Durango
Con información de Agencias
dom 9 dic 2018, 7:24pm 26 de 26

Caravana de historias familiares

Caravana de migrantes centroamericanos rumbo a Estados Unidos. Foto: EFE/Luis Villalobos


De la resignación a la esperanza

Su recorrido la llevó a buscar en fosas clandestinas, a caminar la frontera desde Tijuana hasta Reynosa, asegura conocer cada oficina migratoria, todos los espacios en los que pudo haber estado su descendiente.

Hace seis años una madre despidió a su hijo con un beso. Él salió de Honduras en busca de dólares, del “sueño americano”. Jamás regresó.

Desde entonces, Nora Liz Robles Hernández ha seguido los pasos de su hijo. La huella del que fue rumbo al norte se pierde en Ixtepec, Oaxaca, en el sureste de México. En ese lugar hay un registro migratorio de Cristhian Ramón Robles y una fotografía; a partir de allí, nada.

Nora recorrió carreteras convulsas en las que está latente la amenaza de las organizaciones criminales; se trepó a La Bestia”, tren cercenador y asesino; buscó debajo de sombreros la cara de su hijo pero sin resultados, no hay señales ni respuestas.

“Cristhian tenía 33 años, era un joven con ganas de salir adelante”, su madre habla de él en pasado, su corazón le dicta que murió. Lo único que le queda, dice, es buscar sus restos, conocer su destino y esperar por la resignación que tanto ha suplicado.

Cada día lucha por revivir la esperanza que le de fuerza para seguir con las pesquisas. Pidió ayuda para dar con el paradero de su vástago, se entrevistó con diplomáticos, el último le prometió poner alma, corazón y vida en la búsqueda pero de eso, asegura, nunca vio nada.

También viajó a la Ciudad de México para dialogar con instituciones dedicadas a los Derechos Humanos. En esas oficinas no encontró apoyo y mucho menos pistas para localizar a su hijo, sí halló, a cambio, que su imagen fuera utilizada con fines políticos: “Para tomarse la foto y ya”.

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Migrantes en La Bestia. Foto: El Universal / RCCs

BAJO TIERRA

Su recorrido la llevó a buscar en fosas clandestinas, a caminar la frontera desde Tijuana hasta Reynosa, asegura conocer cada oficina migratoria, todos los espacios en los que pudo haber estado su descendiente.

Nora es viuda. Tiene tres hijos más, todos varones. Uno de ellos vive en Estados Unidos, “es ciudadano americano”, dice con orgullo; ella vivió de manera ilegal con él pero después de algunos meses las autoridades la deportaron y los separaron. Como él era menor de edad tuvo que vivir un año en un centro migratorio.

Ahora, tras su liberación, logró reunirse con uno de sus hermanos y los dos esperan al resto de la familia que viaja en la caravana migrante en una última oportunidad para llegar a Estados Unidos y de paso buscar a Christian.

Nora, su hijo y su suegra anciana y ciega avanzan en la caravana. Aprovecharon la oportunidad de ir acompañados y así evitar peligros. La mujer explica que no podría perder a otro de sus retoños, eso la “terminaría de matar”.

“Qué hacemos en Honduras, nada, no tenemos a nadie, cuando lleguemos nosotros mi hijo mandará dinero para que también sus hijos vayan a Estados Unidos y así estaremos todos reunidos allá”, explica Nora en una carretera en la frontera de Chiapas y Oaxaca en la que espera un “jalón”, un “aventón” que les permita dar un salto en su viaje en el que aún quedan mil 700 kilómetros por avanzar.

Quiere iniciar una nueva vida allá en “la tierra prometida”, olvidar la pobreza y la violencia, terminar al fin la búsqueda del que partió y no volvió, enterrarlo de manera simbólica y encontrar paz en compañía de sus nietos.

/media/top5/Caravana02.jpg Foto: EFE / Shenka Gutierrez

“He llorado tantas noches, me estoy quedando ciega, esta es la última vez que busco a Christian y también que intento pasar del otro lado, estoy cansada”, comparte.

TERRIBLE

Originarios de El Salvador, Azucena Marisol, su esposo y sus dos hijos viajan en la caravana migrante en busca del llamado sueño americano. Allá esperan tener un buen trabajo y alcanzar una mejor calidad de vida, algo que su país de origen no les ha dado.

Han dejado atrás la capital poblana, continúan su camino rumbo al norte del país. Azucena explica que tomaron la determinación de salir debido a que la situación en su patria es terrible, con mucha delincuencia. No pueden trabajar tranquilos, aunque tengan su propio negocio, debido a que los extorsionan.

“De ahí que decidimos venirnos con los niños, la niña de siete y el niño de 11 años, en el caso de mi esposo, que también viaja con nosotros, él se dedicaba a la panadería, pero por la delincuencia ya mejor no”, relata.

Hasta el momento no han caminado tanto debido a que les han dado “jalón”, es decir, han conseguido que los trasladen en vehículos particulares o camiones, además de que han recibido un buen trato.

“Es difícil viajar con los hijos porque cuando se tiene uno que subir a los camiones de transporte no sabe uno cómo hacerle, pero en muchas ocasiones nos dan preferencia a las mujeres a que suban con los hijos”, expone.

La salvadoreña refiere que su hijo se ha resfriado por los cambios de clima, pero médicos lo han revisado y recetado para que se mejore (mientras la plática se desarrolla el menor tose varias veces), además, la niña estuvo mal del estómago.

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Migrantes llegando a la frontera México - Estados Unidos. Foto: AFP

Con una ligera risa, Marisol añade que su esposo también se ha enfermado de gripe y hasta fiebre tuvo. Esos han sido los problemas que han tenido debido a enfermedad.

“Primero Dios esperamos poder entrar a Estados Unidos, en donde buscaremos pasar”, menciona con gran ilusión. Todo se reduce a un horizonte en el que ella, su pareja y su descendencia tengan una mejor vida.

Azucena también se dedica a la elaboración de pan. Le gusta hacer piezas de dulce y pan francés, así se le conoce en su tierra y en algunos sitios de México, en otros se le llama torta.

La comida que ha encontrado en territorio mexicano es muy distinta a la que se estila en las cocinas salvadoreñas. Una de las diferencias más notorias es que los platillos llevan más chile, no obstante, sus hijos ya empiezan a acostumbrarse a ese picor.

Los menores ven a la caravana migrante como un paseo y se la pasan buscando la manera de divertirse, Por ello no sufren tanto, toman su viaje a Estados Unidos como si fuera una excursión. Cuando encuentran un sitio adecuado para ello, se meten a bañar a los ríos y se la pasan muy contentos, chapoteando en el agua.

Así son las historias que se encuentran en el contingente que ha salido de lugares al sur del río Suchiate en busca de oportunidades de bienestar. La única diferencia con respecto a quienes los antecedieron es que esta vez se reunieron por miles para minimizar los riesgos de viajar sin otra protección que la bendición de sus seres queridos.

Caravana de migrantes centroamericanos rumbo a Estados Unidos. Foto: EFE/Luis Villalobos
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