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OLGA AGUILERA
lun 27 may 2019, 8:37am 8 de 24

Los fantasmas de mi infancia



Los fantasmas son una realidad que queremos evitar, pero siempre están presentes; en nuestros sueños, en los recuerdos y, algunas veces, en presencia literal, como si fueran algo palpable.

Estos últimos son los que yo he visto. Esto es lo que en lo particular se me hace difícil contar. Toda mi vida he tenido que lidiar con este problema. Los veo desde que era muy pequeña, pero nadie sabía de esto fuera de mi familia. Mi madre y mi abuela, que en paz descansen, tenían lo mismo, veían a los difuntos. He dudado en escribir al respecto por miedo a la crítica, a aquellos que no creen en apariciones, los que dirían luego --esta mujer está loca--. Pero hoy he decidido enfrentarlo, no importa si me juzgan o no. Si hay algo de locura en mí, pues habrá muchos locos como yo que sí lo crean, y estos son los que tal vez han visto o escuchado a los muertos.

Cuando apenas tenía cinco años y vivía en la cuidad de México con mis padres, esa edad en la que apenas tiene uno conciencia de las cosas, pues yo no entendía bien lo que era el mundo de los muertos o a dónde se iba la gente que ya no estaba con nosotros, como mi hermanito de un mes, el tercer hijo de mis padres, nunca supe a dónde se lo llevaron. Solo veía a mi madre que lloraba su ausencia aferrándose a un montoncito de ropa y yo solo la abrazaba tratando de consolarla. Si le preguntaba por él, solo me decía que ya se lo habían llevado a otro lado, donde estaría mejor. Esa era su respuesta siempre.

En aquella casa que vivimos en la colonia Roma, que era de mi abuelo paterno herencia de su padre, desde el año 1925 más o menos. Bueno, resulta que uno de esos días que jugaba con mis muñecas, vi de reojo desde mi recámara a una señora que pasó por el pasillo muy apresurada; se me hizo un poco extraño, me levanté y la seguí hasta verla meterse al baño que estaba al terminando el pasillo, me quedé afuera esperando para ver quién era, que a mi parecer lucía diferente a las amigas que solían visitar a mi mamá cuando jugaba cartas. Pasaron varios minutos y no salía, me acerqué a la puerta, le toqué pero no hubo respuesta. Un poco intrigada, decidí ir a busca de mi papá a su cuarto y le dije: Papá, una señora que no conozco se metió al baño y no sale todavía. ¿Cuál señora hija? Que yo sepa, tu mamá no acostumbra invitar los domingos a ninguna amiga, además es muy temprano. Se levantó de la cama y me acompañó al baño, tocó la puerta y tampoco obtuvo respuesta, por lo que la abrió mientras decía: no hay nadie, mira. (Hizo que me asomara y lo comprobara). En efecto, ahí no estaba la señora de largo vestido azul, casí al tobillo, a quien minutos antes había visto entrar. Fue tu imaginación hija,dijo mi papá, tranquilamente regresando a su cuarto.

Aquél suceso no se mencionó ya, pues mi papá me prohibió hablarlo de ahí en adelante, de lo contrario, -me dijo- me pasaría lo que a la abuela. Le pregunté:¿Y qué le pasó?. Solo el silencio me respondió.

