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IGNACIO ESPINOZA GODOY
lun 13 may 2019, 10:13am 3 de 3

El valor del tiempo



PADRES E HIJOS

Cuando el Creador nos concede el privilegio y el milagro de la paternidad (en el caso de las mujeres, la maternidad), todo alrededor es alegría, bullicio, un sinfín de emociones que se agolpan en torno al nuevo ser que llega a nuestras vidas como pareja y que nos transforma por completo en todos los aspectos, a tal grado que nuestras rutinas dan un giro de 180 grados porque en ese momento pensamos en las mil y una formas de satisfacer todas las necesidades del nuevo miembro de la familia, al que se le prodigan todas las atenciones del mundo, de tal manera que no le falte nada.

Así, vemos cómo transcurre el tiempo, en cada etapa de su desarrollo, ofreciéndole lo mejor de lo que somos y lo que tenemos con el objetivo de que crezca en un ambiente de salud, amor y armonía, rodeándole de todo aquello que contribuya a ser una personita con valores y principios morales que absorberá gradualmente de ambos (mamá y papá), con lo que buscamos que se desarrolle integralmente, y nosotros, sus progenitores, disfrutando cada avance, cada progreso, con la seguridad de que cada instante lo atesoraremos porque sabemos que no se repetirá, así que procuramos gozarlo tal como se presenta.

Y es que luego sucede, amable lector, que, sin darnos cuenta, el tiempo siguió su marcha y no disfrutamos intensamente los primeros años de la vida de los hijos, debido a mil y un pretextos, como el hecho de que el trabajo nos impidió convivir más tiempo con ellos, de tal manera que cuando queremos recuperar esos momentos nos percatamos de que es imposible, por lo que, ahora que podemos, debemos aprovechar todos esos instantes en los que aún están (y quieren estar) a nuestro lado, ya que llegará el momento en el que se sentirán más independientes y muy poco buscarán nuestra compañía.

Quienes hemos visto cómo los hijos pasan de la infancia a la adolescencia constatamos cómo los vástagos nos procuran durante los primeros 10 a 12 o 13 años (o quizás hasta los 15), pero una vez que superan esa edad, observamos cómo el tiempo que convivimos con ellos se va reduciendo, se va estrechando, al grado de que son pocos los minutos del día que realmente convivimos y compartimos vivencias, anécdotas, debido a que se van convirtiendo en personas más independientes, más autónomas en sus decisiones y, por lo tanto, no precisan mucho de nuestro apoyo en algunos aspectos.

No obstante, los padres debemos entender que se trata de un proceso natural de la vida en el que los hijos aprenden a valerse por sí mismos y que han crecido en muchos ámbitos, lo que no significa necesariamente que ya no precisan de nuestra compañía y apoyo, sino que entraron a una etapa en la vida donde han asumido una posición de mayor independencia en la que sólo recurrirán a nosotros cuando desconozcan cómo superar un problema o conflicto ya sea de la escuela o a nivel más personal.

Es normal que, en su momento, todos los hijos queramos volar del nido, es decir, dejar de depender de los padres en algunos aspectos, lo cual a final de cuentas es positivo ya que eso significa que empezamos a madurar y que deseamos tomar nuestras propias decisiones, incluso, sin consultar a los progenitores.

En este contexto, los padres de familia debemos aprender a respetar esas decisiones y a valorar más cada momento que los vástagos pasan a nuestro lado, ya que poco o más bien nada se puede hacer para que estén más tiempo con nosotros pues cada etapa de la vida tiene su periodo, así que más bien hay que aceptarlo cuando así suceda.

En todo caso, amable lector, los progenitores debemos disfrutar más cada instante que los hijos decidan compartir con nosotros, pero sin forzar nada pues todas las relaciones deben generarse espontáneamente, y las que se dan entre padres e hijos no pueden ser la excepción, por lo que debemos admitir que llegará ese día, tarde o temprano, cuando los hijos busquen nuevos horizontes y sean menos los días y los momentos que deseen compartir a nuestro lado, como una ida al cine o salir a comer fuera del hogar, a un restaurante, por ejemplo, o a un evento familiar al que hayamos sido invitados.

La compañía de los hijos, por supuesto, es algo de lo que más disfrutamos los padres cuando los vemos creciendo, y así también debemos aprender a dejar ir, a dejar que vuelen con sus propias alas pues eso, a final de cuentas, significará que están entrando a un proceso de maduración al que es bueno que ingresen para que adquieran nuevas experiencias en muchos aspectos.

Dejemos, pues, que los hijos exploren el mundo sin nuestra compañía, pero siempre con la satisfacción de que tienen las herramientas necesarias para defenderse, a pesar de que eso también represente el riesgo de que se caigan o se equivoquen. Recordemos que esto también es parte de la vida, pero mientras eso suceda, disfrutemos su presencia, gocemos y valoremos cada momento que estén a nuestro lado antes de que emprendan el vuelo del nido materno.

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