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FCO. JAVIER GUERRERO GÓMEZ
lun 17 dic 2018, 8:49am 3 de 32

Antes de la Navidad



LETRAS DURANGUEÑAS

Los claros ojos de la muchacha repentinamente se fijaron en mí. La ilusión creció, abonando la tierra del sentimiento, perdí la noción de lo que me rodaba. El plato siguió dando vueltas como bailarina de ballet, alguien dijo el número que me correspondía. Mi vista estaba ida, era una golondrina en busca de aquellos ojos. ¡Prenda, prenda! Fue el grito de júbilo de mis compañeros de juego, grito traidor que hizo que aquellos ojos se separaran de los míos. No pude tomar el plato antes de que terminara su bamboleo, había perdido, busqué en mi bolsillo algo que me amparara. Qué importa el castigo si me vuelve a mirar. Entregué mi llavero, como si ahí estuviera la llave para volver abrir aquellas miradas.

Era la octava posada. Habíamos rezado el rosario y cargado los peregrinos, ahora departimos en los juegos familiares. Tal vez en otra parte estaría el baile en todo su apogeo, en Fresnillo se había detenido el tiempo y la tertulia era por demás apegada a las costumbres. El Nacimiento ocupaba la mitad de la sala, habíamos dejado el portal de Belén a los desventurados padres, que esperaban a ese hijo que vendría a cambiar al mundo. Todavía estaba incompleto el misterio, faltaban 24 horas para que llegara el Niño Dios. Yo estaba demasiado grande para que en mis zapatos amanecieran juguetes. Los pastorcillos escalaban cerros cubiertos de musgo y heno, los animalitos buscaban el pesebre. Tres Reyes Magos seguían la esperanza en la estrella del Oriente que coronaba la altura del Nacimiento. La Virgen María irradiaba pureza y nos abarcaba en su bendición, mientras que San José soportaba todo a sabiendas que la paz estaba tan cerquita de su corazón.

Fueron perdiendo cada uno de los invitados. Una señora gorda recogía las prendas, las ocultaba bajo su delantal, luego se tentó la suerte de cada jugador al otorgarle una sentencia. "Que me castiguen con la fuerza de esa mirada", pensaba yo. Mientras la dueña de esos ojos y ya también de mis pensamientos, hacía hasta lo imposible por evitarme.

-"Que cante al revés", fue la primer sentencia. Un amigo bobalicón dijo: Es mi prenda, pasó al centro del salón y trató de cantar al revés, arrancando la hilaridad de los presentes: Ay somav odnagell a omajnéP...

-Pida Maravillas, de rodillas. Los tiranos respondían, Cuando la niña rogaba Maravillas y más maravillas... -que siga de rodillas. Enamorado empedernido de las rodillas femeninas dije frente a todos -Levántate niña que vas de rodillas, una rechifla me perforó los sentidos.

Fue pasando cada quien a salvar su prenda, Los demás engullíamos el bolo (aquí aguinaldo) después de contarle a la madrina. Ándale y ándale no te dilates, con la canasta de los cacahuates. Ándale y ándale sal del rincón con la canasta de la colación.

Algunos por rescatar su prenda salían a la calle a gritar "Estoy loco o ayer me oriné en la cama". Otro tomaba varios vasos de agua. En fin, todos sembrábamos la alegría y la espiga del amor resurgía en ese niño que a solo 24 horas vendría al mundo.

Alguien dictó la siguiente sentencia: Que saquen dos prendas, una de hombre y otra de mujer, para que hagan la semana del amor. Entre tanto mis sentidos captaban el olor a tamales calientes, a buñuelos y a champurrado. La sala se cubría de confeti, serpentinas, cáscaras de naranja y de cacahuates... Mi llavero brilló en la mano de la señora gorda, al mismo tiempo que un guante blanco pequeñito y fino como todas las prendas femeninas. Creo que hasta me quemé con el poche de la emoción y la caña como que me supo más dulce. -Es mío, dije y me encaminé al centro de la sala, el tiempo comenzó a estirarse, nadie reclamaba la otra prenda, mi corazón latía más de prisa, comenzaron a sudarme las manos.

-Es de Lucía, gritó llena de júbilo una niña que buscaba la reanudación del juego. La luz se hizo más intensa, los foquitos intermitentes desde el Nacimiento quedaron estáticos, creo que hasta los pastorcitos de barro voltearon a mirarla. La semana del amor consistía en pararse de espaldas la pareja y se decían uno a uno los días de la semana, al nombrarlos se volteaban al mismo tiempo, si era al mismo lado era un beso en la mejilla de la dama, si era al otro lado, una cachetada al varón

Lunes, cada quien por su lado, levemente tocó el rostro, no con la clásica cachetada, sentí que era la mano del Ángel que custodiaba a los peregrinos. Martes: La mala suerte me perseguía. Eso lo había notado desde la hora que quebramos la piñata. No quiero oro ni quiero plata, yo lo que quiero es quebrar la piñata, y uno de los tepalcates se cobró tributo al caer en mi cabeza, otra suave cachetada. Miércoles: El colmo, otra caricia casi sin tocarme. Jueves: la risa resurgía de las demás personas, ellos envidiaban mi lugar, Ellas, bueno ellas tranquilas. Cachetada. Viernes, al fin el Arcángel Gabriel, quien viendo que me era imposible hacer trampa, no había espejos, ni espías, las esferas de colores estaban lejos que solamente proyectaban el rojo encendido de mi corazón, me dio una ayudadita y volteamos al mismo lado. ¡Dios mío! Qué cerca sus ojos, había llegado a mí la estrella del oriente. Tímido mi labio aventurero apenas rozó la mejilla de aquella dama. El cielo abría sus puertas y la vida hacía explosión. Sábado, ya ni importaba nada, aunque sentí que la cachetada era con más fuerza, Mi triunfo está hecho ¿Quién podría borrar el instante de aquel beso? Domingo, final de fiesta, se alejó de mí, dejándome en un desierto. Me perdonó la última cachetada.

Así como llegó se fue, en el bullicio de la siguiente víctima que serviría de escritorio a un juez austero y recio. Se fue, por más que mis ojos la buscaban inútilmente. Salí a la calle con la algarabía de un grupo de amigos, la melancolía llenaba mis pensamientos, solamente la esperanza del nuevo día, el de la aventura final: la última posada y el nacimiento del niño me incitaban, con una luz discreta de ilusión, de que volvería a ver los ojos claros de Lucía.

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