Editoriales
ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ
lun 5 ago 2019, 7:35am 2 de 7

La trampa de la revolución tecnológica



Urbe y Orbe

Los promotores de la actual revolución tecnológica han vendido desde hace años la imagen de un futuro próximo en el que el ser humano se emancipa de la explotación y el trabajo rutinario y peligroso, para dedicarse más al ocio, el esparcimiento y la satisfacción de todas sus necesidades y deseos gracias a los avances técnicos en la agricultura, la industria, el comercio, el transporte y las telecomunicaciones. Conceptos como inteligencia artificial, hiperconectividad, realidad virtual, criptodivisas, drones, vehículos autónomos, etc. se han puesto en boga y se reproducen en la generalidad despojados de toda crítica. El discurso predominante es que la tecnología nos hará la vida exponencialmente "más fácil" de lo que nos la ha hecho hasta ahora. Pero este discurso deja de lado aspectos históricos, sociales, políticos y económicos muy importantes para entender cómo se dan las innovaciones técnicas en la sociedad y cuáles son sus motivaciones, causas y efectos, así como sus beneficios en la justa dimensión y riesgo.

En la soberbia de nuestra visión moderna creemos que esta época es única, sin precedentes. Pero esto es un error garrafal. Ha habido otras épocas en las que los avances tecnológicos han propiciado importantes transformaciones de la sociedad. La revolución industrial de finales del siglo XIX, por ejemplo, dejó la primera automatización de procesos productivos gracias a la máquina de vapor; la aceleración del transporte humano y de mercancías gracias al buque de vapor, el ferrocarril y, finalmente, el automóvil, además de una rapidez nunca antes vista en las comunicaciones debido al telégrafo, primero, y al teléfono, después. El mundo cambió también entonces, aunque ciertamente no tan rápidamente como se transforma ahora. Y es que esa precisamente puede ser la característica que diferencia a nuestra época de las anteriores. No obstante, se trata de una diferencia de forma más que de fondo y que es propia de toda la era moderna. Por lo menos desde el siglo XVI el mundo ha experimentado una aceleración de sus procesos económicos. La velocidad ha sido el paradigma de la modernidad.

Pero vayamos más allá. Hoy que se ha puesto de moda el relato histórico de larga duración con la obra del historiador israelí Yuval Noah Harari, resulta obligado revisar la obra del arqueólogo, filólogo y prehistoriador australiano Vere Gordon Childe, sobre todo su libro Qué pasó en la historia, publicado en 1941, en el que plantea mucho de lo que Harari retoma en su narración histórica. Childe establece que el periodo que transcurre del año 3500 al 2500 antes de nuestra era fue decisivo en el salto de la barbarie a la civilización, un período que coincide con el final de la Edad de Piedra y el comienzo de la Edad de los Metales. Es la época de la eclosión de las ciudades y el surgimiento de los primeros estados con poder centralizado. En ese milenio se dan tres inventos que marcan la historia de la humanidad y que sin duda podemos englobar en una auténtica revolución tecnológica: la escritura, la metalurgia y los sistemas de irrigación. En los tres casos podemos observar causas y efectos presentes en los grandes inventos e innovaciones en las revoluciones posteriores. Su origen tiene que ver más con las necesidades de las clases dominantes, y lejos de propiciar cambios para contribuir a la igualdad entre los seres humanos, han afianzado el desequilibrio de poder y riqueza en las sociedades.

Revisemos, por ejemplo, lo que pasó con la escritura, ese parteaguas civilizatorio. Plasmar en un soporte sólido y duradero las palabras y los números se hizo necesario cuando la clase gobernante del Creciente Fértil tuvo que ampliar sus controles sobre los recursos excedentes. Para reyes y sacerdotes era menester llevar un registro de lo que entraba y salía de las haciendas reales y los templos. Gracias a ese registro, accesible sólo a quienes sabían leerlo -que eran unos cuantos dentro de la estructura política y religiosa de Mesopotamia y Egipto-, la clase dominante pudo concentrar y administrar de forma más eficiente los recursos agrícolas y mineros y emprender obras, programas y guerras para incrementar su poder y riqueza. Decir que la escritura benefició desde el inicio a todos los integrantes de la sociedad es uno de los grandes mitos que se han construido en el gran relato dominante de la historia. Una prueba de ello es que hasta entrado el siglo XX de nuestra era la mayoría de la población mundial seguía siendo analfabeta. Dicho de otro modo, tuvieron que pasar casi cinco mil años para que la escritura se convirtiera en una cualidad humana generalizada.

