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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 4 mar 2019, 8:56am 20 de 32

Los clásicos siempre traen novedades



LETRAS DURANGUEÑAS

Nada mejor que la legendaria obra homérica -o como quiere Borges, la tradición literaria que llamamos “Homero”- para representar justamente aquella útil definición de “Clásico”: es un libro –señala- que nunca termina de decir lo que tiene que decir ¿No se ha dicho, también, que no hay nada más viejo que el periódico de ayer, y nada más reciente que los poemas del griego? Fraguada todavía con mayor elegancia intelectual, ha quedado para nosotros una frase plena de sabiduría: la Ilíada y la Odisea pudieron haberse escrito hoy por la mañana.

¿De dónde procede, agregamos, tal influjo recreativo? De una virtud que ha perdurado a través de los siglos, más allá de la mezcla que mantuvo alguna vez unidos los muros de Troya: la palabra poética. El canto inagotable que prolongaron los rapsodas. Porque ese es precisamente el punto de partida y de llegada de la trascendencia de Homero, la labor recitativa que recobra los relatos, entre leyenda e historia, de la caída de la ciudad gobernada por Príamo y, después, el largo viaje de regreso de uno de los principales jefes guerreros vencedores.

No es esta la oportunidad para revisar la célebre “Cuestión homérica”, por más atrayente que sea siempre el asunto sobre los orígenes del poeta y la discutida autoría de las dos piezas fundacionales del canon occidental. Digamos, al menos, algo a propósito de lo que nos ha sugerido la lectura personal de las mismas.

Una primera reflexión tendrá que ver con la guerra, la crisis que revela todo el poderío del hombre en una situación límite. Es el tiempo de perder o ganar la vida, evidentemente más considerable que el territorio o los trofeos conquistados. Lo saben bien Héctor y los suyos; lo saben asimismo Agamenón y Aquiles, Odiseo (Ulises, para los romanos) y Áyax. En la batalla –o en sus días previos- el guerrero es la cualidad que lo define: fuerza, talento, capacidad analítica. Y su arraigada voluntad de nunca olvidarse de los dioses. Somos, según una de las muchas lecciones homéricas, lo que las divinidades designan. Una de las claves del triunfo de los aqueos, que no se puede soslayar, es por ejemplo la actitud que asume Agamenón –el rey de reyes- cuando se ven acosados y batidos en retirada por los troyanos: calcula objetivamente su desfavorable circunstancia, pide el consejo de sus lugartenientes, condesciende ante la ira de Aquiles, a quien sus enviados le piden que retorne a la contienda, todo implorando -por supuesto- la ayuda de los dioses.

La figura de Aquiles es omnipresente, hasta cuando temporalmente abandona la lucha. Como recordamos, Héctor, el mejor guerrero troyano y victimario de Patroclo, es vencido al final por el pelida. Si seguimos con fe la epopeya podemos encontrar aquí un paralelismo interesante: tanto Agamenón como Aquiles se mueven por razones afectivas; el primero decide atacar Troya para rescatar a Helena, la esposa de su hermano Menelao y que había sido raptada por Paris; Aquiles, por su lado, vuelve al combate solamente con el fin de vengar a su amigo. Citemos dos o tres versos que vienen al punto: “-Te saludo, ¡oh Patroclo!, aunque estés en la casa del Hades. /Ahora voy a cumplirte las cosas que te he prometido./Arrastraré, para darlo a los perros, el cuerpo de Héctor/ y ante tu pira a doce hijos de generosos troyanos/ cortaré la cabeza, ¡tal ira me ha dado tu muerte!”

Antes de pasar brevemente a otro personaje, vale la pena tener en cuenta que el hijo de Tetis estaba destinado a morir en Troya. El héroe elige así la gloria. De ahí la grandeza de su tragedia.

La participación de Odiseo en la guerra es, sabemos, determinante. El rey de Ítaca tiende la trampa del famoso caballo a los troyanos. Y ese paso sintetiza su personalidad: su mejor arma es la astucia. Estamos, pues, frente al guerrero más ingenioso de todos, de acuerdo a la propia calificación de Homero. Estamos asimismo ante el protagonista principal de la segunda obra del poeta, que por cierto es visto por los especialistas en el tema como el personaje más humano –literalmente demasiado humano- de los caudillos reseñados. Su modernidad ya es la nuestra. Pragmático, con la mirada bien puesta en su patria, Odiseo anticipa de algún modo a Maquiavelo: lo que verdaderamente importa es el fin conseguido. En su caso, ganar… al sobrevivir. Y no le faltaron obstáculos para llegar a casa: la furia de Poseidón, los hechizos de Calipso, el imponente Polifemo, la travesía al país de los muertos, el canto de las Sirenas, los monstruos marinos.

Mientras ocurren los acontecimientos los lectores tenemos el privilegio de visitar el Olimpo. Observamos los esfuerzos de Zeus por proteger a los troyanos; Hera y Atenea lo hacen a favor de los griegos. De hecho, no sería desproporcionado considerar a esta última como el segundo personaje más importante de la Odisea. Al recorrer entonces las páginas de ambas obras –observando como la mitología se entreteje con las tramas relatadas- poco a poco descubrimos otra verdad profunda: los auténticos dioses son los seres de carne y hueso, y las divinidades meros proyectos de hombre (caprichosos, de primitivos impulsos, apenas manteniendo un orden elemental en base a la jerarquía del poder). El valor, la ternura, la gratitud, el respeto a los viejos, el sentimiento que ahora llamamos amor, la práctica sincera de la hospitalidad, la humildad, la dignidad, el cariño a los hijos, el buen trato a los animales, la añoranza por al lugar que abandonamos, son todas –reafirmamos con Homero- manifestaciones humanas, no divinas. Cuando, después de cruzar mares y mares, luego de veinte años, Odiseo se encuentra al final con Telémaco, la voz conmovida del vate describe: “…y abrazaba a su padre/ y lloraba y gemía vertiendo muchísimas lágrimas/ y a los dos un afán de llorar les subía del pecho, /…era tan lastimoso en los dos el llorar de sus ojos”

La Ilíada y la Odisea nos llegan del siglo VIII a. de C. Hablan de algo que probablemente sucedió hace más de tres mil años. Sin embargo, al escuchar su música verbal, vemos que Homero sigue siendo nuestro contemporáneo. Sus retratos y paisajes parecen eternos. Sus hexámetros continúan acompañándonos y siempre traen buenas nuevas.

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