreón en la Plaza de Toros. Allí, sobre las gradas - parado en una silla por mi corta estatura de niño - toqué en la trompeta el "solo" de "La Virgen de la Macarena", mientras partía plaza el inolvidable diestro español Manuel Rodríguez "Manolete".

Los inicios de los años cuarenta eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y México, forzado a participar en ella, se militarizó, por lo que nuestro Instituto tuvo que hacer lo mismo al grado de que - siendo niños y jóvenes adolescentes todos nuestros compañeros - nos vimos obligados a cargar el fusil durante entrenamientos, marchas y desfiles. No obstante, mientras mis compañeros marchaban teniendo al frente tres bandas de guerra, a mí me ordenaron pararme, arriba de un "Jeep militar" como "corneta de órdenes", bajo el mando del entonces Coronel Orozco que llegó General. Así obedecía la tropa todas mis llamadas que ordenaba el Coronel.

El primer aprendizaje en la trompeta se lo debo al Hermano Luciano Ríos Hernández, maestro de Inglés apodado "el teacher", director de nuestras "bandas de guerra y música", quien años después se volvió "bibliotecario" y me ayudó a organizar la "Biblioteca Manuel José Othón" en 1975, fundada por el "Centro Cultural de La Laguna" A.C. cuando fui su presidente y director de la Casa de la Cultura de Torreón.

Antes de terminar, reitero los cimentados valores que heredé de nuestros padres y abuelos, esa fe compartida con el Instituto, que a la par inculcamos en nuestras cinco hijas; no obstante, debo agradecer también a los insignes hermanos lasallistas todo lo que aprendimos de ellos; por ejemplo, la enseñanza de las humanidades y de las ciencias, pero sobre todo, la virtud de la fe sin la cual nuestra vida habría carecido de sentido y de sustancia habiéndonos desarrollado sin un derrotero adecuado.

Finalmente, recuerdo que en aquel tiempo algunos de nosotros nos iniciamos en el periodismo estudiantil al fundar el semanario "Simiente", órgano de información dentro del Instituto y que fue la base de un periodismo futuro practicado por algunos de nosotros.

Volviendo a hacer referencia al orden y a la disciplina aprendidos en la niñez, pongo énfasis en que antes que le dijéramos adiós a nuestro Instituto, durante esos largos y pacientes años infantiles y juveniles, transcurrieron miles de días de aprendizaje y más de cien mil horas de estudio, de las siete de la mañana a las cinco de la tarde, todos los días. En esos diez años consecutivos, aprendimos a mortificarnos en aras del cumplimiento del deber, a excepción de los días de asueto. Todos los lunes, los alumnos debíamos vestir camisa azul y pantalón blanco para hacer honores a nuestra enseña patria. Los viernes recibíamos nuestras calificaciones de materias estudiadas y aprendidas, así como el resultado de nuestro comportamiento, traducida nuestra conducta en diplomas de excelencia, de honor o reporte de boleta si nos portábamos mal. Todo lo debíamos entregar semanalmente a nuestros padres para que advirtieran las calificaciones de nuestro aprendizaje. Los sábados, plenos de felicidad, los ocupábamos en practicar varios deportes (futbol, basquetbol, volibol, beisbol, espiro, etc). Sólo los domingos y días festivos los dedicábamos a descansar y a convivir plenamente con la familia.

Como mencioné en un principio, antes de comenzar los dos meses de vacaciones anuales - julio y agosto - en el campo deportivo de la institución, durante las fiestas de fin de curso, nos enfundábamos en nuestro uniforme de gala - saco y pantalón azul marino - para desfilar marcialmente ante nuestras familias y público presente para después pasar a competir en varios deportes, incluyendo olímpicos.

Finalizo mencionando las inolvidables fiestas nocturnas de la entrega de premios en el Teatro Isauro Martínez donde la coral y la orquesta interpretábamos lo mejor del repertorio y, alumno por alumno, clase por clase, recibíamos, ante numeroso público familiar, las medallas de aprovechamiento. Eran momentos felices porque en esa noche se nos abrían las puertas del descanso vacacional.

Termino estos viejos recuerdos mencionando parte del poema "Despedida" - del Padre Coloma - que me correspondió decir a mis compañeros de tercer año de secundaria cuando, a los quince años de edad, nos despedimos de la institución poniendo punto final a nuestra odisea educativa. Lo resumo, si no me traiciona la memoria, en el primer verso dirigido a la Virgen María:

"Oh dulce recuerdo de mi vida bendice a los que vamos a partir…"

(Otros versos que mal recuerdo me vienen ahora a la memoria):

"Lejos de aquestos tutelares muros, los compañeros de mi edad feliz ¿no serán a tu amor jamás perjuros?, ¿conservarán sus corazones puros?, ¿se acordarán de ti…?

"Mas siento al alejarme una agonía, cual no la suele el corazón sentir, en palabras de joven que confía, siento, no sé que siento Madre mía, por ellos y por mí…"

Hoy, en la celebración de este octogésimo aniversario, doy las gracias a Dios, a mis padres, a mi esposa y a mis maestros por haberme permitido conocer una escuela sagrada: el Instituto Francés de la Laguna.

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Patio central de la finca de los Hermanos Lasallistas, con alumnos reunidos (antigua casa de Don Luis Paparelli).
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