Algo parecido ocurrió con la metalurgia, la capacidad de trabajar y transformar los metales. Pensar que en la Edad del Bronce esta aleación de cobre y estaño era de uso generalizado y había sustituido a la piedra es otro error común. Quienes más utilizaron las herramientas y armas de metal fueron los integrantes de la clase gobernante debido a que su producción era altamente costosa y requería de unas habilidades que no estaban al alcance de la mayoría. Fabricar una espada de bronce o de hierro es bastante más complicado que hacer una punta de flecha tallando una piedra. No hay punto de comparación en cuanto a la destreza y, por lo tanto, el salto tecnológico es enorme. Pero ese salto lo dieron quienes ya mandaban en la sociedad, es decir, quienes tenían un control sobre los excedentes producidos por los campesinos, y sobre la necesidad de quienes luego se convirtieron en los obreros que arrancaban los minerales de la tierra. Y con excedentes en una mano y herramientas y armas de metal en la otra, afianzaron su poder sobre masas de población cada vez más amplias. Tiempo después crearon la moneda, con la que facilitaron y controlaron el comercio, además de que les sirvió para imponer a otras clases dirigentes sus condiciones y reformas para que éstas pudieran adquirir una gama más amplia de productos de lujo fabricados con las nuevas tecnologías a cambio de los excedentes obtenidos de los agricultores.

Más evidente aún es lo ocurrido con los sistemas de irrigación. La construcción de presas y canales de riego en las sociedades fluviales del mundo antiguo coincide con la formación de los primeros grandes aparatos estatales, que no son otra cosa que instituciones concentradoras de riqueza y poder. Antes el agua de los ríos fluía con libertad, con lo que se ponía el recurso al alcance de todos. Con los sistemas de irrigación centralizados se ejerció un control sin precedentes sobre el agua que permitió coaccionar a las poblaciones que no se querían someter a los designios del nuevo poder político. La presión era clara: agua a cambio de sumisión. Nuevamente la más beneficiada de este logro tecnológico fue la clase dominante, que no dejaba de incrementar sus capacidades coercitivas y productivas. Desde muy pronto en la historia de la humanidad el control del agua se convirtió en un factor de poder, mismo que fue determinante para generar los excedentes necesarios para emprender la primera revolución urbana de nuestra existencia. Sin esos excedentes, no hubiera existido la división del trabajo que permitió desvincular a grupos de población de las labores productivas, mismos que pasaron de aldeas a ciudades, sitios más aptos para ejercer el control.

En síntesis, la escritura, la metalurgia y los sistemas de irrigación surgieron como productos de las necesidades de unas clases dominantes que vieron incrementar sus capacidades de control gracias a esas revoluciones tecnológicas. Si lo analizamos bien, no es difícil detectar, a grandes rasgos, este mismo proceso en la revolución tecnológica actual. No es que la historia se repita, sino que existen patrones que han impulsado las grandes transformaciones de la ciencia y la técnica. Las formas y magnitudes se nos muestran muy distintas, pero el fondo parece conservar la misma esencia. Pensemos en lo que ocurre hoy en el sector de las tecnologías de la información, el llamado mundo digital, en donde está buena parte de las principales innovaciones de nuestro tiempo. La materia prima de las grandes compañías que controlan el mercado hoy son los datos de millones de personas con un nivel de concentración y manipulación inimaginable. Para acceder a los beneficios de esa tecnología -redes virtuales, aplicaciones, servicios-, los usuarios ceden su privacidad, muchas veces inconscientemente, para que empresas como Facebook o Google la utilicen para incrementar exponencialmente sus beneficios económicos. Pero no sólo se trata de riqueza, también se trata de poder. Las elecciones de 2016 en Estados Unidos son sólo una muestra del grado de control que se puede ejercer en ciertos grupos de población, cada vez mayores, a partir del dominio tecnológico. Y hay que decirlo como es: estas empresas se aprovechan del "analfabetismo digital" de la inmensa mayoría de los usuarios de internet, quienes saben dónde "picarle" a un móvil u ordenador para obtener un incentivo, pero no saben las consecuencias de sus actos en el ciberespacio. Muchos niños aprenden a usar una tableta electrónica antes de leer, escribir o, incluso, hablar articuladamente.

Pero el problema de fondo no es la tecnología en sí misma, ni sus constantes cambios y evoluciones. No se trata de satanizar las innovaciones ni de idealizar el mundo primitivo. El problema tiene que ver con las estructuras socioeconómicas que impulsan las revoluciones tecnológicas, las cuales tienden a afianzar las desigualdades y los desequilibrios de riqueza y poder en las sociedades. Hoy se pondera en un sector de los economistas y políticos liberales la reducción histórica de la pobreza extrema en los últimos 40 años, pero se deja de lado la fuerte pauperización de la clase media en Occidente y la mayor concentración de riqueza en el 1 % de la población mundial. Si hoy el 57 % de los habitantes del mundo tienen acceso a internet no es porque sea un derecho humano o una graciosa concesión de gobiernos y empresas. La realidad es que el alcance del mundo digital se ha expandido porque así conviene a los nuevos y fuertes intereses económicos que han encontrado en las bases de datos personales el "santo grial" que condensa y multiplica las capacidades de registro, coerción y control que en su momento dieron la escritura, los metales y la irrigación artificial, respectivamente. Todo detrás de la creciente pantalla de una "inteligencia artificial" que se sobredimensiona y que, hasta hoy, no es otra cosa que una sofisticada programación de algoritmos que diluye la responsabilidad de quienes la desarrollan. Como en las anteriores, hay una trampa en la actual revolución tecnológica. ¿Cómo superarla? ¿Es la democratización de sus beneficios la respuesta?

Twitter: @Artgonzaga

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