Editoriales
ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ
lun 13 may 2019, 8:13am 2 de 7

México, ¿en la Ruta de la Seda?



Orbe y Urbe

Era solo cuestión de tiempo para que las ramificaciones de la Nueva Ruta de la Seda alcanzaran a México y el gobierno de este país comenzara a plantearse la necesidad de incorporarse al gran proyecto comercial y geopolítico de China. El 9 de mayo pasado, el director del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), Rogelio Jiménez Pons, declaró en entrevista para la Agencia Xinhua que México "estaría deseoso de participar" en la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que es como oficialmente se le conoce al gran proyecto chino. Según el funcionario mexicano, el objetivo de integrarse es "crear infraestructura turística, generar conectividad, accesos, aeropuertos". La declaración es relevante sobre todo porque se trata del director del organismo que tiene como encargo, entre otras cosas, la licitación de la construcción del polémico Tren Maya, un ferrocarril con fines originalmente turísticos que está entre las cinco grandes obras de infraestructura del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Pero ¿por qué China quiere sumar a México a una iniciativa surgida en principio para conectar al supercontinente euroasiaticoafricano? Y, ¿por qué a México le interesaría integrarse? ¿Cuáles serían las consecuencias de ello?

Para comprender el contexto actual y las implicaciones de la iniciativa china hay que hablar primero de la Ruta de la Seda original. El término, acuñado en el último cuarto del siglo XIX por el geógrafo alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen, hace referencia a un conjunto de caminos terrestres que conectaban el Extremo Oriente asiático con el Occidente mediterráneo. La Ruta de la Seda tenía su equivalente marítimo, la Ruta de las Especias. A través de ambas circulaban caravanas y embarcaciones con productos de toda índole, pero principalmente, como sus nombres lo indican, la lujosa tela y los exóticos condimentos. El origen de ambas rutas es incierto, pero es posible ubicarlo alrededor del siglo I a. C., cuando el mundo civilizado de entonces, que ocupaba la Europa mediterránea, el África del Norte y prácticamente toda Asia, entró en un proceso sin precedentes de concentración política, estabilidad económica y relativa integración comercial. El primer auge de las rutas se dio en el siglo II d. C., cuando del Atlántico al Pacífico cuatro imperios dominaban la franja más rica del orbe conocido: la Roma de los Antoninos, la Partia de los Arsácidas, la India de los Kushán y la China de los Han. Ya desde entonces el tráfico de mercancías se daba primordialmente de Oriente a Occidente, mientras que a la inversa circulaban ingentes cantidades de oro. Pero por la Ruta de la Seda también corrían las ideas filosóficas y religiosas.

Tras la expansión del Islam, a partir del siglo VII, la Ruta de la Seda volvió a vivir un nuevo apogeo, en los siglos XIII y XIV, cuando las hordas mongolas de Gengis Kan y sus herederos conquistaron casi toda Asia y parte de Europa oriental. Es la famosa ruta que recorrió el mercader y aventurero veneciano Marco Polo, y que contribuyó de manera importante a la primera ola de acumulación de capital en las ciudades del norte de Italia, que luego se expandió por toda Europa. La decadencia de la ruta comenzó en el siglo XV, cuando el Imperio Otomano tomó Constantinopla y obstruyó el comercio entre Occidente y Oriente. La necesidad de continuar con los intercambios llevó a la apertura de nuevas vías y al descubrimiento de América, continente que se convirtió para las nacientes potencias europeas en el gran sustituto de bienes y riquezas procedentes de Asia. A partir de entonces, el eje de la economía mundial comenzó a trasladarse de India y China a Europa y el Atlántico Norte, en una época que bien podría conocerse como la primera globalización de la historia. España, Holanda y, de forma más contundente, Reino Unido, llevaron sus dominios a todo el globo propiciando la implantación del capitalismo como sistema económico dominante. México se integró en ese mundo cuando todavía era la Nueva España gracias al vínculo de subordinación con la metrópoli europea y al intercambio comercial con Asia a través del Pacífico que se daba con la ruta del Galeón de Manila, también conocido como la Nao de China.

