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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 8 abr 2019, 2:52pm 2 de 23

Saúl Rosales Carrillo, el lagunero enamorado de Sor Juana



LETRAS DURANGUEÑAS

No deja de sorprender el interés mantenido por la figura y la obra de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695). Porque si bien es cierto que su persona resplandece a través del tiempo, también es verdad que sus escritos requieren de al menos una regular preparación educativa y cultural que lleve a una mejor comprensión de los textos, debido a las características propias del castellano del siglo XVII como por las dificultades intrínsecas a la estética literaria de aquella época, sin dejar de lado las formas poéticas escogidas por la monja jerónima -redondillas, silvas, sonetos, etc.- y los giros lingüísticos que las animan.

Atrayente siempre, reconocida, pues, más allá de los ámbitos de las letras, su biografía y los episodios que de la misma se desprenden, describen a una Sor Juana que increíblemente continúa siendo noticia cotidiana. Es una presencia casi familiar. A esa atención especial que la rodea, han contribuido lectores y analistas como Saúl Rosales Carrillo (Torreón, Coahuila, 1940), escritor de larga y meritoria trayectoria, hermano en Cervantes -para utilizar la frase del inolvidable don Eulalio Ferrer-, y quien mediante su producción intelectual es una referencia obligada en el norte de México. Esta tarde-noche nos comparte la labor de sus afectos hacia la poetisa novohispana: "Sor Juana. La Americana Fénix" (Universidad Autónoma de Coahuila, 2018). Destaco algunos apuntes personales sobre este libro.

Las páginas que nos ocupan se integran principalmente en dos partes: el artículo periodístico y el ensayo más o menos breve. Por lo primero, seguramente no faltaran quienes tengan por reconocidos el estilo y la temática de estas piezas en la revista "Siglo Nuevo", que aquí en Durango recibimos -cada quince días- gracias a la generosidad del diario "El Siglo de Durango"; y por lo segundo, ahora atestiguamos el estudio más detenido, la cita textual y, por consiguiente, el despliegue reflexivo más enriquecido; en ambas categorías sobresale la amenidad, la sencillez bien documentada, en suma: el resultado de una lectura bien hecha, como quiere George Steiner que sea todo ejercicio crítico.

Y Saúl Rosales lo sabe llevar a cabo. Halla el modo de darle permanencia a la Décima Musa, partiendo -evidentemente- de la devoción -y no se exagera- más profunda: "Es admirable Sor Juana -señala el autor que hoy nos convoca-, la Americana Fénix; yo la admiro por la lucidez de su pensamiento, por la primavera de sus metáforas, por sus frecuentes -frecuentísimas- pinceladas de racionalismo, por la jocosidad con que salpica o trata sus temas propicios, por su vocación de libertad con la consecuente rebeldía a veces sutil, a veces aireada ante las jerarquías religiosas y que en su literatura se resuelve en irreverentes y afortunadas experimentos con la forma, y en fin, por su feminismo precursor" (pp. 148-149).

La cita anterior, además de resumir cabalmente su Carta de creencia en la ilustre escritora, ubica al autor en el bando liberal de los sorjuanistas, situándolo en una tradición que ha visto, quizás, sus mejores etapas en la segunda mitad de la centuria pasada y creo que ya menos en los años que van del presente. Distanciado entonces de la visión católica acerca de la monja, Saúl Rosales así evoca no pocos ángulos para acercarnos -como ya se dijo- siempre a ella. A su niñez prodigiosa, a su juventud deslumbrante por los conocimientos que había adquirido a los diecisiete años, cuando la someten a examen alrededor de cuarenta especialistas en teología, gramática, física, retórica y demás ciencias y artes. Y, al final, para seguir las huellas de una escritora que, desde el convento, se le descubría con maravilla en Portugal, España, y en los anchos reinos americanos.

La propuesta del libro es variada e interesante: las posibles correspondencias entre Sor Juana y Santa Catarina y Antonio Vivaldi; su concepto de belleza, su tratamiento del amor humano y divino, la indagación en los sentidos de sus sonetos, la proyección "infeliz y jocosa" que traslucen sus versos; y el arribo a uno de los asuntos más discutidos: la persecución de la monja por los Príncipes de la Iglesia (para adentrarnos, así sea en forma breve en ese laberinto de encuentros y desencuentros, recomiendo el ensayo que lleva por bello título "Si al imán de tus gracias atractivo").

Otra virtud de esta obra la representa la autoridad especializada en la que se apoyan los comentarios que la componen. Diego Calleja, el primer biógrafo de Sor Juana, algunas menciones a Amado Nervo, Jaime Labastida y Octavio Paz, y -sobre todo- al magisterio del Antonio Alatorre le otorgan al libro un contexto de útil acompañamiento. En el caso del referido al último, se puede recordar aquello de "El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija". Por ello, yo diría que estamos ante un benéfico influjo alatorreano, porque seguramente luego del padre Alfonso Méndez Plancarte -que preparó en los pasados años cincuentas las elogiadas Obras Completas de la monja- ha sido precisamente don Antonio quien ha venido a ocupar el lugar como primer sorjuanista, ahora de la época contemporánea, y no me olvido -al decir esto-de José Pascual Buxo ni de Margo Glantz, nombres imprescindibles en el estudio riguroso de Sor Juana. Aquí, de paso, pero no por ello menos importante, quiero añadir a Alejandro Soriano Vallés, que desde otra perspectiva ha contribuido más recientemente -abriendo el debate académico, por demás provechoso- al conocimiento y difusión de la personalidad y escritos que nos interesan.

Este sustento teórico le permite a Saúl Rosales moverse más fácilmente en cuestiones de mayor profundidad: el alcance de la llamada "Carta Atenagórica", la "Respuesta a Sor Filotea de la Cruz" y la "Carta al padre Núñez", citada por los conocedores como la "Carta de Monterrey", porque allá fue localizada por Aureliano Tapia Méndez, otro clérigo de no pocos méritos en el tema. No sería este el momento para ampliarme sobre lo asentado por el autor coahuilense; pero quede al menos la invitación para leer -con la atención que merecen- dichos comentarios.

Concluyo enfatizando que libros como "Sor Juana. La Americana Fénix", refrendan nuestra fe en las obras que guardan la impronta de lo valioso, de lo imperecedero y lo trascendente. Porque los clásicos nunca mueren.

Gracias, estimado maestro Saúl Rosales Carrillo, por asimismo darle vigencia a las sabias palabras de don Alfonso Reyes, en referencia -claro está- a la monja novohispana: Lo cito de memoria: "No es fácil hablar de Sor Juana sin enamorarse de ella". (Versión abreviada de las palabras de presentación a la obra referida, el pasado 28 de marzo en el Museo Nacional Francisco Villa de nuestra ciudad).

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