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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 31 dic 2018, 9:40am 8 de 16

2019, el año en que volveremos a leer a Amado Nervo



LETRAS DURANGUEÑAS

De hecho, nunca se fue del todo, como los auténticos artistas. Todavía se recomienda –aunque cada vez menos, hay que admitirlo- para cumplir con algunas tareas escolares, o se declama de vez en cuando en algunas celebraciones y homenajes especiales, como cuando en la primaria 4, José Ramón Valdez, allá por los años setentas, se nos hacía memorizar el conmovedor y reconocido poema “En paz”. Pero también es cierto que, por fuera de los limitados círculos institucionales, en el año que apenas comienza se volverá a leer merecidamente a Amado Nervo en ocasión del primer centenario de su fallecimiento (1870-1919). Y de seguro –ojalá que así sea- se recordará su verdadero lugar en la literatura mexicana, e incluso en los horizontes más anchos de la lengua española. Y así abandonarán sus libros el viejo armario en donde los dejaron nuestros padres o abuelos, o la infaltable tía devota de la poesía sentimental. Porque eso tienen de bueno los cumpleaños de quienes ya se fueron: las personas regresan con la forma de vida que les da nuestra memoria…y nuestra lectura.

¿Quién fue Amado Nervo?, apuntemos aquí para contextualizar mejor el tiempo y espacio del personaje que nos ocupa. Nació en Tepic, y muy pronto radicó luego en Michoacán, donde realizó sus primeros estudios; incluso ingresó al Seminario, que dejaría una huella notable en su vida y en su obra (probablemente de ahí surgirá su afición al latín, que identificará no pocos de los títulos de sus poemas). Comienza a publicar en revistas y periódicos, la Revista Azul, la Revista Moderna, para después desempeñar cargos en el servicio exterior mexicano. En Europa conocerá personalmente a Rubén Darío patriarca del Modernismo, corriente literaria en la que los especialistas han inscrito asimismo al vate mexicano.

Su fama lo ubica ya entones como el poeta más importante de su país, según Ramón López Velarde (aquí cito a Octavio Paz). Y por su parte don Alfonso Reyes, el manda más de nuestras letras, permítaseme la expresión de sincera admiración por el maestro regiomontano, le dedicó entre otros renglones una hoja crítica que resume espléndidamente el sentido profundo de la producción de Nervo: “Su misticismo eclesiástico de la infancia, cargado de arte católico y ensombrecido a veces por las alas negras de Kempis, también se va resolviendo en una sustancia transparente y abstracta, donde se confunden la dulzura franciscana, el sacrificio de Cristo y la renuncia de Buda (Obras completas, tomo XII, pág. 266). Al final de su comentario don Alfonso alude a la popularidad del nayarita, y eso nos lleva a otras líneas, ahora del también imprescindible José Emilio Pacheco, quien en la presentación de nuestro autor (Poesía mexicana, 1821-1914), además de recordarnos que la muerte de Ana Cecilia Luisa Dailliez –el gran amor del poeta- habría de influir hondamente en su escritura, advierte que “A pesar de la reivindicación iniciada en 1968 por Manuel Durán (Genio y figura de Amado Nervo), no recibe aún el sitio que merece por sus primeros libros, de Perlas negras (1898) a Los jardines interiores (1905). Este otro Nervo es el poeta central de la lírica mexicana en el cambio del siglo, dueño de una variedad temática y una habilidad rítmica que nadie igualó”. ¿Pagó tan caro Amado Nervo la amplia difusión de su obra, ser una especia del poeta del pueblo, que desvió en definitiva la atención de los valores más altos de su poesía? ¿Cuál es el mérito mayor de su lírica? Son algunas de las cuestiones que posiblemente se abordarán durante los meses que siguen. Como muy probablemente se acudirá asimismo a la conferencia que Borges dedicó al mexicano a finales de los sesentas, y cuya transcripción –antes dificilísima de encontrar, si no fuera en un número de hace varios años de la revista Proceso- se puede ahora localizar gracias a San Google. El exigente y enciclopédico autor de “El Aleph”, dice la nota adjunta al texto de referencia, le recitaba los versos de Nervo a Elsa Astete, según los recuerdos de su esposa en ese tiempo. ¡Quién lo dijera! Y a este breve recuento, habría que sumar la agradable novelita epistolar que escribió la encantadora Guadalupe Loaeza, junto a Pável Granados, a propósito de la vida amorosa de Nervo: “La última luna”, publicada hace muy poco.

En todo caso, Nervo continuará siendo el poeta más querido, leído y recitado entre nosotros, en la medida en que puede serlo un escritor de un país alejado de la lectura, porque el vate con ese aire sacerdotal que le animaba siempre supo tocar el alma y el corazón de las mayorías, y algo quedará –digo yo- de aquella fidelidad literaria de las dos o tres generaciones pasadas (que sensiblemente lo despidieron en varios países, mientras avanzaba el barco que lo traía a su tierra, sin vida, de Montevideo, Uruguay).

Finalmente, “decir” a Amado Nervo con inspirado acento, llamarlo en la reunión de amigos y familiares, era parte de un buen gusto que por desgracia lentamente se ha ido desvaneciendo. Su palabra elevada era una buena compañía en el trasiego y la dureza de los días. Qué bueno que volveremos a escuchar sus luminosos versos en el México de los inicios del siglo XXI, lleno de desastres de toda índole. Una voz que tanto se necesita, tanto como el agua clara y espiritual.

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