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RICARDO ANDRADE JUÁREZ
lun 11 mar 2019, 10:12am 2 de 30

Con los ojos húmedos



LETRAS DURANGUEÑAS

¿Era una niña? No, ¿era una princesa? Tampoco. Era un ángel de mirada luminosa, de piel tersa y morena como la Virgen. Con su pequeña boca de voz celestial adornada de perlas. Sus grandes ojos eran dos estrellas. Su presencia llenaba de luz y de esperanza el inocente corazón del niño que, enamorado, sufría con su ausencia lastimándose el alma.

Pedro tenía seis años y Toña también. Él en la intimidad de su inocencia, guardaba aquél secreto. Nadie sabía de su sentimiento. Por las noches soñando con aquel inmaculado ángel, dormía con la firme esperanza de encontrarlo por la mañana en el manantial, cuando su madre lo mandara a traer el agua.

Pedro y su familia vivían en un pintoresco pueblito llamado Regocijo, enclavado en la Sierra. Las casas que amorosamente cobijaban a las familias, estaban hechas de madera, tenían grandes corrales donde bramaba la vaca y el gallo anunciaba el despertar del alba. Repartidas en el campo sin orden alguno, le daban al terreno un toque encantador de armonía, paz y vida. Por la mañana el humo de los hogares brotaba de los tubos que salían de los techos, formando una tenue nube azul que se deslizaba hacia la parte baja del campo. Muy temprano se escuchaban los sonidos del hacha partiendo la leña. El aroma de los alimentos cocinados para el almuerzo se esparcía por el lugar.

Era septiembre. Las abundantes lluvias habían propiciado el crecer de las plantas en las macetas hechas de tablas y botes de hojalata. Los tiestos colmados de flores pintaban los alrededores de las casas con brillantes colores. Los pequeños colibríes de radiantes plumas aumentaban la belleza.

Partiendo en dos el pueblo, corría la vía de rieles de acero por dónde llegaba, en aquellos días, el romántico tren movido por una negra locomotora de vapor. Con el silbido estridente espantaba las gallinas y los pájaros. A la llegada del tren, cargado de novedades, ocurría la gente a recibirlas. En un momento se llenaba de múltiples voces y de niños que asombrados miraban aquella mole de acero. Ellos llenos de esperanza de ver bajar con su canasta al agente de publicaciones quien les ofrecía los primorosos dulces de colores. El padre de Pedro le regaló un gran bastón de esponjoso caramelo, quien lleno de gozo, pensó en el destino que daría a aquél tesoro.

-Pedro, ¿qué hiciste del caramelo que te compré ayer? ¿te lo comiste todo? Convídales a tu hermana y a tu mamá.

Con disimulo y angustia tardó el niño en responder esperando que el tema cambiara, pero llegó el momento en que tuvo que contestar.

-Lo tengo guardado.

-¡Ve por él!

El chiquillo lo trajo envuelto cariñosamente en un papel de china blanco.

-No le has dado ni una mordida. ¿Qué, no te gustó? Vamos a repartirlo. -El padre sacó una navaja del bolsillo y empezó a cortar el caramelo. Pedro sentía que en cada corte se le partía el alma. Uno, dos, el dolor crecía, tres y quedo el tesoro hecho cuatro partes.

-Este es para tu mamá, este para tu hermanita, este para mí y el arco del bastón para ti.

Pedro oía crujir el dulce en la boca de la niña y en la de sus padres, disimuladamente envolvió aquel arco de dulce de colores en el papel de china blanco y fue a esconderlo donde nada más él sabía.

-Pedrito, -le llamó su mamá con el cariño que solía hacerlo- agarra los baldes y ve al manantial por agua.

Pedro, alborozado fue al escondite y sacó su tesoro y lo ocultó entre sus ropas. Corriendo por la vereda cuesta abajo llegó al manantial que estaba solo. Haciendo tiempo, despacio, despacio llenó los baldes. Ella no llegó. Muy triste emprendió el regreso. Había caminado unos pasos cuando se encontró con Albino.

-Quiubo Pedrito, ayer vide que tu papa te compró un caramelo, hay lo trais ¿verdá?

Alvino lo miró con los ojos brillándole de codicia, trataba de asustarlo. Pedro precavido bajó lentamente los baldes al suelo. Decidido a defender su tesoro, la embestida de Albino lo convirtió en una poderosa fiera. En la pelea rodaron los baldes, cayó el agua. A Pedro le brotó una fuerza descomunal. Albino sentía los golpes y araños de su adversario sin soltar la presa, la pelea se alargaba, el enemigo no cedía, pero el tesoro, defendido como una tigresa que defiende a sus cachorros, seguía en su lugar. A fuerza de golpes desistió el enemigo, emprendió la retirada limpiándose la sangre de la boca. Pedro llenó de nuevo los baldes y el tesoro que aún no llegaba a su destino, volvió a quedar en su escondite.

El arco de colores, celosamente guardado en su nido de papel de china blanco, hizo muchos viajes en el tibio regazo del niño. Todos los días esperaba con inquietud desbordante la voz de su madre para ir al manantial. Ella notó que hacía tiempo que Pedrito obedecía la orden con tal gusto que se sonrojaba y le brillaban los ojos. No ponía ningún "pero" y diligente, salía corriendo para obedecer la orden. Al regresar con el agua, algunas veces llegaba con la felicidad que le brotaba a raudales del alma. En otras ocasiones, la madre lo miraba lleno de tristeza, con los ojos húmedos. "Así son los niños", pensaba. El tesoro de pedro no pudo llegar a su destino, la intimidad esperada no se presentó. No obstante, a Pedro, el sólo verla, henchía su corazón de dicha.

Llegó el día en que Pedro tuvo que ser preparado para llevarlo a la escuela en Durango. El silbido de la locomotora acercándose a Regocijo anunciaba su presencia. El poco menaje que llevaba fue subido al carro de pasajeros. Pedro y su familia abordaron también. Sentado junto al cristal de la ventanilla escuchó el silbato que anunciaba la partida. Una tenebrosa obscuridad invadió su alma. Con la nariz pegada al cristal miró como poco a poco, fue quedando atrás el caserío. El inocente amor de niño que había convertido a Toña en un celestial ángel, le abrumaba el pensamiento. Empezaron a rodar en silencio por el cristal, las primeras lágrimas de amor de aquel pequeño. Con sus manos, apretaba contra su corazón el tesoro que con tanto celo había guardado. A su hermanita, ya le habían comprado un dulce que saboreaba dándole ruidosos chupetones. La madre se dio cuenta que Pedro no despegaba la cara del vidrio, apartándolo, miró las lágrimas resbalar por la superficie del cristal, lo abrazó amorosamente. Pedro ya no pudo aguantar más el llanto, protegido en el regazo de su madre, cimbraban su cuerpo estremecedores sollozos.

Ochenta y dos largos años tuvieron que pasar, para que aquél secreto olvidado en el rincón más obscuro del alma, volviera a despertar en el espíritu de aquel que un día fuera niño. Sacándolo a la luz, con sus ojos viejos y húmedos empezó a escribir...¿Era una niña?.... (texto publicado como un homenaje a su autor, el inolvidable Don Ricardo -enamorado de la vida y del bosque- padre de familia ejemplar y amigo extraordinario...y corredor de autos en la Carrera Panamericana-, a dos años de su sensible partida).

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