Así pasó el tiempo, hasta que una noche ya estando dormida, como cerca de las dos de la mañana, me desperté al escuchar unos ruidos en la cocina. Papá solía llegar en ocasiones ya muy tarde de su trabajo, pensé << Tal vez mi mami le esté dando de cenar a papá, iré a ver si trajo pan dulce>> (me encantaban los quequitos y las conchas que él llevaba) Salí del cuarto, pasé por la habitación de mis papás y me asomé, parecía que estaban los dos bien dormidos, luego pensé, que tal vez mi hermano Beto era el que andaba en la cocina. Había veces que se levantaba dormido a hacer cosas y lo teníamos que regresar a la cama. Entré a la cocina esperando encontrarlo, pero en su lugar, estaba un hombre alto, joven, como de la edad de papá; vestido con unos pantalones rectos de color negro y rayas blancas, unos tirantes sobre su camisa blanca y un moño muy ajustado al cuello; su cabello era bastante relamido. -Seguro que es uno de los meseros que trabaja con papá y se quedó a dormir, pensé (en ocasiones los invitaba a jugar dominó). Lo saludé y me contestó muy cortés el saludo. Me subí al banquito situado cerca de la barra, cogí una pieza de pan que estaba todavía dentro de la bolsa de papel (era lo que mamá nos daba de desayuno). Le dije: tú eres amigo de mi papá, ¿verdad? Él me contestó muy amable: Sí, soy su amigo. Ah bueno, le dije muy conforme. Después me bajé del banco y me fui a dormir diciéndole. Hasta mañana, amigo de papá.

Al día siguiente me levanté muy temprano para que mi mamá me arreglara e irme a la escuela (ya estaba en Kinder). Papá se encargaba de pasar y dejarme antes de irse a trabajar. Esa mañana, cuando todos desayunábamos, pregunté por el amigo de papá - ¿Y el señor de anoche ya se fue? -Casi se le cae el bocado a mi mamá cuando pregunté; volteó a ver a papá y le dijo:

Manuel ¿hay algo que yo no sepa? ¿trajiste alguno de tus amigos otra vez sin avisarme? Él respondió frunciendo el seño, un tanto extrañado. ¡Claro que no! Siempre te aviso cuando viene alguien. Esta niña tiene mucha imaginación, de seguro lo soñó y cree que es verdad.

No, si hasta platiqué con él y me dijo que era tu amigo, repliqué un poco molesta.

-¿Y si mi hija vio a un ladrón que se metió en la casa? ¡Líbrenos, Dios! -dijo mi mamá.

--No, Mary, yo más bien creo que le pasa lo que a ti y a tu mamá, eso de que veían fantasmas ¿te acuerdas que me platicaste? Creo que eso se hereda, mujer, riendo un poco, le dijo papá.

Yo no alcanzaba a entender bien todavía a qué se estaban refiriendo ¿Cómo que veían fantasmas mi mamá y la abuela? Eso se veía solo en la tele, pero yo no había visto al señor como a "Gasparín", todo esponjosito y transparente. Lo vi normal, solo vestido diferente a como veía a los amigos de papá. Además papá decía que todo lo que se veía en la tele era mentira, que no creyera eso ¡qué iba yo a pensar que ese señor fuera un fantasma! Mis papás siguieron en la discusión del tema.

Mira Manuel: que mi mamá y yo hayamos visto a gente después de muerta, no quiere decir que Lily tenga lo mismo. Además eso fue en nuestra infancia, ahora ninguna de las dos lo tiene.

Eso crees tú, el otro día vi a tu mamá que platicaba con alguien fuera del cuarto de huéspedes y pues ahí nada mas estaba ella. ¿No será que vio a la misma señora que está viendo la niña? Mira que eso se pega, y tal vez sí tenga eso Lily, y te digo de una vez no quiero que termine como tu mamá en un hospital, que no le sirvió de nada por lo visto; la dieron de alta igual de loca.

Cállate, Manuel! Te va a escuchar la niña y además mi mamá no está loca. Los dos viejitos que ella veía en su rancho cuando era niña, y que siguió viéndolos hasta su adolecencia; resultó que los encontraron enterrados en el patio donde ella decía que se aparecían. Estaban con las mismas ropas que los describía, y hasta entonces le creyeron. Y solo estuvo unos días por ese asunto de los viejitos, y además eso te lo platique yo, no andes de hablador.

Después de escuchar aquella plática de mis padres, me asusté tanto que no quise volver a hablar del tema. Pasaron los años y seguí viendo de vez en cuando a gente que ya se había muerto, por su puesto en otro tiempo y en otros lugares, pero solo le llegué a decir a mi abuela, y ella me dijo: No te preocupes hijita, te acostumbrarás con el tiempo.

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