La China imperial vivió su último período de gloria bajo la dinastía Ming, entre los siglos XIV y XVII, tras el cual comenzó una lenta pero constante decadencia que culminaría con las revoluciones de 1911 y 1949. Luego de la instauración del gobierno comunista, el gigante asiático vivió casi tres décadas de aislamiento, hasta el arribo de Deng Xiaoping, artífice de la gran reforma económica y la apertura gradual de China al mundo. El modelo mercantilista, basado en las exportaciones y sustentado en un férreo control estatal de la economía, le dio a la potencia de Oriente no sólo la posibilidad de superar la caída del bloque socialista sino también de experimentar uno de los mayores crecimientos económicos de la historia. Casi sin hacer ruido, China ha logrado en un período de 40 años sacar de la pobreza a 800 millones de personas, algo que no tiene parangón en el mundo. La llegada de Xi Jinping a la presidencia de la República Popular en 2013 marca un parteaguas en la política de posicionamiento de China. Pasada la gran crisis financiera global de 2008-2009 y afianzado el país como segunda potencia económica, el nuevo mandatario puso la mira en el plan más ambicioso concebido hasta ahora por Pekín: la Iniciativa de la Franja y la Ruta, la cual tiene como objetivos consolidar el liderazgo chino en Eufrasia y volver a poner el eje de la economía mundial en Asia. Esta postura ha marcado el inicio de una clara rivalidad con Estados Unidos, potencia hegemónica desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, que con Donald Trump ha asumido una posición defensiva y ofensiva a la vez para intentar frenar el ascenso chino. En este contexto debe entenderse la guerra comercial que se ha recrudecido a partir del pasado fin de semana.

La Nueva Ruta de la Seda, considerada por Occidente como una especie de nuevo plan Marshall pero a mayor escala, consiste en establecer acuerdos con todos los países que se quieran sumar para vincular más la economía china con el mundo. La cartera de opciones que ofrece Pekín es amplia: inversión de empresas públicas y privadas capaces de desarrollar todo tipo de infraestructuras (supercarreteras, puentes, ferrocarriles, puertos marítimos, aeropuertos, complejos sistemas de seguridad, oleoductos, gasoductos, refinerías, etc.); préstamos a intereses bajos y sin las condiciones que imponen los organismos financieros internacionales que controla Estados Unidos, y, por último, una extensa gama de productos y servicios a precios competitivos con desarrollos tecnológicos cada vez más sofisticados. La era de las copias baratas ha quedado atrás y una clara muestra de ello son los productos de la empresa Huawei, que ha entrado con fuerza al mercado mexicano y ha logrado desbancar ya a la estadounidense Apple en la venta de dispositivos a nivel mundial. La firma china se encuentra a la vanguardia de la tecnología 5G, que es el siguiente paso en las redes de comunicaciones digitales. En este contexto hay que entender la detención en Canadá de la directora de Finanzas de esa compañía, Meng Wangzhou, por órdenes de Estados Unidos. Hasta ahora son alrededor de 125 países los que han firmado el memorándum de cooperación con China en el marco de la Nueva Ruta de la Seda, incluyendo países europeos como Rusia, Italia, Polonia, Grecia, Hungría y Portugal, y latinoamericanos como Panamá, Perú, Uruguay, Chile, Ecuador, Bolivia y Costa Rica. Esta expansión del proyecto ha despertado recelos en Washington, en donde se lee a la iniciativa como una estrategia para subordinar las economías de estas naciones a los intereses de Pekín en aras de consolidar una nueva hegemonía.

Antes de conseguir su independencia, el territorio que ocupa hoy México se encontraba en una posición estratégica entre los intereses europeos y el comercio del Extremo Oriente. A mediados del siglo XIX, la nueva república comenzó a entrar en la esfera de la política imperialista de Estados Unidos, que se hizo con más de la mitad de la superficie de la antigua Nueva España y desplegó una estrategia de injerencia que se mantiene hasta hoy, apalancada en tres grandes asuntos: la migración, la seguridad y el comercio. El coqueteo iniciado por el gobierno de López Obrador con la Nueva Ruta de la Seda puede significar el comienzo de la diversificación de las relaciones internacionales de México, centradas hoy en su poderoso vecino del norte. Adherirse a la iniciativa de Pekín significaría abrir el mercado mexicano a la inversión y los productos chinos, algo que ha costado trabajo debido a las resistencias de grupos empresariales y a los escándalos de corrupción que se han revelado. El DragonMart y el tren México-Querétaro son dos ejemplos de los problemas que ha enfrentado el capital chino en México en la última década. Parece que con AMLO esto está cambiando. No obstante, no se puede soslayar que sumarse a la iniciativa de la Franja y la Ruta significaría para nuestro país ponerse en una situación aún más incómoda con los Estados Unidos de Trump, en donde no se ha aprobado todavía la firma del nuevo tratado de libre comercio. La pregunta a responder es ¿cómo hará el Gobierno de López Obrador para quedar bien con "Dios" y con el "Diablo"?

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